Obra Cultural

Jesús es DiosAntiguamente se llamaba ya al cuarto Evangelio: el Evangelio espiritual, y a su autor: el Teólogo. De ahí el símbolo que se le ha dado: el Águila. Sin embargo, Juan permanece realista y preciso en cuanto a la circunstancias de lugares y de tiempo. No olvida jamás que el Verbo se hizo «carne». De ahí el acento a la vez místico y concretamente verídico de su relato. Se palpa que él ha visto lo que escribe y que su testimonio es auténtico (21,24). En el prólogo afirma con fuerza: «Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios, Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por ti, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho…» Después da ejemplos elocuentes del Poder divino de este hombre que declarará a los judíos: «Ya que no me creéis a mí creed en mis obras» (10,38).

  • LA SAMARITANA (Jn 4).

¿Cómo calificar esta entrevista? Edmond Rostand en su oratorio coloca una canción de amor, sacada del Cántico bíblico, sobre los labios de esta mujer que él llama Photine – hija de luz, Lucía- Milagro de la misericordia, aquí. Un corazón se inclina sobre una miseria, éste es el Corazón de Dios.

– Pero, en fin, esta mujer era conocida… ¿Cómo sus conciudadanos la escuchan cuando clama: «He encontrado al Mesías»? (v. 29-40). Y, ¿a la hora de la comida? o dejan todo para ir a Jesús…

-¿No será que lo que les llama la atención es ver a la pobre Lucía completamente transformada? La gota de agua que ella ha recibido, agua que brota hasta la vida eterna, la ha santificado.

  • EN JERUSALÉN, El PARALÍTICO DE BETZATA (Jn 5).

Notemos que estaba paralítico desde hacía 38 años, sin poder llegar hasta el agua en el momento preciso. «Levántate, toma tu camilla y anda», le dice Jesús (v. 8). Cúración completa e instantánea, cuando ya sabemos que es necesaria una larga reeducación después de una  hospitalización de algunos meses.

– Pero es sábado. Cólera de los judíos. Jesús no teme llamarse a sí mismo «dueño del sábado», rnanera equivalente y clara de declararse igual a su Padre. Jesús es Dios. «Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también» (v. 17 y 18) .

  • MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES Y DISCURSO SOBRE EL PAN DE VIDA (Jn 6).

El pueblo está ya conquistado por este profeta. No ha visto todavía lo más fantástico.

-Jesús sube la montaña, seguido de una multitud, cinco mil hombres sin contar las mujeres y los niños, precisa San Mateo. Con cinco panes y dos peces alimenta a todas esas gentes, y aún se recogen doce canastos con las sobras.

La multitud está entusiasmada. La tradición anunciaba que el Mesías daría de comer a su pueblo; es pues Jesús el Salvador esperado. Bien puede nombrársele rey.

Jesús desaparece. Pero, al día siguiente, al otro lado del lago; pronuncia su magistral discurso sobre el pan de vida. Este pan es la doctrina y es la Eucaristía. Jesús afirma ser Él mismo este pan de vida, bajo estos dos aspectos:

  • «Creer en el que Dios ha enviado» (v. 29), «el pan de Dios es el que bajó del cielo y da la vida al mundo» (v. 33), «Yo soy el pan de vida» (v. 35).
  • Muy claramente desde el versículo 51 hasta el 59, Jesús insiste, repite, precisamente a causa de la incredulidad de sus auditores:  «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna… mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdadera hedida…» Sólo Dios puede hablar así.
  • INTENTAN EN VANO PRENDERLE (Jn 7).

Cuatro meses después de la curación del paralítico, próxima la fiesta de los Tabernáculos, Jesús se dirige a Jerusalén. Los judíos furiosos envían guardias para prenderlo. Pero los guardias regresan sin haber osado poner la mano sobre Él, diciendo: «Jamás ha hablado nadie como este hombre». Imaginemos a los policías de hoy no cumpliendo la misión tan severamente ordenada… Es que se obraba una especie de milagro psicológico, la autoridad moral de Jesús.

