Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los Papas de la colonización (1525 – 1825) (8)

 Urbano VIII

Papa Urbano VIIIY, finalmente, unos párrafos muy significativos de una Bula de Urbano VIII al Rey Felipe IV. Este documento, al par que otros muchos que fueron expedidos por los Papas a lo largo de varios siglos, concedía al Rey de España la facultad de recaudar contribuciones del clero afecto a sus dominios. Como es sabido, en aquellos tiempos, los bienes eclesiásticos -que abarcaban, por otra parte, considerable fracción de la propiedad inmueble- estaban exentos de contribuciones en casi todos los países cristianos. Inmunidad legítima, determinada por el Vicario de Cristo, de acuerdo con los monarcas, a fin de que las iglesias pudieran emplear libremente sus rentas en fines religiosos y benéficos. Sin embargo, cuando el rey emprendía una empresa guerrera extraordinaria, o trabajos importantes de construcción o de canalización de ríos, etc., los Papas solían concederle derecho de exigir contribuciones a los eclesiásticos de sus territorios.

Pero lo que a nosotros nos interesa en la Bula de Urbano VIII es el motivo que el Papa alega para conceder de nuevo al Rey el poder de recabar fondos eclesiásticos. Y este motivo es que el monarca español ha agotado los tesoros de sus reinos “por la defensa y propagación de la fe”.

El Padre Bayle, que ha estudiado en detalle los inmensos dispendios hechos por sus Majestades Católicas a favor de la conversión de los indios, comenta:

“Los soberanos, en su nombre y representación del pueblo, echaron sobre sus hombros, anchos, robustos, mas atacados ya de interna carcoma, que al fin los desplomó, el peso enorme que debió ser de toda la Cristiandad y se lo dejarán a ellos solos. Y gastando gustosos, porque era para Cristo y para las almas, las energías propias, se desangraron, se empobrecieron y descuidaron otros intereses terrenales de la monarquía, porque no faltara para los de las misiones”.

Los Soberanos Pontífices estaban muy al corriente de las larguezas del Tesoro español, el cual, con fines muy puros de honra de Dios y de la Iglesia, pagaba a los soldados que en Flandes y Alemania apoyaban a la causa del catolicismo, sostenía varias escuadras en el Mediterráneo contra los turcos, en el Atlántico y en el Pacífico contra los piratas pagados por los calvinistas y luteranos -y honrados y galardonados por la pérfida Albión-, y cotizaba, en fin, buena parte de las entradas económicas de la Santa Sede.

Felipe IV, en la ocasión presente, necesitaba grandes cantidades de dinero para las guerras que sostenía contra el protestantismo. Urbano VIII, que consideraba esta guerra favorable al interés católico, concede al rey español permiso para recaudar impuestos una vez más, sobre los bienes inmuebles de las iglesias de sus reinos.

“Nuestro carísimo hijo en Cristo Felipe, Rey Católico de las Españas,… por la defensa y propagación de la misma fe católica en otras regiones (Nuevo Mundo), se ha visto impelido a hacer tan inmensos gastos, y aún hoy día los hace, que ha agotado no sólo las rentas ordinarias y extraordinarias de sus reinos, pero aun casi los mismos tesoros de dichos reinos…”

(Bula de Urbano VIII, 5-II-1632.)