Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Niño Jesús y San Juan BautistaLa castidad virginal es la abstención voluntaria y perpetua del placer sexual. Jesús enseñó que la virginidad es superior al matrimonio. Y la Iglesia lo definió como verdad de fe en el Concilio de Trento. “Si alguno dijere que el Estado conyugal debe anteponerse al estado de virginidad o de celibato, y que no es mejor y más perfecto permanecer en virginidad o celibato que unirse en matrimonio (cf. Mt. 19, 11 s; 1ª Cor. 7, 25 s 38 y 40), sea anatema”. (D. 980).

Pío XII en su encíclica Sacra Virginitatis enseña: “El que sugiere que es preferible vivir en el matrimonio que consagrarse a Dios invierte y confunde el orden normal de las cosas… los que buscan a desviar adolescentes de la entrada en el seminario o de las órdenes y congregaciones religiosas y pronunciar los santos votos persuadiéndoles que pueden, casándose, hacer mayor bien espiritual por la profesión pública y visible de su vida cristiana, como padre y madre de familia, todos esos, como la conciencia de nuestro cargo nos hace un deber. Nos no podemos sino condenarlos absolutamente… Nos estimamos además el deber de avisar que es absolutamente falso afirmar que los que abrazan una vida de castidad perfecta son como extraños a la comunidad de los hombres… Puesto que contribuyen doblemente al bien espiritual de los hombres”.

Los santos siempre han enseñado la grandeza de la virginidad.

San Juan Crisóstomo:

“¿Qué cosa hay más dulce que la virginidad? ¿Qué cosa más bella o más esplendente? Despide fulgores más vivos que los rayos del sol y, arrancando nuestras almas de todos los negocios de la vida, nos permite contemplar de hito en hito con ojos limpios al sol de justicia”.

San Ambrosio:

“No ensalzamos la virginidad porque se da en los mártires sino porque es ella la que hace mártires”. “¡Oh! y cuántas vírgenes saldrá a recibir María; a cuántas estrechará entre sus brazos y presentará al Señor, diciendo: Ésta ha sido fiel a mi Hijo; ésta ha guardado sin mancilla sus divinos desposorios”.

San Gregorio Niseno:

“La única alabanza cabal de la virginidad es que aparezca como virtud superior a toda alabanza”.

San Agustín:

“Vosotras raza escogida y especialmente elegida entre las elegidas, coros virginales, que seguis al Cordero…”.

San Atanasio:

“¡Oh virginidad, riqueza inmensa! ¡Oh virginidad, corona inmarcesible! ¡Oh virginidad, templo de Dios y morada del Espíritu Santo!”.

San Cipriano:

“¡Oh vírgenes! vosotras habéis llegado a ser lo que nosotros seremos más tarde. Poseéis ya en esta vida la gloria de la resurrección en cierto modo; atravesáis este mundo sin dejaros manchar por él. Permaneciendo castas y vírgenes igualáis a los ángeles del Cielo”.

San Metodio:

“Yo, a la verdad, tengo por cosa  certísima que no hay remedio tan eficaz para tomar los hombres al paraíso, reconciliarlos con Dios y abrirlos caminos seguro para la eterna salud, como la pureza”.

Santo Tomás:

“La contemplación de las cosas divinas es más perfecta que la multiplicación de la especie humana, finalidad del matrimonio… El estado de virginidad, pues, es un estado de vida superior”.

San Juan Pablo II, ha dicho que:

“La virginidad testimonia que el Reino de Dios y su justicia son la perla preciosa que se debe preferir a cualquier otro valor”.