Obra Cultural

sagrada familiaRecordemos el chascarrillo del borracho que ha perdido la llave. Se acerca un amigo y le ayuda a buscarla. Pero no la hallan, porque le ha caído en otra parte. «¿Entonces, ¿por qué la buscas aquí?» «Porque aquí hay luz». Muchos se comportan como este borracho cuando se trata del Matrimonio cristiano: buscan en otra parte. Para muchos esposos es un deber precedido de ciertas prácticas burocráticas que hay que despachar, y seguido de ciertas normas que hay que observar. Entonces nacen interrogantes en cadena: el matrimonio civil, ¿no tiene también su dignidad?, ¿no basta nuestro amor? Para muchos parientes y amigos es sólo una fiesta. «Siempre es un motivo para beber», dice un proverbio alemán. En realidad, el Matrimonio Cristiano es mucho más que el matrimonio, mucho más que un contrato regulado jurídicamente, mucho más que un deber, mucho más que una fiesta y, desde luego, mucho más que el amor.

El Sacramento del Matrimonio es un acto de amor por parte de Dios y por parte del hombre y de la mujer. El Sacramento es una posibilidad, una suerte, aún antes de ser una obligación y una responsabilidad. Es una iniciativa de Dios, antes de ser una iniciativa del hombre. A fuerza de responsabilidad, de independencia, de personalidad, de autoconciencia, no nos dejamos ni siquiera amar, no apreciamos el don, transformamos al Padre en amo. Es en esta perspectiva del don y de la iniciativa de Dios que procuramos descubrir con el faro-telescopio-microscopio de la fe, el Matrimonio en la vida diaria de los cónyuges cristianos.

Más que el amor, más que el matrimonio

Todos los creyentes saben que en la Eucaristía el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero no todos saben que en el Matrimonio el amor de los esposos se convierte en amor de Dios. El Sacramento consagra el amor. El amor es la «materia» del Matrimonio, como el pan es la «materia» de la Eucaristía. El pan es una gran cosa y también el vino: el primero nutre el cuerpo, el segundo alegra al hombre; pero no son nada ante el Cuerpo, entregado y la Sangre derramada de Cristo. El amor es una gran cosa, el mayor de los valores humanos, pero es nada ante el amor de Dios. El amor de Dios –el del Padre al Hijo y el de Dios al hombre, el Espíritu Santo- irrumpe en, el amor entre el hombre y la mujer a través del Sacramento. El Espíritu realiza un trasplante de corazón, un «corazón nuevo», con el cual Dios ama al hombre con el corazón de la mujer, y ama a la mujer con el corazón del hombre, y los dos se unen en, una sola carne, así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son uno en el amor. Si el pan no sabe a pan, si el vino sabe a vinagre, no se hace la Eucaristía. Si el amor entre el hombre y la mujer no existe, no se hace el Matrimonio. Pero si hay, aunque sea un poco de disponibilidad entre ellos y Dios -puesto que el cero no se multiplica, ni Dios es un mago- Dios se obliga por su parte. El amor humano no es suprimido sino transformado, elevado a potencia superior. A simple vista, no se ve diferencia entre antes y después de la Consagración, pero la mirada de fe vislumbra presente un Amor más grande que se manifestará.

Los cristianos no son diferentes de los demás, aunque esto escandalice a los fariseos y también a otros. Ellos aman como todos los que aman. Pero saben -los que lo saben- que cada gesto de amor, cada sí que se dicen, cada expresión de afecto, cada regalo, cada unión del cuerpo, están «consagrados», son manifestación de Dios que los ama, son Amor encarnado.

Entre el ya y el aun no

No es necesario emplear muchas palabras para demostrar que el amor humano es pobre, corto, vaciado por motivaciones no auténticas y egocéntricas, engañado por tentaciones: basta interpelar cualquier consultorio, entrar en cualquier casa o mirarse en lo interior: no pocas uniones se deshacen incluso entre los cristianos. El Señor, con el Sacramento, va al encuentro de los esposos cristianos para purificar su amor de las motivaciones negativas, del egoísmo, de la falsedad; para sostener su debilidad; para consolidar su fragilidad; para reconstruir su quiebra, en una palabra, para redimirlo y salvarlo. El Espíritu Santo da un corazón nuevo, capaz de amar como Cristo ha amado, dándolo todo, hasta el fin. También el amor está sujeto a la ley de la cruz. Ha de pasar a través de las pasiones, del sufrimiento, de la duda, y quizás al fin por la traición y el abandono. Pero el Sacramento hace superar los errores propios o del otro, y resucita lo que había muerto. A veces no súbitamente, sino hasta el fin.

«Ya verás después…» decía un padre a su hija en vísperas de su boda. No era el momento de hacer previsiones tétricas. Pero tenía razón. Es ya mucho que los días soleados sean más numerosos que los lluviosos; en general el tiempo es variable. Por esto se exageran tanto las felicitaciones a los esposos. No hay matrimonio con éxito total.

