Una Epopeya misionera

Los conquistadores

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

¿Qué concepto tiene la Leyenda Negra de aquellos bravos soldados que Pío XII llamó “pléyade de valientes y cristianos descubridores españoles, que penetraron en lo más recóndito de las selvas vírgenes americanas, para llevarles a un tiempo la civilización y la verdadera fe”? ¿Qué opinan de “aquellos esforzados campeones que, bajo el hierro de las armas, escondían un corazón tiernísimo, amante de su Madre celestial”, y que, como los conquistadores del Perú, “con la Eucaristía fortalecieron sus almas, antes de escribir la primera página de su historia”?

“Cometiéronse espantosas crueldades por los conquistadores; aquellos bandidos se gozaban de atormentar a sus víctimas, dando lugar a que 

aquella conquista se denominase guerra de lobos contra corderos, idea comparativa inexacta, porque los lobos se contentan con matar para comer, pero no atormentan a su presa”.

(Clemencia Jacquinet: Historia Universal. Este manual de Historia, que así deshonra a aquellos héroes cristianos españoles, está, sin embargo, editado en Barcelona en 1902. No será el único caso con que tropezaremos, prueba evidente de que más que envidias nacionales, han influido en la detracción de la conquista americana los odios religiosos y las pasiones ideológicas).

“La Corte de España era más pródiga que escasa de decretos, que hubieran necesitado fuerza y voluntad para ser eficaces. Los conquistadores eran una chusma salida de todas las naciones, no acostumbrada a obedecer; y así como en Italia se creía lícito saquear a Roma, Florencia y Sena en nombre del Rey que los había arrojado sobre la pobre Italia, y que ya no podía contenerlos, del mismo modo habían conquistado a América, y querían hacer de ella su presa, a fin de hacerse necesarios a España para conservar su dominio”.

(César Cantú, historiador italiano de fama mundial

(1804-1895): Historia Universal.)

“La conducta de los españoles durante la conquista fue demasiado a menudo una indignante mezcla de sagacidad, de mala fe y de ferocidad. Los conquistadores se dedicaron a la búsqueda del oro con una pasión salvaje…

Pero aun después que los indios estaban sometidos en todas partes, los españoles siguieron siendo amos despiadados”.

(Alberto Malet: Histoire moderne.

París, 1918).

“Hernán Cortés irá por las ciudades, con la espada en una mano y la cruz en la otra, destrozando los ídolos, levantando calvarios. Causa de muchas revueltas y de sangrientos castigos…

Cortés era de su tiempo. El espíritu filosófico no se había levantado suficientemente por encima de las especulaciones medievales para poder despojarse de las sutilezas dogmáticas. Era la época en que se quemaba el cuerpo para salvar el alma. El no hizo ni más ni menos que los otros hombres de su siglo, pero las consecuencias eran mucho más graves entre los primitivos o los semisalvajes…”

(Coronel Langlais: Histoire du monde,

París, 1928).