P. Alba

Consagración a Cristo Rey de los jóvenes apóstoles

Jesucristo Rey de Universo¡Sagrado Corazón de Cristo Rey! Míranos a tus plantas, adorando tu grandeza divina. Con honda grati­tud reconocemos que nos has ele­gido entre muchos, para ser los va­lientes soldados de tu Reino. Que­remos ser tuyos de veras, Señor, y por mediación de la Virgen Santí­sima, nuestra Madre, nos consa­gramos a Ti. Queremos tener el alma vestida siempre de gracia. Danos fuerza para cargar con la cruz, mientras nos dure la vida. Aun­que todos a nuestro alrededor sean cobardes, queremos, Señor, ir con­tra corriente, detrás de Ti, que eres el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús nuestro: haznos apóstoles, enséñanos a rezar, danos el gusto de la Sagrada Comunión. Enséñanos a predicarte con nuestro ejem­plo y con nuestra palabra. Haz, Se­ñor, que abramos un sendero blanco, por donde vayan todos los cristianos. Haz que el mundo vuelva a Ti, aunque nos cueste la vida. Amén.

Oración al comienzo de las marchas

Señor Dios, que abriste un camino seco en medio del mar a los israeli­tas y diste una estrella a los Magos de Oriente para que los guiara, concédenos, te rogamos, un camino próspero y un tiempo sereno, para que acompañados de tu santo Ángel, lleguemos al término de nuestra jornada y después feliz­mente al puerto de la eterna salva­ción. Amén.

Oración ante la Cruz de los Mártires

  1. Señor, escucha nuestra ora­ción.
    R. Y llegue a Ti nuestro clamor.

Oremos.

Ante la Cruz, Señor, recordamos a todos aquellos que murieron por una España católica y duermen el sueño de la paz. Especialmente te encomendamos a los mártires de la última persecución y a los caídos en la defensa de la fe de España en la última Cruzada.

A todos aquellos que descansan en Cristo, te rogamos les concedas el lugar del refrigerio de la luz y de la paz. Haz que su sacrificio no sea estéril, sino que nosotros, con su ejemplo, mantengamos siempre vivo el afán de servir a la España católica, y por ella a Ti, Rey inmortal, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

  1. Dales, Señor, el descanso eterno.
    R. Y brille para ellos la luz perpetua.
  2. Descansen en paz.
    R. Amén.

Quince minutos en compañía de Jesús sacramentado

No es preciso, hijo mío, saber mu­cho para agradarme mucho; basta que me ames con fervor. Háblame, pues, aquí, sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus ami­gos, como hablarías a tu madre, a tu hermano.

¿Necesitas hacerme en favor de alguien una súplica cualquiera? Dime su nombre, bien sea el de tus padres, bien el de tus hermanos y amigos; dime en seguida qué qui­sieras que hiciese actualmente por ellos. Pide mucho, mucho; no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos que llegan a olvidarse en cierto modo de sí mismos para aten­der a las necesidades ajenas. Háblame así, con sencillez, con lla­neza, de los pobres a quienes qui­sieras consolar, de los enfermos a quienes ves padecer, de los extra­viados que anhelas volver al buen camino, de los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos una palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa. Recuérdame que he prometido escu­char toda súplica que salga del co­razón; ¿y no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos que tu corazón especialmente ama?

Y para ti, ¿no necesitas alguna gracia? Hazme, si quieres, una como lista de tus necesidades, y ven, léela en mi presencia. Dime francamente que sientes soberbia, amor a la sen­sualidad y al regalo; que eres, tal vez, egoísta, inconsciente, negli­gente…, y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales miserias.

No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos justos, tantos Santos de primer orden, que tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad, y poco a poco se vieron libres de ellos. Ni menos vaci­les en pedirme bienes espirituales y corporales: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios; todo eso puedo darte, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no se oponga, antes favorezca y ayude a tu santificación. Hoy por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer por tu bien? ¡Si supieras los deseos que tengo de favorecerte!

¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo minuciosamente. ¿Qué te pre­ocupa? ¿Qué deseas? ¿Qué quie­res que haga por tu hermano, por tu hermana, por tu amigo, por tu supe­rior? ¿Qué desearías hacer por ellos? Y por Mí ¿no sientes deseos de mi gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus ami­gos, a quienes amas mucho y que viven quizá olvidados de Mí?

Dime qué cosa llama hoy parti­cularmente tu atención, qué an­helas más vivamente y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa, y yo te diré las causas del mal éxito. ¿No quisieras que me interesase algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño de los corazones y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, a donde me place.

¿Sientes, acaso, tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores.

¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu amor propio? ¿Quién te ha despre­ciado? Acércate a mi Corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar to­das esas heridas del tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a seme­janza de Mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y, en pago, recibirás mi consoladora bendición.

¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu alma aquellas vagas melancolías, que no por ser infundadas dejan de ser desgarradoras? Échate en bra­zos de mi Providencia. Contigo es­toy; aquí a tu lado me tienes; todo lo veo, todo lo oigo, ni un momento te desamparo.

¿Sientes desvío de parte de per­sonas que antes te quisieron bien, y ahora, olvidadas, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor mo­tivo? Ruega por ellas y Yo las vol­veré a tu lado si no han de ser obstáculo a tu santificación.

¿Y no tienes, tal vez, alguna ale­gría que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de ella a fuer de buen amigo? Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, ha consolado y hecho como sonreír tu corazón. Qui­zá has tenido agradables sorpresas; quizá has visto disipados negros recelos; quizá has recibido faustas no­ticias, alguna carta o muestra de cariño, has vencido alguna dificultad o salido de algún lance apurado. Obra mía es todo esto, y Yo te lo he proporcio­nado; ¿por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud y decirme sencillamente, como hijo a su padre: ¡Gracias, Padre mío, gracias!? El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse correspondido.

¿Tampoco tienes alguna promesa que hacerme? Leo, ya lo sabes, en el fondo de tu corazón. A los hom­bres se los engaña fácilmente; a Dios no; háblame, pues, con toda since­ridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte ya más a aquella ocasión de pecado, de privarte de aquel objeto que te dañó, de no leer más aquel libro que exaltó tu imagina­ción, de no tratar más a aquella per­sona que turbó la paz de tu alma?

¿Volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra, a quien por haberte faltado, has mirado hasta hoy como enemiga?

Ahora bien, hijo mío; vuelve a tus ocupaciones habituales: al taller, a la familia, al estudio…, pero no olvi­des los quince minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la soledad del san­tuario. Guarda en cuanto puedas silencio, modestia, recogimiento, resignación, caridad con el prójimo. Ama a mi Madre, que lo es también tuya, la Virgen Santísima, y vuelve otra vez mañana con el corazón más amoroso, más entregado a mi servicio. En mi Corazón encontrarás cada día nuevo amor, nuevos be­neficios, nuevos consuelos.