Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Nacimiento del Niño Jesús y adoraciónDios es amor. Todo lo que Dios hace dentro y fuera de sí lo hace por amor. Dios al amar a las criaturas las hace participar de su amor y felicidad. El amor y misericordia de Dios con el hombre se manifiesta en la Encarnación del Hijo de Dios, la unión de una naturaleza humana y la Persona del Verbo en las purísimas entrañas de María Santísima, la Niña Hermosa de Nazaret. Dios, creador de todas las cosas se hace criatura para que seamos semejantes a Dios: “¡Que gloria es para mí el saber esto y el ver que has nacido para mí!” (Beata Ángela de Foligno).

Dice San Juan que: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios” (Jn. 1, 1), “vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11). “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. (Jn. 1, 14)

“¡Oh Jesús! Déjame que te diga en un arranque de gratitud que tu amor raya en locura. ¿Cómo quieres que ante esta locura mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo habría de tener límites mi confianza?” (Santa Teresita del Niño Jesús). La santificación y la felicidad eterna de toda la humanidad están en la Encarnación, en Jesucristo Verbo encarnado.

De todas las obras que ha realizado la Santísima Trinidad, la más grande y hermosa es la Encarnación del Verbo en las purísimas entrañas de María Santísima: “Un profundo silencio lo envolvía todo, y en el preciso momento de la medianoche, Tú verbo Omnipotente vino de los cielos, desde tu trono real” (Sab. 18, 14-15). La Niña Hermosa María, lo había preparado todo en su humilde casa de Nazaret… pero Dios Padre había dispuesto otra cosa.

El edicto del César obligaba a María y José a dejar su casita de Nazaret… y empiezan a caminar hacia Belén. No encuentran posada y tienen que cobijarse en una cueva, a las afueras de Belén. José y María tranquilos, saben que Dios proveerá: “Para los que buscan a Dios todas las cosas cooperan a su bien” (Rom. 8, 28). Dios quiere que su obra más grande y hermosa se realice en una cueva de animales, en la más extrema pobreza. No le des más vueltas a “tus” cosas. Dí: Jesús en Tí confío ¡Quiero que me hagas santo, como María y José!

Los ángeles anuncian a los pastores, los hombres más humildes de la tierra, la grandeza de Dios: “Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada. En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el Cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

 Y sucedió que, cuando los ángeles se marcharon al Cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado”.

 Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho”. (Lc. 2, 6-20)

¡Vamos a Belén, vamos al Sagrario!

¡Jesús nos está esperando!