Obra Cultural

Después de ser uno de los principales promotores de la legalización del aborto en los Estados Unidos, hasta el punto de ser conocido en Nueva York como «el rey del aborto», el doctor Bernal Nathauson experimentó un cambio radical por motivos científicos. Se dio cuenta de que en el feto existe una vida humana. Ofrecemos un resumen de la conferencia pronunciada por este médico en Camberra, Australia, en febrero de 1981, patrocinada por la Asociación para Derecho a la Vida.

«Mi interés por el aborto comenzó a raíz de mi paso por la Facultad de Medicina y de la experiencia, casi obligada, de tener una amiga que quedó embarazada. En aquella época era casi imposible obtener un aborto; finalmente lo logramos, pero el sujeto que lo realizó era un charlatán que por poco no la mató. Después siguieron algunos años de prácticas en obstetricia y ginecología -ocho años, para ser exacto-: Fue entonces, cuando se despertó en mí una gran sensibilidad por lo penoso de la situación de aquellas mujeres que se exponían a lesiones graves, e incluso a la muerte, en los abortos practicados clandestinamente. Y en el período siguiente, de 1957 a 1967, ejerciendo ya como médico, me reafirmé en mi creencia de que era necesario cambiar las leyes que prohibían el aborto, por considerarlas restrictivas e injustas.

El éxito de una campaña propagandística

Así que en 1968 organicé un grupo llamado Asociación Nacional para Ia Revocación de las Leyes del Aborto. A nuestros contrincantes los cogimos durmiendo. En esta organización, que unió todas las fuerzas que había entonces en pro del aborto, ideamos una serie de tácticas para nuestra campaña. Le dijimos al público que de diez a quince mil mujeres morían cada año debido a los abortos clandestinos. De hecho, sabíamos por nuestras investigaciones que el número era más bien de doscientas a trescientas. Inventamos también lemas sumamente persuasivos y agresivos, como «la mujer tiene derecho al dominio de su propio cuerpo», «libertad de elección», «la conspiración católica» y otros similares.

Tuvimos un éxito extraordinario. Trabajando con un presupuesto de siete u ocho mil dólares anuales, echamos por tierra la ley en el Estado de Nueva York en dos años. Gracias a una telaraña de mentiras y calculada intriga, logramos tener, por vez primera en Estados Unidos, una ley que permitía absolutamente el aborto.

Por supuesto, no nos consideramos satisfechos simplemente con haber logrado la despenalización del aborto. Aspirábamos a poner en marcha toda una operación masiva que permitiera a cualquier mujer -también a las pobres- obtener un aborto barato, rápido y seguro. Y establecimos una clínica bajo el nombre de Centro de Salud Sexual y de la Reproducción, un eufemismo bastante bueno para lo que a fin de cuentas se convirtió en un matadero. Durante la época en que fui director de la clínica se practicaron 60.000 abortos, aproximadamente 120 diarios. Yo mismo, personalmente, he realizado cerca de cinco mil abortos a lo largo de mi vida.

Los avances científicos me abrieron los ojos

Renuncié al cargo de director de la clínica a fines de 1972, no porque estuviera desilusionado del aborto o porque tuviera serias dudas, sino porque tenía demasiados compromisos, estaba minando mis fuerzas y me sentía cansado. Cuatro meses después me pidieron que organizara y dirigiese el servicio de embriología y perinatología en el hospital St. Luke’s, uno de los más importantes de Nueva York, perteneciente a la Universidad de Columbia. Esta unidad engloba las disciplinas médicas que estudian el ciclo de vida, los hábitos, la psicología, la sensibilidad y la fisiología del feto. Esta nueva rama de la Medicina ha sido posible gracias a los logros de ciertas tecnologías, como el ultrasonido, la inmunoquímica, el marcador del corazón del feto y otras técnicas muy complejas.

Desde que comprobé con absoluta claridad, gracias a estas nuevas técnicas, que el feto respira, que duerme con unos ciclos de sueño perfectamente definidos, que es sensible a los sonidos -se ha comprobado que reacciona de distinta manera ante diferentes tipos de música-, al dolor y a cualesquiera otros estímulos que ustedes y yo podamos percibir, me resultó insoslayable que el feto es uno de nosotros, de nuestra comunidad, que es una vida: una vida que debe ser protegida.

