+Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Terrassa

El P. Yves Congar (1904-1995) fue uno de los grandes protagonistas del Concilio Vaticano II y un auténtico pionero en campos como el del ecumenismo o la teología del laicado. El papa san Juan Pablo II le nombró cardenal en 1994, como culminación de su largo y fiel servicio a la verdad y a la Iglesia. En su dilatada existencia tuvo que pasar por dos “pruebas” de gran dureza que sin duda aquilataron su espíritu. En primer lugar, el hecho de ser movilizado como oficial del ejército francés en noviembre de 1939, cuando se hallaba en plena actividad docente e investigadora, cayendo prisionero poco después, y pasando por varios campos de concentración nazis (Mainz, Berlín, Colditz y Lübeck) hasta el final de la guerra en 1945. Serán casi seis años prisionero y alejado de su mundo académico e intelectual.

La segunda prueba será más dura todavía. El libro «Journal d´un theologien» recoge escritos suyos de 1946 a 1956 en los que explica las sanciones eclesiásticas a las que debió obedecer sin tener la posibilidad de

 conocer exactamente cuáles eran las acusaciones concretas que se le dirigían. Tam

bién se vio sometido a un progresivo aislamiento por parte de las autoridades de la Orden de Predicadores, por orden del entonces Santo Oficio. En aquellos años precedentes al Concilio Vaticano II, sus propuestas innovadoras en materia de ecumenismo y del papel de los laicos en la Iglesia suscitaban no pocas inquietudes en el Santo Oficio y entre sus superiores. La incertidumbre del clima en que se tomaron las medidas, hacía más difícil todavía su posición de teólogo. Le tocó vivir unos años de exilio que le llevaron a Jerusalén, Roma, Cambridge y Estrasburgo. El padre Congar reaccionó a estas medidas con sentimientos de dolor profundo, pero siempre obedeció.

El 28 de octubre de 1958 fue elegido Romano Pontífice Angelo Giuseppe Roncalli, que escogió el nombre de Juan XXIII. Tres meses después de su elección anunció el XXI Concilio Ecuménico Vaticano II. En relación al P. Congar, el 5 de julio de 1960 fue nombrado consultor de la comisión teológica preparatoria del Concilio. Participó como experto en las sesiones conciliares entre 1962 y 1965 convirtiéndose en uno de los teólogos más destacados. De hecho, está considerado como uno de los grandes teólogos del siglo XX, dedicado a la investigación y desarrollo de los temas fundamentales que posteriormente se trataron en el concilio: la eclesiología, el

ecumenismo, la reforma de la Iglesia, el estado laical, la misión, los ministerios, la colegialidad, la vuelta a las fuentes y la tradición. También ha sido un referente para la mayoría de los teólogos del postconcilio.

En diferentes ocasiones él mismo se ha referido a una especie de “paciencia activa” que tuvo que practicar a lo largo de su vida, especialmente en las circunstancias antes referidas. Dice así: “En las cosas pequeñas soy impaciente: no sé esperar un autobús. Pero en las grandes cosas, creo ser paciente, con una especie de paciencia activa (…) Es una cierta cualidad del espíritu, o más bien del alma, arraigada en la convicción profunda y existencial, en primer lugar, de que es Dios quien dirige el juego, y cumple a través de nosotros un designio de gracia y, luego, de que para todas las cosas grandes es necesario un cierto tiempo de maduración (…) Quienes no saben sufrir no saben esperar. Los hombres impacientes, que quieren tener enseguida el objeto de su deseo, tampoco saben esperar. El sembrador paciente, que confía su grano a la tierra y al sol, es la imagen misma de la esperanza (Llamadas y caminos 1929-1963, 49).

Que el recuerdo y la memoria del P. Congar nos ayude a impregnarnos de esta virtud en nuestras vidas.