Obra Cultural

V. Carmen 16La Virgen María, por todo lo que nos dice la Biblia, fue proclamada por la Iglesia: Virgen Purísima, Madre de Dios, Esposa del Espíritu Santo, Corredentora de la humanidad, Madre de Cristo, Madre espiritual de la Iglesia y de todos los redimidos, Mediadora de todas las gracias, Llena de gracia, Inmaculada, Reina Universal del cielo y de la tierra, Abogada perpetua de todos los pecadores, Refugio de todas las almas, Consuelo de los afligidos, Madre de la Divina gracia, Omnipotencia suplicante, Gloria máxima de la humanidad, Obra maestra de la Creación.

La Virgen María, siendo como es la criatura más excelsa que ha salido de las manos de Dios, la mujer más pura y más bella que podemos imaginarnos, la «toda pulcra» de la Liturgia, la llena de todas las virtudes, la llena de gracia, la que más amó a Dios, la más amada de Dios, la que más atenciones y cuidados prestó a Dios, la que recibió plena obediencia del Verbo durante los 30 años en Nazaret, la que ha merecido los más sublimes elogios de los Santos Padres y de los Teólogos y de los sagrados escritores y de los escultores y de los pintores y de los literatos y de los poetas y de todos los pueblos cristianos… Por todo esto, bien merece la pena tomarla como modelo sublime de todos los creyentes en Cristo Jesús, y de todas las madres y de todas las hijas y de todas las mujeres y de todos los adoradores de Dios, como modelo de todo cuanto a la Religión y a Dios se refiere. ¿Verdad que vale la pena y que Ella se lo merece?

La Virgen María, por todo esto, rigurosamente bíblico, es digna del culto que le tributa la Iglesia Católica. El culto que se tributa a Dios se llama en Teología «culto de latría»; el culto de se tributa a los Santos, se llama «culto de dulía»; el culto de la Virgen María es inferior al que se tributa a Dios, y superior al de los Santos, y por esto se llama en Teología «culto de hiperdulía». El culto tributado a San José se llama «culto de protudulía», por el oficio que desempeñó con el Hijo de Dios representando al Padre celestial. De manera que, tributar culto a la Virgen y culto especial, se basa en lo siguiente: que es Madre de Dios, Corredentora, Mediadora Universal, Reina de cielos y tierra, Llena de gracia y santidad, Inmaculada…

La Virgen María es muy digna del culto que le tributamos, pues no hacemos otra cosa que imitar al Espíritu Santo, el cual es el autor de cuantos homenajes bíblicos hemos anotado, y muchos más. Y éste es precisamente el vacío que encontramos en el culto protestante, en cuyo culto, sí podemos llamarlo, está ausente la Madre. La religión que ellos practican es una religión fría, estéril, desabrida. Les hace falta el calor de la Madre; Deben imitar a la mujer del Evangelio, la cual, extasiada al oír predicar a Jesucristo, exclamó: «Bendita la madre que te parió y los pechos que mamaste». Los «hermanos separados», después de leer y releer la Biblia y de oír hablar a Jesucristo, deben imitar a la mujer del Evangelio, caer de rodillas y exclamar, elogiando a Cristo: «Bendita la madre que te parió y los pechos que te dieron leche». Ese día se caerá el velo que cubre su rostro. Ciertamente que todo esto es asunto de fe: pero también se requiere un poco de buena voluntad…

Conclusión

Consecuentemente, si el esplendor que irradian sus virtudes es tal ciertamente será el primer deber de aquellos que reconocen en la Madre de Cristo el modelo perfecto de la Iglesia, el unirse estrechamente a Ella para dar gracias al Dios excelso, que hizo grandes cosas en Ella, para beneficio de toda la humanidad. Pero esto no es todo.

Un segundo deber corresponde a todos los fieles, esto es: el culto fervoroso de alabanza, de gratitud y de amor que ha de ser tributado a la fidelísima Sierva del Señor, puesto que, según la sabia y suave disposición divina, el consentimiento libre de su voluntad y su generosa cooperación con los designios divinos influyeron e influyen todavía en gran manera en el restablecimiento de la salud de los hombres.

Por lo cual, todo cristiano puede hacer suya aquella invocación de San Anselmo: «Oh gloriosa Señora: haz que por ti merezcamos ascender a Jesús, tu Hijo que mediante ti se ha dignado bajar hasta nosotros». (Pablo VI, Signum Mag num).

Famosa conversión

En una de las capillas de la iglesia de San Andrés delle Fratte de Roma, se lee esta inscripción: «El 20 de enero de 1842, Alfonso Ratisbona, de Estrasburgo, vino aquí judío empedernido. La Virgen se la apareció como la ves. Cayó judío, se levantó cristiano. Extranjero: lleva contigo este precioso recuerdo de la misericordia de Dios y de la Santísima Virgen».

Alfonso Ratisbona nació en 1814, de rica familia hebrea, y fue educado en la indiferencia religiosa. Un hermano suyo, Teodoro, se convirtió a la Iglesia Católica y se hizo sacerdote. Desde entonces, la indiferencia de Alfonso se trueca en odio. Su hermano responde siempre con amor y hace pedir por él. En el año 1842, Alfonso hace un viaje a Italia. Al visitar tantos monumentos religiosos, escribe en su diario las impresiones que recibe, inspiradas en un odio acrecentado contra la religión cristiana. «¡Cuántas blasfemias escribí en él…» «Horrible retrato del estado de mi alma entonces!», comentaba después.

