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Obra Cultural

Carácter y antecedentes

torquemada.jpgFue Institución católica doctrinal y jurídica; llamada también «Santo Oficio». Para preservar de infiltraciones erróneas la doctrina católica (ortodoxia) y proteger a los fieles contra aquéllas, al difundirse ese peligro se estableció, en virtud del derecho de la Iglesia, la organización que velase por investigar -«inquirir»- en enseñanzas orales o escritas sospechosas de error, si lo contenían, dictaminando en consecuencia sobre la doctrina examinada y disponiendo sobre lo que correspondiese a los responsables de ella.

De hecho, desde la antigüedad, el tipo de error fue doble: el herético, contra más o menos verdades cristianas, y el opuesto a toda la religión cristiana, propio del judaísmo. Históricamente, el peligro herético con relieve se inicia en el siglo IV; el judaico, más bien en la edad media. Circunstancia no rara en los herejes al oponerse a una situación general estable fue recurrir a la violencia contra los católicos. La reacción de éstos está sintetizada en la dada por un doctor tan comprensivo y eminente como S. Agustín. En el sínodo de Hipona contra el Donatismo, año 393, sostuvo como método el diálogo pacífico. En años siguientes insiste en la misma actitud.

Más adelante, desde el año 404 (J. Martín, París, 1901; Díaz Antoñanzas, Logroño-Madrid, 1972), ante la experiencia sufrida por la continuada e insoportable violencia del sector hereje, mantuvo por criterio y en actitud de necesidad de dirigirse a la autoridad civil para que reprima y castigue la conducta delictiva contra el bien común de la que son responsables los herejes por derivación de su posición doctrinal.

Edad Media: herejías, Inquisición, judíos

El peligro y grave daño social de los herejes se hizo patente desde comienzos del siglo XII en regiones como el sudoeste de Francia. El norteamericano E. C. Les en su historia de la Inquisición, aunque tendencioso contra ésta, sostiene: «la causa de la ortodoxia (contra la aludida herejía medieval) era la causa de la civilización y del progreso» (N.Y., 1922); y el muy versado en lo histórico-religioso, Vacandard (París, 1907), consigna que la represión de la herejía inmunizaba de la dispersión y de la anarquía. Para el mejor remedio de aquellos graves males originados por la herejía, el Papa Gregorio IX establece la Inquisición en Francia, el año 1231.

España, por su arraigada fe católica estuvo libre de aquellos riesgos en la Edad Media. Otro, en cambio, le preocupó a gran parte de Europa también por entonces. Unos datos lo concretan: los judíos son expulsados de Inglaterra en 1290; en Austria y Baviera desde 1298 se los considera indeseables; de Francia son expulsados en 1306; y de ahí en adelante en Alemania se los va desterrando de una y otra ciudad. En tal situación un país, aunque no fuese el único, les brindó hospitalidad: España. En ella los judíos, siempre durante la Edad Media en condiciones aceptables de residencia y de trabajo, en el transcurso del siglo XIII fueron poco menos que privilegiados bajo reyes como Alfonso VIII, Jaime el Conquistador, San Fernando (honrado a su muerte con honorífico epitafio por el ilustre rabí Salomón) y,  ya dos siglos antes, acogidos por Alfonso VI en el norte cristiano cuando en el sur musulmán se les perseguía por los refuerzos de almoravides y almohades.

Señala el historiador Turbeville (Londres, 1949) sobre la Inquisición española: «Durante el medioevo España se distinguía entre todos los países europeos por sus relaciones relativamente amistosas y por la libertad de trato social y comercial existente entre cristianos, judíos y musulmanes». Paz, pues, religiosa y civil en la España Católica medieval; a la que añadir la cultural «trilingüe»; aunque presto el cristiano, en su momento, al heroísmo martirial (Córdoba, siglos IX y X), y siempre al bélico en la justa reconquista del suelo patrio.

La Inquisición Española

La convivencia generalmente tranquila entre cristianos y judíos no excluía cierta antipatía respecto a éstos, poderosos económicamente, por su usura; y el recelo y menosprecio por su condición religiosa, exacerbado a veces por crímenes impíos (algunos comprobados), estallaba en brutales matanzas de judíos. Varias veces sucedió esto en el siglo XIV, aunque no en la enorme proporción y modo como tuvo lugar en ese mismo siglo en otras partes de Europa con ocasión de la «peste negra». Decenios más adelante la situación, en España, fue distinta. En contraste con muchísimos judíos lealmente convertidos comenzaron a proliferar los «judaizantes», falsos conversos, instigadores a la apostasía. «Ya se trataba del ser o no ser de la España católica» testifica el eminente (aunque nada amigo de lo español) Von Pastor. «Peligro inmenso» documenta López Martínez (Burgos, 1954). Los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, actuaron con su característica eficacia. Tuvo a bien el papa Sixto IV establecer en España la Inquisición, en 1478 (a los dos siglos y medio de su vigencia en Francia), bajo la legítima autoridad del poder real. El primer inquisidor general, Fr. T. de Torquemada fue tan eficaz en la ejecución como los reyes en la iniciativa. Desde luego, su primera disposición sobre posibles culpables fue un indulto general para cuantos lealmente abjurasen su error. Más de quince mil se beneficiaron de él.

