Ildefonso Rodríguez Villar
Puntos breves de meditación
sobre la vida, virtudes y advocaciones litúrgica
de la Santísima Virgen María
26ª edición, Valladolid, 1965

 

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Nuestra Señora del Carmen, venerada en su ermita de Tejadillos (Cuenca) como patrona secundaria

Es difícil encontrar una advocación más popular que ésta. —Parece que el pueblo cristiano tiene un gusto especial en invocar a la Virgen con el título del Carmelo… y hasta los más apartados de las prácticas piadosas que llevan una vida poco edificante y nada conforme a su título de cristianos, no renuncian a tener, a su modo, claro está, alguna devoción a su Virgen del Carmen…, y es que es este título…

Muy venerable por su antigüedad… Son dignas de conocerse y meditarse las palabras que la Iglesia emplea en las lecciones del Oficio Divino de este día…; dicen así: «En el sagrado día de Pentecostés, cuando los Apóstoles inspirados por el Cielo hablaban diversas lenguas, e invocando el nombre de Jesús obraban estupendos milagros, muchos santos varones siguiendo la vida y el espíritu de Elías y Eliseo, y preparados por la predicación del Bautista, abrazaron en seguida la fe evangélica,, comenzaron con singular afecto a la Santísima Virgen, a venerarla de tal modo, que por primera vez en el mundo la consagraron una capilla en aquel mismo lugar donde Elías había visto levantarse la misteriosa nubecilla, imagen de María… por lo cual comenzaron a llamarse Hermanos de la Virgen del Carmelo.»

Con esto la Iglesia parece confirmar la tradición ya admitida por varios Pontífices en sus Bulas, de que los Carmelitas…, esto es, aquellos descendientes de los profetas que vivían en el Carmelo, practicando una vida de pobreza, oración y mortificación…, honraban ya a la Santísima Virgen aún antes de que Ella viniera a este mundo… y que así como esperaban y honraban a Jesús aún antes de su encarnación y nacimiento, esperaban y honraban a la par a su Madre benditísima.

Fácil es, según eso, suponer el cariño y amor con que la Virgen miraría a aquella comunidad que tan prontamente había comenzado a honrarla…, y cómo seguirá mirando, del mismo modo, a los que continúan esta tan venerable y antigua tradición.

Resulta, por lo tanto, de la misma: a) que la devoción a la Virgen del Carmen es la más antigua de todas las que después se habían de multiplicar a través de los siglos, para satisfacer el amor que a la Santísima Virgen siempre han profesado las almas fervorosas; b) que los primeros Carmelitas, como premio de esta devoción, recibieron la gracia del bautismo de Juan y después el de Cristo, contribuyendo de este modo a extender y propagar desde sus, mismos comienzos la Iglesia Católica; c) que es realmente sorprendente el que a pesar de su antigüedad no haya envejecido esta’ devoción, antes bien, con el tiempo ha ido creciendo y aumentando sin cesar; d) lo cual bien claramente indica que la Santísima Virgen mira con singular gusto este título del Carmelo y que desea en él ser honrada, especialísimamente.

Contempla estás razones y mira si no son suficientes para lanzarte de lleno al amor a la Virgen del Carmen… y piensa si efectivamente así la has amado hasta ahora.

Título de amor. —Pero quizá más te convenza y más te incite a este amor el ver en este título del Carmen una prueba singularísima del amor de María a sus devotos. Podemos concretar la prueba de este amor en el Santo Escapulario.

El Escapulario es el vestido de la Virgen que amorosísimamente se digna Ella traer del Cielo y regalársele a sus hijos. —Siempre fue el regalo del vestido considerado en las Sagradas Escrituras como símbolo dé amor… Jacob amaba con predilección a su hijo José y para manifestarle este amor le regaló una túnica tejida de varios colores… Ana amaba con cariño de madre a su hijo Samuel y todos los años, como señal de amor, le llevaba al templo un vestido nuevo… Jonatás amaba con delirio a David y por eso un día no sólo le regaló su arco y su espada, sino su misma túnica y cambió con él los vestidos que llevaba… y ¿no vemos diariamente con qué cariño las buenas madres gozan de hacer o preparar por sí mismas los vestíditos que a sus hijos han de poner?… ¿No nos dice la tradición esto mismo de la Santísima Virgen, que no quiso que otras manos sino las suyas purísimas tejieran aquella túnica inconsútil que su Hijo había de vestir hasta la Cruz?… Pues mira ahora el Santo Escapulario y al verle como un vestido que la Virgen te regala, trata de apreciar el amor maternal que en él ha encerrado tu querida Madre.

Recuerda cómo Rebeca vistió con los vestidos de Esaú a su hijo Jacob para que así consiguiera las bendiciones de Isaac…, pues ¿cuánto mejor conseguirá las bendiciones de Dios el que se vista con el vestido de la Virgen?… Porque fíjate bien, que el hábito del Carmen es el vestido de María…, no sólo porque Ella nos le dio…, sino porque Ella misma le vestía cuando se apareció a San Simón Stock… ¡Qué dulce pensamiento pensar que nuestra Madre quiere despojarnos de nuestro vestido…, el nuestro…. el del amor propio…, el de las pasiones…, el de las tibiezas…, el del pecado…, y revestirnos del suyo…: el de la blancura…, el de la pureza…, el de la santidad!—¿Quién no querrá dejar gustosamente sus propios harapos para adornarse con este vestido de hermosura incomparable?

