Obra Cultural

Virgen del Carmen - ChileLa Virgen María, según la Biblia, es Madre del Mesías, es Madre del Salvador, es Madre del Redentor, es Madre de Jesucristo, es verdadera Madre de Dios. Y por ser Madre de Dios -escribe Santo Tomás de Aquino- la Virgen María adquiere una dignidad casi infinita, inferior ciertamente a Dios, pero muy superior a toda criatura, sea humana, sea angélica, sea creada ya, sea en potencia (o en el futuro). Y esta dignidad le viene a la Virgen de haber dado la carne y la sangre propia a su hijo Jesucristo: porque la carne de la Virgen pasó a ser también carne de Dios, y porque la sangre de la Virgen pasó a ser también sangre de Dios.

En el Nuevo Testamento, la Virgen María sigue paralelamente su Hijo. Y donde se encuentre el Hijo ha de encontrarse la Madre. Tenemos así la Anunciación del Arcángel San Gabriel; tenemos la Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel; tenemos el Nacimiento de Dios en Belén; la Presentación del Hijo de Dios en el Templo de Jerusalén; tenemos a la Virgen en las bodas de Caná de Galilea; tenemos a la Virgen en el monte Calvario junto a la cruz de su Hijo; tenemos a la Virgen en el Cenáculo presidiendo el retiro de los Apóstoles esperando al Espíritu Santo; tenemos a la Virgen en el Apocalipsis…

A todos estos pasajes bíblicos donde encontramos a la Virgen la preferida de Dios, ante quien se inclinan todos los hombres y todos los ángeles, hemos de sumar: María corredentora, Madre de la Iglesia, Madre de todos los redimidos, modelo de todas las virtudes, Reina Universal de cielos y tierra, modelo radiante de la más excelsa pureza después de Dios… Por todo ello, la Virgen María merece, sin discusión alguna, la mayor veneración y el mayor culto después de Dios. Todo ello plenamente bíblico.

«Fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón llamado José, de la casa de David, El nombre de la Virgen era María. Entrando a ella, le dijo el ángel; «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo». Ella se turbó al oír estas palabras y discurría qué podría significar aquella salutación. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo a quien pondrán por nombre Jesús; Él será grande y llamado hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el tronó de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin. Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto, el hijo engendrado será Santo, será llamado Hijo de Dios. Dijo María: He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se fue de ella”» (Lucas 1,26-38).

En este párrafo solamente, tenemos base bíblica textual y eterna para postrarnos a los pies de la Virgen María por toda la eternidad, como lo estuvo el ángel Gabriel «de parte de Dios»; y con el mismo Dios estuvo honrando a María, al pedirle su consentimiento para que aceptara el ser Madre del Mesías –Salvador-Redentor–Dios. Cuando los católicos rezamos a la Virgen María, no hacemos otra cosa que inclinarnos ante ella, como lo estuvo el ángel Gabriel «de parte de Dios», diciéndole las palabras del Espíritu Santo: «Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo …» ¿No es bíblico nuestro homenaje a la Virgen? Podríamos eternizarnos comentando este texto divino de San Lucas; pero necesitamos seguir adelante a grandes pasos, porque nos resta mucho que andar.

Sigue el evangelista San Lucas diciéndonos: «En aquellos días, se puso María en camino y con presteza fue a la montaña, a una ciudad de Judá, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y así que oyó Isabel el saludo de María, saltó el niño en su seno (el futuro San Juan), e Isabel se llenó del Espíritu Santo y clamó con voz fuerte: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a mí? Porque así que sonó la voz de tu salutación en mis oídos, saltó de gozo el niño en mi seno. Dichosa la que ha creído lo que se le ha dicho de parte del Señor» (Lucas, 1,39-46).

Pedir pruebas bíblicas para razonar el culto que los católicos tributamos a la Virgen María, después de leer este párrafo de San Lucas, pudiera resultar una auténtica burla al Espíritu Santo, y los pecados contra el Espíritu Santo no se perdonarán ni en este mundo ni en el otro, dijo Nuestro Señor Jesucristo. ¿No podemos nosotros visitar a la Virgen María y repetirle las palabras que el Espíritu Santo dijo a voz en grito por boca de Santa Isabel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre? Si la Virgen María, llena de su Hijo, llevó tanto gozo y tanta alegría y tanto fruto a la casa de Isabel con su visita, ¿no podrá hacer lo mismo cuando Ella nos visite a nosotros y nosotros a Ella?

La Madre del Cielo

Sesato contaba ya alrededor de los once años y solicitaba su admisión en el catecumenado. «Sesato, el de la serpiente». Este nombre no me decía nada en concreto.

– ¿Conocéis a Sesato? –pregunté a los demás niños.

Ya lo creo Padre; vive en la colina, donde usted mató a la serpiente de siete metros, allá abajo, cerca del pantano de papiros.