La apreciación global del actuar de la Inquisición Española puede formularse así: investigaciones, procesos, trámites de delación, comprobación, declaraciones exigidas y medios, defensa, prisión, condiciones de apresados en habitación, atención a la salud, «tormento», condenas, etc., fueron lo usual y legal en la justicia de los países europeos de entonces, aunque con una circunstancia: la atenuación y mitigación en lo penoso. La justificada concreción sobre todo esto es adquisición definitiva de la más exigente crítica histórica, obtenida por el protestante alemán E. Schafer, en su «Bitrage» («Contribución a la historia del Protestantismo español y de la Inquisición del siglo XVI«; en alemán, 3 vals., Gutersloh, 1902). Valga de indicio su refutación ridiculizando no ya apreciaciones, sino datos numéricos de J. A. Llorente en su sedicente «Historia crítica de la Inquisición Española» (8 vals. Barcelona, 1818-35). Schafer, por criterio personal adverso a la Inquisición, es un historiador. Llorente es un falsario, que ni destruyendo documentos logró encubrir sus embustes. Lo revelado por el protestante alemán confirmó lo probado antes por Menéndez Pelayo y otros españoles, a quienes por serlo (!) no se les hubiese creído.

Los defectos inevitables en toda obra humana de «justicia» no pudieron faltar en la Inquisición; p.ej., abusos al principio en Sevilla. Ha sido ocasión difamatoria repetidas veces lo ilustre de los procesados; pero eso es culpa de los denunciantes, desautorizados por la misma Inquisición al declarar a los denunciados sin tacha alguna.

Protestantismo «alumbrados», brujería

La razón inicial de la Inquisición española, el peligro judío, desapareció pronto; pero le sucedieron otros, en conjunto no menos graves. El principal la propaganda protestante. Fue enorme la que se procuró hacer en el siglo XVI. Un claro indicio del gravísimo daño al bien común nacional que acarrearía a España la difusión del protestantismo lo son las «Guerras de Religión» con sus horribles secuelas, sufridas en el siglo XVI por la católica Francia. España gozó de próspera y feliz paz. La Inquisición atajó el mal en sus comienzos. Las víctimas, todas fueron individualizadas mediante proceso; juzgadas en lo doctrinal por la Inquisición; las «relegadas al brazo secular» fueron sancionadas según la ley penal civil para la delincuencia derivada de la profesión de herejía. La Inquisición nunca dictó pena de muerte ni aún de castigo corporal. Esto correspondía a la magistratura civil según las leyes del Estado. Víctimas fatales: ¿llegarían en total a un millar? Menos, desde luego, que las dos mil atribuidas por Llorente a sólo Sevilla.

Los «alumbrados», grupos de seudomísticos de mala doctrina y malas costumbres con proliferación peligrosa, quedaban también bajo la Inquisición. El número de los castigados con la pena máxima queda incluido en la cifra total indicada. La «brujería», mucho más supuesta que real, suscitó en casi toda Europa un verdadero enloquecimiento de terror, en el mismo siglo XVI. Las víctimas de su persecución en sólo Europa central se contaron por decenas de millares; se habla de 30.000 y aún 50.000. En España la Inquisición, eficaz y moderada, entregó al poder civil, para la sanción que correspondiese, 12 (doce) culpables. Desde luego, la aplicación de la pena se hacía en lugares retirados; en los «autos de fe», públicos y solemnes, se publicaban las sentencias, comenzando por las de absolución y rito de reconciliación, cuando era el caso.

Intolerancia

Completemos la cita de Turbeville antes mencionada. Dice «Para muchos países España ha llegado a ser proverbialmente la tierra de la intolerancia religiosa. Pero su historia durante el medioevo desmiente radicalmente esa opinión». Agreguemos lealmente que en los siglos XVI y XVII el peligro de la propaganda impresa forzó a la Inquisición a la «censura» de libros. ¿Cómo quedó la cultura? Respondió el muy culto y no menos liberal, antiinquisitorial, D. Juan Valera, tratando el asunto en pleno siglo XIX: «Lo que no puede ser asunto de discusión es que la edad más floreciente de nuestra vida nacional en… ciencias, letras y arte, es la de mayor fervor católico y de la mayor intolerancia religiosa: los siglos XVI y XVII»

«JAMÁS PUEDE HABER EXAGERACIÓN EN QUERER A MARÍA. DIOS LA QUISO CON CARIÑO DE HIJO. ¿Y VAS TÚ A DUDAR HASTA QUÉ PUNTO TIENES QUE QUERERLA? ÁMALA A SER POSIBLE, COMO LA AMÓ JESÚS». Y una manera de amar a María es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS. Nuestra Madre del Cielo no olvida nunca al que le hace este obsequio.