  • YO SOY LA LUZ, YO SOY (Jn 8).

Más sorprendentes aún son las declaraciones del final del capítulo octavo: «Yo soy la luz del mundo» (v. 12). «Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, entonces conoceréis que YO SOY…» (v. 28). Y todavía: «En verdad en verdad os digo: Antes que Abraham naciese, YO SOY…» (v. 58).

Esta es la respuesta de Dios a Moisés cuando le pide su nombre (Éx. 3,14): «YO SOY eI que SOY». Es lo que afirma San Juan en el prólogo del cuarto Evangelio: «AI principio… el Verbo era Dios…». Es Dios, sin limitación temporal.

Sus enemigos lo habían comprendido tan bien que querían apedrearlo, como culpable de blasfemia. «Pero Jesús se ocultó y salió del templo» (v. 59).

  • El CIEGO DE NACIMIENTO (Jn 9).

Una curación que supone como una creación de órganos, o si queréis como una resurrección de partes de órganos inexistentes o atrofiados, un poco como el hombre paralítico desde hacía 38 años.

Lo interesante es la larga discusión que sigue. Todo el mundo conocía al ciego. La gente se sorprende. «Soy yo», insiste él (v. 9)

Los jefes del pueblo no quieren reconocer el prodigio. Interrogan al hombre curado, después a sus padres. La amenaza de expulsión de la Sinagoga pesa sobre cualquiera que reconozca que Jesús es el Cristo. Pero la evidencia está ahí. Como el milagro había sido obrado en sábado, los fariseos pueden decir al ciego: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que este hombre es un pecador» (v. 24). Y él responde: «Si es pecador, no lo sé. Lo que sé es que yo era ciego y ahora veo» (v. 25).

El hecho está bien encuadrado. Constituye una prueba de la declaración: «Yo soy la luz del mundo».

  • El BUEN PASTOR (Jn 10).

En el Antiguo Testamento, Dios es llamado algunas veces el Pastor de su pueblo. Este título conviene más particularmente al Mesías, llamándose el Buen Pastor, Jesús se da un título de jefe supremo. Además añade poco después: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (v. 30). Lo que impulsa a sus auditores a quererlo lapidar de nuevo: «…Porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (v. 36-38).

  • RESURRECCIÓN DE LÁZARO (Jn 11).

Releed el relato detallado, la enfermedad del amigo de Jesús, la llamada de Marta y María, espera de Jesús, muerte de Lázaro y después de cuatro días su resurrección.

El valor probatorio del milagro está afirmado por el taumaturgo mismo, cuando Jesús ruega a su Padre: «Yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que Tú me has enviado» (v. 42).

San Juan recalca: Muchos de los judíos… que vieron lo que Jesús había hecho, creyeron en Él» (v. 45). Otros, en cambio, no (v. 46).

Se objetará que los milagros no prueban directamente la divinidad de Jesús. Prueban que «Dios está con él», como dice Nicodemo, ya que Jesús es un hombre de Dios, como los profetas, que también han hecho prodigios, y aun obtenido de Dios resurrecciones de muertos. Pero notad que Jesús opera milagros para apoyar sus declaraciones: «Yo soy el Hijo de Dios… Uno con el Padre…»

No obstante, en el pensamiento mismo de Cristo son su muerte y su resurrección las que serán el verdadero signo de que Él es realmente Dios. Jesús fue condenado a muerte por haber afirmado su divinidad. Y resucitó para dar de ella la prueba definitiva. San Juan canta esta fe a la divinidad de Jesús a lo largo de todo su Evangelio, y termina su libro diciendo: «Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que JESÚS ES EL MESÍAS, HIJO DE DIOS…» (Jn 20, 30-31).

«UNA SEÑAL CIERTA DE PREDESTINACIÓN BRILLA EN LA FRENTE DE LOS SIERVOS DE MARÍA», dice San Alfonso María de Ligorio. Y esta señal resplandece en los que cada mañana y cada noche piden su salvación con el rezo fervoroso de las TRES AVEMARÍAS.