Obra Cultural

Santisima Trinidad y loa ángelesLe conocí en una habitación de hospital, de la que iba a marcharse al día siguiente, Y a la que yo entraba enfermo. Después de algunas palabras amables pero triviales, entró en materia en seguida al ver que yo era sacerdote (S.)

-Soy ateo (A.), dijo, es una convicción y quiero obrar en consecuencia. Estoy contento de volver a ver de nuevo mañana a mi prometida. Es como yo; perfectamente atea. Nos entenderemos muy bien. A pesar de la gran desesperación de sus padres y de los míos, que son muy cristianos, solos nos casaremos civilmente. Hemos de ser lógicos con nosotros mismos.

S. – ¿Puedo hacerle una pequeña petición, casi nada?

A. – ¡Claro que sí!

S. – Supongo que yo no tengo nada en la mano. Deme por sus propias fuerzas un grano de arena. ¿Puede hacerlo? ¿Sí o no?

A. – Confieso que esto me es imposible.

S. – Pues si nosotros, que somos los seres corporales más perfectos de este mundo, estamos en la incapacidad total de hacer un grano de arena con mayor razón el grano de arena no se ha hecho a sí mismo. ¿Quién lo ha hecho?

A. – (Silencio).

S. – Hemos de remontarnos hasta Dios. Ya que, si un ser limitado supraterrestre lo hubiese hecho, a este ser, ¿quién lo habría hecho? En realidad, ningún ser supraterrestre puede crear, salvo Dios. Los -seres limitados pueden modificar las cosas, no crearlas. Hace falta la Omnipotencia para hacer, de la nada, la más ínfima de las criaturas, con mayor razón para crear todos los millares de millones de granos de arena de este mundo y del cosmos.

A. – (Silencio).

S. – Suponga que usted sea el más célebre químico del mundo. Tiene a su disposición un laboratorio como no hay ningún otro en la tierra. Le traigo una porción de barro arcilloso: Haga de él, por sus propios medios, una pequeña higuera, o al menos, si así lo prefiere, una semillita de higuera. ¿Puede usted hacerlo? ¿O no?

A. – No, esto supera mis posibilidades.

S. – Si el hombre no puede hacerlo, con mayor razón será incapaz de ello el barro. ¿Quién ha hecho la higuera, la multitud de higueras, las especies incalculables de vegetales de todo el mundo? Además, cada árbol o arbusto, al ser una maravilla de orden -nutrición, floración, reproducción-, sólo una inteligencia puede hacerlo. Si no es infinito, exige una inteligencia infinita. De la misma manera podríamos razonar en lo que se refiere a la existencia de los animales y sobre todo del hombre.

A: – Pero la «evolución» puede explicarlo todo.

S: – No. Para evolucionar, ante todo hay que ser. Y hay que demostrar que realmente ha habido la evolución en la forma que algunos afirman. Como sea, los seres de este mundo no se han hecho por sí mismos. Además, estos seres, una vez producidos, ¿quién les ha dado el dinamismo evolutivo que constatamos? No se lo han podido dar por sí mismos, puesto que han sido hechos por Dios totalmente y continúan siéndolo en todo momento. Hemos de llegar a una causa absolutamente perfecta, distinta del mundo e inmanente al mundo, de una inteligencia, una bondad y un poder infinitos. La evolución, en caso de que fuera demostrable, se tendría que concebir como cierta subida de los seres, los menos perfectos hacia los más perfectos; el inorgánico ante todo, terrestre o acuoso, como cercanía necesaria para los vegetales; los vegetales para los animales; los animales para el hombre. Pero esta subida de los seres hay que explicarla. ¿Quién la ha realizado? Sólo Aquel que ha hecho todas las cosas.