En Italia, la Providencia divina lo encaminó a donde no quería ir: a Roma. Allí se encontró con un amigo, Teodoro de Bussieres, que se había convertido del protestantismo. Como de ordinario los convertidos, de Bussieres ardía en santo celo por la salvación de las almas. Las primeras tentativas para convertir a su amigo produjeron mal efecto. Ratisbona se desahogaba cruelmente contra el catolicismo. De Bussieres no desiste, le entrega una medalla de la Virgen para que siempre la lleve consigo; y, justamente con la medalla, una copia de la oración Acordaos, pidiéndole que la rezase todos los días. Solamente por satisfacer al amigo, accede Ratisbona.

«El día 16 de enero -nos cuenta el mismo Ratisbona- arreglé mi pasaporte y acabé de hacer los demás preparativos para volver a Nápoles; y es de notar cómo mis labios repetían el Acordaos de San Bernardo. ¿Qué fuerza fue, ¡oh Dios!, la que disteis a estas palabras, que tanto entraron en mi alma y robaron su atención» De Bussieres, viendo la nueva disposición del joven israelita, para acabar su obra consiguió fácilmente que retardase su partida. «Dominado, pues -prosigue Alfonso- con irresistible influjo, quise prolongar mi permanencia en Roma. ¿Qué impulso, Dios mío, fue éste tan poderoso, que me forzaba a hacer lo que no quería?»

Los acontecimientos se precipitaron con inesperada prontitud. El testigo presencial de aquellos hechos, de Bussieres, escribe en su diario: «Jueves, 20 de enero. Ratisbona no ha dado aún un paso hacia la verdad. Su obstinación es siempre la misma; su espíritu, siempre burlón; sus pensamientos, completamente terrenos.»

Pero la Virgen tenía la última palabra. A la una de la tarde se encaminaba De Bussieres a la iglesia de San Andrés para dar órdenes sobre un funeral que iba a celebrarse al día siguiente, y en la esquina de la Via Condotti se encontró con Alfonso, a quien invitó para que le acompañase. Le dio gusto, y ambos se dirigieron al templo mencionado.

¿Qué pasó allí? Alfonso se negó a hacer ninguna declaración sobre lo que había visto: «Lo que tengo que decir, sólo se puede hacer de rodillas.»

«Lo llevé, pues -dice Teodoro de Bussieres- en seguida a la iglesia de Jesús, al Padre Villefort, que le invitó a hacer la declaración. Entonces, Ratisbona sacó fuera su medalla, y besándola exclamó: -¡La he visto, la he visto! Estaba en la iglesia hace pocos minutos, y de improviso me sobrecogió una turbación indecible; levanté los ojos, y todo el edificio había desaparecido de mi vista; una sola capilla tenía recogida en sí toda la luz, y en medio de aquel resplandor, sobre el altar, se me apareció, erguida, espléndida, grande, llena de majestad y dulzura, la Virgen María, tal como está pintada en mi medalla. Una fuerza irresistible me empujó hacia Ella, y Ella me indicó con las manos que me arrodillase a sus pies, y parecía como si me dijese: «Así me agradas». No me habló, pero yo todo lo comprendí.»

VIDA EN EL CUERPO…

Sucedió en Cullera (Valencia). Lo cuenta el mismo protagonista, hoy misionero en el Japón. Su nombre: Padre Manuel Guiltén Selfa.

«Era la noche agobiante del 20 de julio de 1934. El doctor Martínez había cerrado la puerta con un adiós de impotencia. Se acercaba la muerte, Yo era casi un cadáver: «Los ojos vidriados -dice mi padre-, la piel cenicienta, insensible a todo.»

Mi padre había quedado solo con su angustia, junto a mí, delante de una imagen de la Milagrosa. Se puso de rodillas. Sus palabras sallan alborotadas por la emoción y la pena: «Madre mía, sálvalo. Tú solamente puedes hacerlo y te lo ofrezco incondicionalmente.»

Él y mi madre, tomaron una decisión desesperada; ella, con los ojos enrojecidos por el llanto, pero serenos por la, confianza.

Envuelven mi cuerpo ungido en una sábana mojada en agua fría, anudándole en un extremo una medalla de la Señora Milagrosa. Mientras, una plegaria ardiente, insistente, confiada: ¡Señora cúralo!

Inmediatamente comencé a mover brazos y piernas, que hacía varios días tenían la rigidez de la muerte; mis ojos «vidriados» seguían los movimientos de una cerilla encendida; tenia sensibilidad, me quejaba, vivía … la fiebre había bajado a 37,4 grados.

Hoy soy jesuita y misionero en el Japón. Mi padre me había ofrecido incondicionalmente, y la Virgen aceptó…

¡OH MARIA, SIN PECADO CONCEBIDA!

«¿TEMES A DIOS? ARROJATE EN LOS BRAZOS DE MARIA», dice San Bernardo. Y se está en brazos de María cuando se rezan diariamente las TRES AVEMARIAS.