Una Epopeya misionera

1  Leyenda Negra

P. Juan Terradas Soler C. P. C. R.

Era lógico; esa chusma, esos bandidos, esos lobos hambrientos, no podían cometer más que horribles crueldades, matanzas sin nombre; en una palabra, uno de los crímenes mayores que registra la historia. Igual se ha de pensar, según la crítica adversa, de todos los españoles que les siguieron hasta 1825. Y eso a pesar de que, para Pío XII, “bajo un pecho de acero sabían conservar un corazón tiernísimo para su Madre”.

“¡Cuánto bien pudieran haber hecho los españoles a los mejicanos! Tenían para darles una religión dulce, y les llevaron una superstición furiosa. Habiendo podido hacer libres a los esclavos, sólo supieron

 hacer esclavos a los hombres libres. Podían haberles ilustrado sobre el abuso de los sacrificios humanos, y, en vez de esto, les exterminaron… no concluiría nunca si quisiera contar todos los bienes que no hicieron y todos los males que hicieron”.

“Quisiera también decir que la religión da a los que la profesan el derecho de reducir a la esclavitud a los que no la profesan, a fin de trabajar para su propagación más fácilmente. Esta manera de razonar animó a los destructores de América en sus crímenes. Sobre esta idea fundaron el derecho de hacer esclavos a tantos pueblos, pues aquellos bandidos, que se preciaban de serlo, eran muy devotos…”

“España, por tal de conservar las colonias, hizo lo que ni el mismo despotismo hace: destruyó los habitantes para asegurar la posesión del suelo”.

(Carlos de Montesquieu, librepensador francés (1689-1755): Esprit des lois. “Esta obra -según Larousse- valió una gran reputación a Montesquieu. Los puntos de vista, fecundos y prácticos, que en ella expone sobre la separación de los poderes, inspiraron en gran parte las reformas que la Asamblea Constituyente de 1789 debía introducir en el régimen político de Francia”. (Baste esta “florecita” del laico diccionario, como presentación de nuestro hombre.)

“Un oficial español recibió trescientos indios para su servicio; a los tres meses sólo le quedaban treinta; recibió trescientos más, que perecieron como los primeros, y así continuó hasta que murió él mismo. Otros soldados blancos cavaban fosas y en ellas clavaban estacas, y allí arrojaban a los indios, mezclados hombres y mujeres, ancianos y niños, hasta llenarlas.

Un español, estando de caza, no tenía qué dar de comer a sus perros. Encontró una pobre india que llevaba en sus brazos un niño, y arrancándosele a su madre le cortó en trozos y le arrojó a sus perros.

Actualmente los indígenas de América han disminuido en proporciones terribles (89), y los que quedan han perdido todas sus cualidades nativas; han retrocedido a la vida nómada, retroceso que no ha ocurrido jamás en pueblo alguno que haya quedado dueño de sus destinos. Ese crimen es de los mayores que registra la historia”.

(Clemencia Jacquinet: ob. cit.)

“El autor nos revela un detalle curioso. Por una política tan estrecha como ridícula, los Reyes de España ocultan todos los documentos relativos a la ocupación de América. 833 legajos se guardan en Simancas a 120 millas de la capital. Hace falta un permiso especial para consultarlos… Si España cree correr un velo sobre sus faltas y crueldades se engaña a sí misma… estas precauciones no impiden que la verdad se abra paso más tarde o más temprano” (90).

(Diccionario Larousse, edición mayor,

hablando de Robertson y de su Historia de América).

“Estos descubrimientos ofrecían un vasto campo de actividades a los colonos, mercaderes y sabios. Llevados por la sed del oro, los conquistadores aplastaron a los indígenas imponiéndoles duros trabajos forzados”.

(J. Et. David: Histoire universelle, Lausanne, 1931).

 

 

“Los indígenas fueron explotados sin misericordia por sus dueños. De naturaleza más bien dulce, de temperamento débil, fueron empleados sin miramientos en los duros trabajos de las minas y de las plantaciones, que les hacían perecer por millares. Había miserables que daban la impresión de torturar a los indios por puro placer. Eran cosa común las matanzas de los ancianos; los montones de mujeres vivas arrojadas en enormes fosas, los niños echados al fuego o a los perros”.

(Gagnol: Cours d’Histoire, París, 1911).

(89) Es natural. Y para gloria de la nación que se supo asimilar por mestizaje una raza inferior con vistas a levantarla. Mestizaje que no ha desaparecido, sino que está en “poderoso movimiento”, como dice el ingeniero peruano Rafael Cubas en su interesante conferencia Hispanismo, única y verdadera forma de peruanismo (pág. 14, Huánuco, 1955). De tal manera que en un futuro próximo, América hispana no contará más que con mestizos, una raza nueva, que irá en continuo progreso de elevación cultural y moral.

(90) Admiremos la casual disparidad entre este autor y el siguiente texto del Nuncio de Su Santidad en España: “Cada legajo que se desempolva en el grandioso archivo de Indias es una nueva apología de la labor cristianamente civilizadora de España en América” (Mons. Cicognani, discurso citado).