Monseñor José Guerra Campos
Separata del «Boletín oficial del Obispado de Cuenca»
Núm. 5, mayo 1986
Como todos estos factores de desunión hieren las raíces mismas de la unidad eclesial, la división persiste años y años y no parece fácil desarraigarla. El que no siempre sea estridente se debe, no a mejoría, sino a cansancio y renuncia al diálogo, enquistados unos y otros en sus posiciones. Por eso crecen el desaliento y el retraimiento de muchos, hechos registrados, una y otra vez, en los informes oficiales de la Conferencia Episcopal.
La crisis se manifestó especialmente en Apostolado Seglar y en el Sigue leyendo
Lo que sé es que la realidad venezolana es deplorable: la escasez de medicamentos e insumos médicos es algo gravísimo, incluida la atención en los hospitales, la falta de comida y el alto costo de los alimentos, el problema de transporte, la falta de dinero en efectivo… Un kilo de carne cuesta el salario mínimo. O un litro de leche en polvo… ¿quién se lo puede permitir? ¿Cómo puede ser que en un país no haya dinero? Eso mata cualquier economía. Desde la Conferencia Episcopal Venezolana hemos levantado nuestra voz para denunciar esa emergencia social o crisis humanitaria que existe en el país. Falta de luz y agua. Nadie se ha preocupado por sostener las estructuras y la manutención de los sistemas. Es la miseria. Es terrible ver el país en la ruina. Venezuela se está desangrando. Caritas Internacional hablaba de más de cuatro millones que han salido del país… ¡Eso sería más del 10% de la población!
Considerad que hay muy pocas voces que se alcen con valentía, para frenar esta disgregación. Se habla de unidad y se deja que los lobos dispersen el rebaño; se habla de paz, y se introducen en la Iglesia -aun desde organismos centrales- las categorías marxistas de la lucha de clases o el análisis materialista de los fenómenos sociales; se habla de emancipar a la Iglesia de todo poder temporal, y no se regatean los gestos de condescendencia con los poderosos que oprimen las conciencias; se habla de espiritualizar la vida cristiana y se permite desacralizar el culto y la administración de los Sacramentos, sin que ninguna autoridad corte firmemente los abusos -a veces auténticos sacrilegios- en materia litúrgica; se habla de respetar la dignidad de la persona humana, y se discrimina a los fieles, con criterios utilizados para las divisiones políticas.
* La grandeza de la democracia brilla tanto que ciega a tontos y a listos, al pueblo y a los líderes.