Entonces, ¿por qué ser cristiano? ¿por qué casarse por la Iglesia? Sé ciertamente que Dios no retira la palabra dada, y que su amor no retrocede sin haber dado fruto. La unidad de los dos cónyuges cristianos se anuda en lo alto, y no se funda sólo en el vínculo de dos frágiles promesas de amor.

Don y colaboración

¡Pobres de nosotros si Cristo nos amase como el esposo ama a la esposa! Sin embargo, Dios no ha hallado mejor comparación para hacernos entender cómo nos ama. Quiere decir que al menos un poco de su amor está presente cuando los esposos se aman; un poco de su amor es posible entre el esposo y la esposa. En efecto, Dios ha puesto como modelo para los esposos, no a la pareja acertada -por suerte- sino a la pareja Cristo-Iglesia: «Amaos como Yo os he amado», «Como Cristo ha amado a la Iglesia y ha dado su vida por ella …» «Como el Padre me ha amado y Yo amo a mi Padre…»

Sólo ahora, después del discurso arriba citado que Dios ha hecho y hace diariamente a través del Sacramento, es posible hablar de lo que deben hacer los esposos. Sólo ahora, después de haber hablado del fermento que Dios ha puesto en la masa del amor humano, es posible hablar del desarrollo de este amor. Sólo ahora, después de haber profundizado la esperanza del cumplimiento y la paciencia en el fallo, es posible percibir el ideal altísimo del Matrimonio, sin que produzca espanto. «Cuando oremos, hagamos como si todo dependiera de Dios; cuando obremos, comportémonos como si todo dependiera de nosotros», decía el antiguo refrán.

Y, ¿cuál es la contribución de los esposos a la iniciativa de Dios? Es el amor caridad. El amor ante todo hacia el cónyuge; puesto que el amor a Dios se expresa en el amor al prójimo, y el prójimo más próximo es el propio cónyuge. Un amor que tenga todas las características de la caridad descrita por San Pablo (cfr. 1 Cor 13). Un amor que tenga todas las características del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y, específicamente, las características del amor de Cristo, Dios y hombre, que ama a la Iglesia: un amor concreto, como el de Cané; un amor afectuoso, como el de Betania; un amor sin reservas, sin condiciones, un amor total, como el de la Cruz; un amor «hasta el fin»; esto es, en una palabra, un amor fiel.

La fidelidad y la indisolubilidad del Matrimonio hallan en este amor fiel de Cristo su fundamento, su posibilidad, su justificación, su modelo.

En tándem

Me parece que la bi-bici o el tándem son una buena comparación para el Sacramento del Matrimonio, considerado como don de lo alto, o como compromiso de vida conyugal. El Matrimonio es la única vocación a la que se responde a dos y al mismo tiempo; el único Sacramento que se confiere a dos juntos y para vivirlo juntos. En el Matrimonio, los cónyuges suben al tándem. Un tándem de tracción mixta: a pedal y a motor. El motor es la fuerza de Dios; el pedal es el empuje de los cónyuges. Desde aquel momento viajan juntos; pueden pedalear juntos, con el mismo ritmo, secundando la acción motora. Tal vez pedalea uno solo y el otro se deja llevar: es fatigoso, pero es siempre una gran cosa. Tal vez, desdichadamente, uno frena, o al fin abandona la silla, y es una desgracia. Pero siempre hay una esperanza: el motor.

Signo de un amor mayor

En la esfera del Matrimonio se verifica la realización de la persona. El hecho de que la realización de cada uno y de la pareja sea parcial, que la satisfacción no sea plena, que la unidad no sea perfecta, que el amor esté mil kilómetros lejos del de Cristo, no ha de desanimar, sino espolonear a un mayor Amor. Debemos hacer cualquier cosa, pero no pretender hacer más de lo necesario. Son sabias las palabras paulinas: «No tenéis otro deber que el amor recíproco». A cada día le basta su pena, pero cada día tiene también su alegría. Es verdad que hay penas lo tenemos ya aquí, pero también es verdad que tenemos un poco de cielo; basta descubrirlo quitándonos las gafas negras, basta crearlo día a día con pequeños gestos de amor. Para el cielo -y para el amor- no hay ascensores, sino una escalera con muchos peldaños.

Sí, los esposos se aman, pero hay uno que los ama mucho más; los esposos no se aman siempre, pero hay uno que los ama siempre y los ama primero. Cuando han pasado algunos años, cuando llegan los momentos de cansancio, cuando parece imposible amar, hay un remedio: en vez de buscar las culpas, hay que hacer memoria de los momentos hermosos, buscar lo positivo, esperar en el futuro; pensar en lo que Dios ha hecho, hace y hará, porque el corazón de Dios es mayor que el nuestro.

Ha dicho Bartmann: «SE DEJA PRONTO DE REZAR EL PADRENUESTRO CUANDO NO LO ACOMPAÑA EL AVEMARÍA». Por esto los buenos cristianos rezan cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS a la Santísima Virgen.