A. – Pero yo sólo puedo afirmar lo que veo.

S. – Hemos de afirmar también lo que debe existir, aquello sin lo cual yo no podría ver nada, no podría existir nada, ni tan sólo sería pensable. Porque lo impensable no puede existir. El que niega a Dios renuncia a pensar. Es parecido a aquel hombre a quien han puesto dormido en un tren. Cuando despierta, mira, examina todos los objetos de su compartimento, los analiza, los clasifica, pero en ningún momento se pregunta de dónde viene el tren ni adónde va. Legítimamente podríamos deplorar aquel fallo intelectual. En conclusión: si el mundo existe, si una sola cosa existe, es preciso que Dios exista. Si Dios no existe, nada existe. «Dios o nada». Evidentemente, Dios en su infinidad y su eternidad, es un misterio. Es preciso que sea misterioso, de lo contrario no sería Dios.

S. – Todavía querría hacerle otra pregunta.

A. – Le escucho.

S. – Después de su muerte, ¿qué será de usted? Puesto que niega la espiritualidad y la inmortalidad del alma, niega el más allá y renuncia a toda esperanza.

A. – Cesaré de existir y nada más.

S. – ¿Le satisface un desenlace semejante? Porque todo nuestro ser aspira a la vida y a la felicidad. Nuestro corazón es insaciable. Sólo Dios puede colmarlo.

A. – No experimento tales deseos.

S. – Pues le compadezco… Una última pregunta: ¿Conoce usted los Evangelios?

A. – Sí, unas leyendas.

S. – ¡Atención! Está en un grave error. Todos los verdaderos sabios, católicos, protestantes, incrédulos, están de acuerdo para afirmar que son documentos históricos de gran valor. La Iglesia católica, que los ha aprobado y reconocido como Sagrada Escritura, ha excluido severamente de la Biblia todos los evangelios apócrifos que son, en su mayor parte, obras de imaginación o tonterías. Los tres primeros Evangelios pueden datarse bastante exactamente: entre los años 50 y 65 después de Jesucristo, cuando un gran número de los testigos de la vida de Jesús y de sus milagros estaban todavía vivos. Y no han tenido que rectificar nada de los relatos evangélicos. En cuanto al Evangelio de San Juan, según la última palabra de la crítica bíblica, parece escrito en los primeros tiempos de cristianismo. El sabio Claude Tresmontat, en su última obra «L’Evangile de Jean», demuestra que todos los indicios nos llevan a certificar que está escrito inmediatamente a la muerte y resurrección del Señor. Este Evangelio de San Juan está hecho por un testigo ocular y auricular de primerísimo valor. ¿Sabría usted, a lo menos a grandes rasgos, lo que dicen los Evangelios?

A. -No mucho. Me preocupo ante todo de las ciencias físicas.

S. -Los Evangelios nos dicen cosas maravillosas de Dios. Dios nos ama como un Padre. Quiere hacer de nosotros, si lo consentimos, hijos suyos queridos, y nos promete, si le somos fieles, una felicidad eterna. Es la gran Revelación hecha por Jesucristo, que ha realizado los milagros más espléndidos, hasta resurrecciones, para probar que era Hijo de Dios hecho hombre, venido a este mundo para reconciliarnos con Dios.

A. -He de decirle que soy impermeable a la fe.

S. -No sólo es la fe la que está en juego en el problema de la existencia de Dios. La razón humana puede probarla, como ya le he demostrado. Por otra parte, todos los pueblos, a su manera, reconocen la existencia de Dios, Es la Revelación de los secretos divinos y de los designios del amor de Dios para con nosotros lo que requiere la fe.

A. -Pero la fe es un don que no se concede a todos.

S. -Este don es ofrecido por Dios a «todo hombre que viene a este mundo», pero le concedo que, de hecho, sólo es otorgado a los que buscan la verdad con amor y piden con mucha humidad ser iluminados por Dios.

Cuando no se ama a Dios, no se ama al prójimo. No son dos amores, sino uno solo. Y este amor necesita alimentarse. A lo menos, no olvidemos cada mañana y cada noche rezar las TRES AVEMARÍAS para pedir el amor a Dios y al prójimo, y nuestra salvación.