Es natural que los hijos de familias nobles, de los grandes y príncipes se distingan por la riqueza y esplendor de sus vestidos…, pues así ha querido la Virgen que sus hijos se distingan por el escapulario… Así le dijo a San Simón: «Recibe, amado hijo, este escapulario como signo de confraternidad»… Fíjate bien, es «signo de confraternidad»…, luego también lo es de maternidad; si somos hermanos…, luego somos hijos de la misma Madre…, y la señal y el distintivo de tales… ¡el bendito escapulario!… ¡Cuánto lo debes amar!… ¿Lo has amado así siempre? ¿Has visto en él esta delicadeza del amor maternal de la Santísima Virgen?… y sobre todo, ¿has tratado de corresponder a esa delicadeza amorosa como te lo pedía y exigía tu agradecido corazón?…

Sus privilegios. —Y esto debía bastar cierta-mente…, pero para estimularte aún más a la devoción de la Virgen del Carmen y a su santo escapulario, recorre brevísimamente algo de lo muchísimo que sobre sus privilegios se puede decir y meditar… y verás cómo hasta por conveniencia…, hasta por santo egoísmo, no podrás menos de apreciarle en lo que vale… Recordemos las palabras de la Virgen al hacer la entrega del mismo.

a) Ecce salus in periculis. Es el escudo fortísimo contra todas las asechanzas de los enemigos… y la salvaguardia segura de toda clase de peligros. —Antiguamente los guerreros iban a las batallas cubiertos de cotas de malla acerada y embrazando escudos donde todos los dardos enemigos se estrellaran… y si hoy ya han caído en desuso estos medios de defensa, es por su inutilidad ante los medios de ataque tan mortíferos y poderosos que existen. —Pues bien, el escapulario es el escudo qué no pierde su eficacia…, ni cae en desuso… y eso aunque los enemigos inventen nuevos modos de ataque… él será la barrera infranqueable para todas las asechanzas de Satanás… «No puedo nada con esa persona», se ha visto obligado más de una vez a confesar el demonio, porque lleva el escapulario…, «no puedo ni acercarme a ella…; arrancádselo y será mía»… Piensa si más de una vez el demonio no habrá podido repetir esas palabras contigo…, y por tanto cómo debes apretar el escapulario contra tu corazón.

b) Ecce foedus pacis et pacii sempitérni. —Es, además, prenda de paz y de alianza eterna. —Parece recordarnos estas palabras las que dijo el Señor cuando extendió el Arco Iris sobre las nubes del Cielo después del Diluvio… María es este arco iris de paz y de reconciliación entre Dios y los hombres…, y este oficio suyo nos quiere recordar con su escapulario, como si quisiera decirnos…: «no temáis, que yo soy la nubecita del Carmelo que se interpone entre Dios y los hombres…, como las nubes entre el sol y la tierra…, y si Dios quiere descargar sus iras, yo templaré sus ardores…, como las nubes los del sol…, y yo os regalaré con la lluvia fecundante de la gracia, como las nubes con sus aguas refrescan y fecundizan la tierra…, y como señal externa de que así es…, y para que nunca lo olvides, ahí tenéis mi escapulario.»

c) Pero sobre todo, es Signum salutis—prenda segura de salvación—, «Todo el que vista el santo escapulario por singular privilegio, no caerá a la hora de la muerte en el fuego eterno.»—Estas son sus palabras, que no necesitan comentario…, pero que debes meditarlas despacio y saborearlas a placer. —Piensa en aquel momento del que depende la eternidad…, en el que tú solo…, sin ayuda de nada ni de nadie te has de ver, para jugarte eternamente tu dicha o tu desgracia… y mira la seguridad, no ya sólo la esperanza, que te da la Santísima Virgen para aquel instante, si sabes llevar el escapulario.

Saberlo llevar. —Porque eso sí…, hay que saber llevar el escapulario…; no olvides que no es un amuleto, o un talismán…, ni menos un salvoconducto para pecar más fácilmente, creyendo que con sólo llevarle ya irás al Cielo.—El escapulario según los Santos PP. La Colombiere y Claret, es una ayuda muy grande…, más grande y más segura que en otras devociones, pero nada más.— Por eso, se ha de llevar no sólo exteriormente sobre el pecho…, sino interiormente en el corazón.

San Antonio Mª Claret llega a afirmar que a los que abusen del escapulario, la Santísima Virgen…, como ya lo ha hecho en algunos casos…, hará que a última hora se lo quiten y mueran sin él. —Teme, pues, el abusar de este modo de una prueba tan singular de amor de tu Madre y más bien prométela vestir su uniforme con honra…, es decir, honrándote tú de llevarle… y honrándola a Ella al llevarle.

San Buenaventura exclama: «Revestíos de María los que de veras la amáis»… y entonces sí, cuando el escapulario sea eso, una manifestación exterior del amor interior que tienes a tu Madre…, podrás esperar de Ella las gracias y los frutos riquísimos que en el mismo quiso acumular.—Gracias para evitar el pecado…, el infierno..», la muerte eterna…, el mismo purgatorio.—No termines sin hacer un examen de tu vida en relación con lo que te pide el escapulario:’ vida de austeridad…, de pureza…, de fervor…, de amor.—Pide a la Santísima Virgen que con su vestido externo te dé el interno de sus virtudes y gracias, con el que te parezcas en todo a tu Madre y Virgen bendita del Carmelo»