– ¿Y porque lo llaman Sesato el de la serpiente?

Porque un día, cuando no contaba más que algunos meses y no tenía aún nombre (los indígenas no dan un nombre a sus hijos hasta que no empiezan a hablar), su madre le había llevado consigo al monte, donde iba a buscar leña. Cuando llegó allá, depositó sobre la hierba a su bebé, envuelto en la piel de la cabra que le servía de vestido. El niño pronto terminó de echar una mirada a su alrededor y se durmió. La mamá negra aprovecha para ir a recoger ramas secas en la espesura cercana. De repente oye gritar a su hijo. Acude, y ¿qué es lo que ve? Una enorme serpiente pitón se dispone a tragarse a su hijo. La parte superior de la cabeza del niño se encuentra ya en las fauces del monstruo.

¡Qué cierto es que el amor maternal es idéntico en todas las latitudes!

Sin pensar en el peligro a que se expone ella misma, pronta como el relámpago, salta sobre la serpiente, le corta la cabeza con el machete, le abre las fauces y arranca de ellas a su hijo. De aquí provine el nombre de «Sesato el de la serpiente», que le dieron desde entonces.

El hecho me fue confirmado algunos días más tarde por el propio interesado, con el siguiente motivo:

Algunos días antes, habíamos recibido de Europa, para nuestra iglesia definitiva, una grande y hermosa imagen que representaba a la inmaculada de la Medalla Milagrosa. Durante ocho días la habíamos expuesto en el interior a las miradas de los indígenas. Revistió los caracteres de un acontecimiento en el país.

Los negros, todavía paganos la mayor parte, vinieron de varias leguas a la redonda a admirar a la Madre de los cristianos, como ellos decían.

Las mujeres de algunos jefes habían permanecido varias horas contemplándola. Era realmente hermosa. Esta exposición de la imagen impresionó vivamente al poblado, y produjo un choque en el alma de nuestro Sesato.

– ¿Qué es lo que te ha decidido a venir a instruirte? -le pregunté.

-Padre -me respondió todavía emocionado-, el otro día vine, como todo el mundo, a ver a la Madre de los cristianos, y cuando vi que aplastaba una serpiente, me recordó a mi madre, que cuando era pequeño me salvó de una serpiente pitón. No tengo ya madre, porque ha muerto; pero me parece que en la Madre de los cristianos he encontrado otra. Quiero que me instruya para «llegar a ser su hijo».

El amor de su madre había salvado a Sesato de las fauces de una serpiente terrestre; la sonrisa de la Virgen Madre celeste le llevó a la fe de Cristo.

La obra comenzada por una madre de la tierra era terminada por la gran Madre del Cielo, la Virgen María.

Arrepentimiento

Sucedió hace muy pocos años en una cárcel española. Un veterano misionero capuchino daba una misión a los presos. La palabra de Dios era recibida por ellos con indiferencia.

Había en aquel penal un caso humanamente perdido. Era la espina del Padre misionero. Un abogado que, en un arrebato de cólera, había dado muerte violenta a su esposa, y, después, había pretendido hacer lo mismo con sus hijos.

Una mezcla de dolor, de arrepentimiento y de humillación había sellado su rostro con una mueca de amargura.

Su alma era tierra cerrada para la semilla de Dios. Era una piedra.

Se acababa la misión; el Padre Capuchino se dirigía a la cárcel. En el camino, una persona desconocida se le acerca:

– Padre, usted es el que está dando la misión en la cárcel, ¿no?

– Sí.

– Pues haga usted el favor de entregarle esto al preso X.

Y dejó caer sobre su mano una medalla de la Milagrosa.

El preso X, era el abogado criminal.

Aquella tarde, el Padre misionero hizo que se le presentara dicho preso. Llegó a su presencia con gesto de desconfianza. El Padre le dijo afablemente, mostrándole la medalla:

-Esto me han dado en la calle para usted. Si no lo quiere, yo se lo devolveré a la persona que me lo ha dado.

El preso tomó la medalla en sus manos, profundamente impresionado.

Al día siguiente, aquel caso perdido ante los hombres era un caso ganado para Dios.

María, desde aquella medalla, había iluminado el abismo de aquel preso que hacía muchos años vivía al margen de Dios.

(N.B.: No se dan datos personales por ser un hecho recentísimo.)

«NO SOLO ES SALUD DE LAS ALMAS, SINO QUE TAMBIÉN PROVEE, CON PIADOSA DILIGENCIA, A LA SALUD Y NECESIDAD DE NUESTROS CUERPOS Y LOS CURA», dice de la Santísima Virgen María, San Anselmo. Por eso las TRES AVEMARIAS cada mañana y cada noche son medicina para el alma y para el cuerpo.