Temporalismo

Asociación de Sacerdotes y Religiosos de San Antonio María Claret

También los sacerdotes, en esta hora del mundo de tanta apostasía, corremos el peligro de minusvalorar nuestros deberes sobrenaturales y entregarnos a temporalismos alicortos. Decimos con el gran Obispo doctor Torres y Bages: “Nunca hemos de olvidar que Jesucristo no nos hizo ordenadores de pueblos ni confeccionadores de Sociedades, sino piscatores hominum… Hemos de buscar las armas en cuanto son detenidas por Jesucristo, no en cuanto son elementos de una sociedad; acordémonos que no somos sociólogos, sino sacerdotes de Dios… Quisiéramos que nuestro estado respirase sobre naturalismo por todos sus poros y que en la práctica de la vida social todas sus acciones ejerciese en siempre esa divina influencia”.

No propugnamos, empero una evasión angelita de los problemas políticos y sociales. El mismo Torras y Bages dice también: “Nunca la política ha creado ni ordenado la sociedad: quien lo ha hecho ha sido siempre la religión que es su madre. Cuando la política por lo que llamamos política ha desorganizado los pueblos ha deshecho la sociedad y ha advertido a los ciudadanos se presenta otra vez la religión, y con entrañas de madre empieza el trabajo oscuro y difícil de recoger los fragmentos unir y proporcionar las partes y restaurar el edificio. El sacerdote es el eterno restaurador de la vida social por la impresión del espíritu sobrenatural que cura los individuos los ata entre sí y vivifica el conjunto con la Caridad único vínculo social verdadero contrapuesto al egoísmo del estado salvaje”.

Cuanto dice el gran obispo de Vic es luz para entender el decreto conciliar “Praesbyterorum ordinis” y para una recta interpretación de la “Gaudium et Spes”. En consecuencia creemos que el sacerdote debe fundamentalmente ser el “alter Christus”, o sea el hombre de lo sobrenatural. Y que el “orden político y social brota espontáneamente como una flor de la doctrina del Evangelio”, cómo enseñaba el propio doctor Torras y Bages. Sí, los sacerdotes debemos iluminar los grandes conceptos de sociedad y estado, de poder y libertad, de propiedad y de trabajo, de organización profesional y derechos de las sociedades subsidiarias. Pero todo esto según los principios del derecho natural, de la ética y de los documentos pontificios.

Por esto jamás los sacerdotes podremos colaborar ni directa ni indirectamente con el comunismo que por naturaleza es intrínsecamente perverso, y aún en el supuesto de que pudiera separarse de su congénito ateísmo -lo que realmente no es posible- siempre es antinatural. Nos parece inconcebible que el esfuerzo y el trabajo de algún sacerdote pueda significar en ningún momento una colaboración para que se implante el ateísmo y la tiranía comunista.

En este sentido lamentamos en la formación sacerdotal una laguna: la ausencia de doctrina social y política según los principios de la Iglesia enraizados en la doctrina teológica de la realeza de Cristo en la sociedad. Tal vicio en mentes no suficientemente formada da lugar a obsesiones de sociologismo desenfrenado y a caer en compromisos con los peores enemigos de la Iglesia de Dios, mintiendo pretextos evangélicos y conciliares.

Esta actitud nos separa totalmente de todo conservadurismo egoísta, de todo silencio pecaminoso ante las injusticias sociales, de toda concomitancia con poderes plutocráticos. No es admisible ni cristiana la lucha de clases, ni tampoco la concepción liberal de la vida social aunque muchas veces sus fórmulas vengan recomendadas y etiquetadas como mercancías cristianas. Creemos que los gloriosas figuras del cardenal Mercier y del cardenal Gomá, de San Antonio María Claret, de Jaime Balmes y del obispo Torras y Bages ofrecen un raudal de definitivas lecciones de intervencionismo social y político, tan alejados de enfeudamiento innobles y servilismos pegajosos como de violencias injustas y agresividades incompatibles con los mismos preceptos del Decálogo.