Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Cardenal Marcelo González Martín.jpgVarias veces he recordado una sangrante realidad: apoyados por votos católicos llegan al poder partidos políticos que legislan y mantienen leyes contrarias a la Ley de Dios. Ahí están las leyes del divorcio, del aborto, parejas homosexuales, manipulación de embriones, etc.

La partitocracia totalitaria que sufrimos en España, desde el advenimiento de la llamada democracia, con su laicismo totalitario, está destrozando la fe de los españoles, nuestras tradiciones religiosas y nuestra cultura cristiana.

Seamos coherentes con nuestra fe, también en política. Contra el laicismo confesional y antihumano imperante debemos levantar la bandera del Estado confesional católico, fundamentado en la doctrina social y política de nuestra santa Madre Iglesia, experta en humanidad. No se respetan los derechos del hombre si no se respetan los derechos de Dios. San Juan Pablo II, ha dicho: “Es justo y necesario defender los derechos del hombre, pero antes es preciso reconocer y respetar los derechos de Dios. Permitidme gritar fuerte: ¡Es hora de volver a Dios!”. Volvamos a Dios. Volvamos a la confesionalidad del Estado, al Estado católico: “La sociedad política ha de cumplir, por medio del culto público, las muchas y relevantes obligaciones que la unen a Dios. No pueden las sociedades políticas obrar en conciencia como si Dios no existiese, ni volver la espalda a la religión como si les fuese extraña, ni mirarla con esquivez ni desdén, como inútil y embarazosa… El Estado político tiene la obligación de admitir enteramente y profesar abiertamente aquella ley y prácticas de culto divino que el mismo Dios ha demostrado querer” (León XIII).

Los sicarios del laicismo confesional totalitario deforman continuamente la doctrina política de la iglesia, en campañas mediáticas calumniosas. No, señores. El Estado católico no discrimina a los no católicos; ni impone la práctica del culto y la piedad a todos los ciudadanos, ni es la entrega del poder civil al clero. El Estado católico es el compromiso colectivo (la inmensa mayoría de los españoles somos católicos) de vivir responsablemente la fe, no sólo individualmente, sino también en las leyes y costumbres.

Andan muy errados los eclesiásticos y seglares que dicen que el Vaticano II desaconseja el Estado confesional en estos tiempos democráticos. Esa afirmación no corresponde con la realidad. El Concilio Vaticano II ha ratificado la doctrina social tradicional de la Iglesia. Monseñor José Guerra Campos, “maestro de los obispos españoles durante el Vaticano II”, en palabras del fallecido cardenal Marcelo González Martín, en un trabajo publicado por la Facultad de Teología del Norte (Burgos), afirma: “La doctrina de la Iglesia, reafirmada por el Concilio Vaticano II, incluye, además de la protección de la libertad civil o inmunidad de coacción en materia religiosa, unos deberes positivos religiosos que la sociedad civil, en cuanto tal, ha de cumplir. Se pueden resumir en dos grupos. Primero, en relación directa con el “orden espiritual”: dar culto a Dios; favorecer la vida religiosa de los ciudadanos; reconocer la presencia de Cristo en la historia y la misión de la Iglesia instituida por Cristo. Segundo: en relación directa con el orden temporal, inspirar la legislación y la acción de gobierno en la ley de Dios propuesta por la Iglesia. Estos deberes, cuando una sociedad civil los reconoce como principios fundamentales de su vida pública, constituyen el núcleo esencial de la confesionalidad en su sentido pleno”.

El Concilio Vaticano II insiste, una y otra vez, que los ciudadanos creyentes han de instaurar el orden temporal “dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana… Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana” (AA, 7).

El ángel dijo a María: “Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 32-33).

Luchemos valientemente por el Reino de Cristo en la tierra.