¿Qué queda, pues, de los slogans abortistas? Tomemos ése de la «libertad de elección». Todos estamos a favor de la elección. Siempre y cuando, claro está, que la elección sea una elección ética. Si una de las alternativas no es éticamente aceptable, la elección no soporta el escrutinio: de hecho, no es una elección, y por tanto, la «libertad de elección» es lema vacío. Supongamos que estoy en quiebra: puedo elegir entre trabajar para ganar dinero, o robar un banco, o asaltarle a usted para quitarle la cartera; pero las dos últimas no son elecciones éticas.

El del «derecho al dominio del propio cuerpo» es otro lema de gran atractivo. Hoy, gracias a la inmunología, se sabe con absoluta certeza que el feto no es una parte del cuerpo de la madre. Los glóbulos blancos de la sangre son capaces de reconocer cualquier cuerpo extraño al organismo y de poner en marcha los mecanismos de defensa para destruirlo. Cuando el feto se implanta en la pared del útero, el sistema inmunológico materno reacciona para expulsar al intruso, pero, naturalmente, el feto está dotado de un delicado método de defensa ante esta reacción. En algunos casos la defensa no es tan eficaz como debiera, y el feto es expulsado y se malogra. Esto muestra que el feto no es una parte del cuerpo de la madre. Simplemente está ahí como huésped de paso y ella no puede disponer sobre él.

El ataque contra la Iglesia Católica

Otra táctica muy importante fue presentar la oposición al aborto como una injerencia de la Iglesia católica. No se trataba de fustigar al Papa, porque el centrar la atención en un solo hombre podría despertar una ,reacción de simpatía. Desechamos también condenar a todos los católicos porque eso diluiría el tema demasiado. Además, íbamos a necesitar algunas mujeres católicas para llevarlas al frente, como escudo, para que dijeran que estaban a favor del aborto. Y así lo hicimos. Por eso concentramos el ataque en los obispos y altas Jerarquías, un grupo lo suficientemente reducido para que absorbiera el castigo y lo bastante amplio para que fuera obvio.

Ahora pienso que si en la propaganda de aquellos años, en la que arremetíamos contra la Iglesia católica, hubiéramos sustituido la palabra «católica» por la palabra «negro», la opinión pública nos hubiera aplastado. Pero entonces se había puesto de moda fustigar a la Iglesia católica, y nos aprovechamos de ello. Para que un lema sea eficaz debe esgrimirse un argumento. En este caso, el de la Iglesia no debe inmiscuirse en los asuntos del Estado. Sin embargo, todos sabemos que el Rdo. Martín Lutero King era un ministro protestante y llevó a cabo una de las revoluciones sociales más profundas en los Estados Unidos. También recordamos que algunas de las personas más activas en la abolición de la esclavitud en Boston fueron miembros del clero.

La farsa del aborto terapéutico

También tenemos bastante experiencia en Nueva York sobre los comités del «aborto terapéutico», cuando antes de 1970 el aborto sólo era posible por necesidad médica. Estos comités, formados por tres doctores en cada hospital, dictaminaban sobre la validez de cada solicitud de aborto. Aquellos comités bien pronto se convirtieron en una farsa. Las solicitudes de aborto iban invariablemente acompañadas de dos certificados extendidos por psiquiatras, manifestando que la mujer en cuestión tenía tendencias suicidas a causa del embarazo. Naturalmente, siempre que tenía una paciente que deseaba abortar, la enviaba a dos psiquiatras amigos míos. Estos extendían los certificados acostumbrados -una tarea rutinaria que no les lleva más de cinco minutos- y cobraban los cien dólares acostumbrados.

Dr. BERNAL NATHAUSON

«POR MARÍA EL CIELO SE LLENA, Y EL INFIERNO SE HALLA MÁS VACÍO», enseña San Bernardo. Porque María no obtiene gracias de Dios. Por esto es algo excelente rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS.