Obra Cultural

Santa María Madre de DiosLa Virgen María fue predestinada desde la eternidad para ser la Madre del Hijo de Dios que había de encarnarse. Por eso, la Virgen aparece ya prefigurada en Eva cuando Dios dijo a la serpiente o demonio: «Pondré enemistades entre ti y la MUJER, entre tu linaje y el linaje de ella, y ella aplastará tu cabeza, y tu acecharás su calcañal». Y luego la Virgen -o Madre del Mesías- fue prefigurada en las grandes mujeres del Antiguo Testamento: Rebeca, Raquel, Débora, Abigaíl, Judit, Es­ter, en la Virgen de Isaías, en Miqueas, en Zacarías… Todas evocan a la Virgen María.

La Virgen María, llegado el tiempo prefijado por Dios, fue saludada reverentemente por el Arcángel -de parte de Dios- y proclamada «llena de gracia», y rogada -de parte de Dios- para que aceptara ser la Madre del Mesías esperado por siglos y siglos. Si está llena de gracia, tiene que estar con Dios, porque la gracia es una participación de la naturaleza divina; Si está llena de gracia, ya no cabe en ella más gracia, mientras no aumente el recipiente, como sucedió constantemente en la Virgen María hasta su Asunción a los cielos. ¿Cuánta gracia no tendría la Virgen a la hora de morir a los 72 años? Sólo Dios puede dar la respuesta.

La Virgen María concibió un hijo -el único hijo- por obra del Espíritu Santo, dándose el hecho maravilloso de que el hijo de la Virgen es al mismo tiempo Hijo del Eterno Padre. ¿Cabe dignidad mayor? Y esto es lo que nos dice la Biblia: «Y por eso -Le dijo el Arcángel- el hijo engendrado será Santo, será llamado Hijo de Dios». ¡Oh misterio de fe!

La Virgen María fue a visitar a su prima santa Isabel, y allí, el Espíritu Santo, a voz en grito, la proclamó «Bendita entre todas las mujeres», la proclamó «Madre del Salvador», y la proclamó de una dignidad tan grande, que santa Isabel se estremeció en presencia de su prima la Virgen María.

La Virgen María, al ver las maravillas consiguientes a su visita a Santa Isabel entonó aquel canto sublime, el «Magníficat», con el cual la Virgen manifiesta que ella inaugurará la era mesiánica, tan ansiada por todo el pueblo de Israel desde las puertas del paraíso. Aquí la Virgen canta las grandezas que hizo Dios precisamente en ella, al hacerla Madre del Mesías-Salvador. Pero la Virgen hace aquí una profecía que penetra todos los siglos venideros. Dice la Virgen: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones». ¿En qué se apoya la Virgen para hacer tan prodigiosa y eterna profecía? En que sabe que es la Madre del Salvador: sabe muy bien lo que viene a la tierra precisamente por medio de ella como Madre del Salvador. De donde se sigue, bíblicamente, que el cristiano que no llame Bienaventurada a la Virgen, niega la Biblia, y reniega del Espíritu Santo. Por eso la Iglesia Católica llama constantemente a la Virgen «Bienaventurada», empujada por el Espíritu Santo.

La Virgen maría dio a luz a su Hijo -e Hijo de Dios- en el Portal de Belén; y allí, ella, juntamente con su esposo San José, recibió todas las visitas, las felicitaciones, los parabienes y los regalos que le llevaron al Niño Dios, Hijo de la Virgen e Hijo de Dios al mismo tiempo. A la Virgen y no al Niño felicitaron los pastores y los Magos y todos los demás. Y la Virgen fue quien recibió el oro, el incienso y la mirra con que los Magos obsequiaron al Niño Dios. «Y María -escribe San Lucas, que conoció y trató mucho a la Virgen- guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón».

La Virgen María, a los cuarenta días de haber dado a luz, fue al templo para cumplir con la Ley de Moisés; después de cumplir con esta obligación, el anciano «Simeón, tomando al Niño en brazos, lo bendijo, y dijo a María su Madre: «Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones».

La· Virgen María, cuando se les extravió el Hijo, de regreso de las fiestas pascuales, y después de tres días lo encontraron en el Templo de Jerusalén, ella regañó a su Hijo (que era el mismo Dios) por haberse separado de ellos sin licencia. ¿A quién fue lícito regañar y corregir al mismo Dios, como lo hizo la Virgen en pleno derecho? Era Hijo de Dios, pero era también Hijo muy propio de ella, pues ella lo concibió y le dio su carne y su sangre. ¡Oh dignidad sin igual esa de compartir la maternidad juntamente con el Padre celestial!

La Virgen María cuidó, ordenó y mandó a su Hijo durante los 30 años que estuvo en Nazaret con sus padres, como atestigua San Lucas, cuando dice: «Bajó con ellos a Nazaret y les estaba sujeto, y su madre conservaba todo esto en su corazón» (Le 2,51). Y es de suponer que Jesucristo, antes de dejar la casa paterna para iniciar su vida pública, pediría permiso a sus padres, no fuera que le regañaran por no cumplir el cuarto Mandamiento de la Ley de Dios.

¡Quiero confesarme!

En el mes de noviembre de 1895 llegó al Hospital de Almería Don Octavio Fábregas. Una nueva esperanza renació en la Comunidad de las Hermanas de la Caridad que atendían aquel Hospital.

Era la tercera vez que Don Octavio ingresaba en el Hospital. Más de una vez se le vio marchar del establecimiento la víspera del día en que recibían los enfermos el Santísimo Sacramento.

Se acercaba el día 27, fiesta de la manifestación de la Medalla Milagrosa. El enfermo, sin duda, ignoraba que aquel día acostumbraban a recibir la Sagrada Comunión.

Invitados los enfermos, todos accedieron. Sólo Don Octavio se negó:

-Yo no estoy para semejante cosa –decía.

La Hermana que cuidaba de la sala se lo ruega. Todo inútil. El enfermo contesta con ultrajes a sus palabras bondadosas.

-Siquiera –le dice la Hermana- póngase al cuello esta medalla.

-Tráigala –le dice con sonrisa burlona-. La meteré en la petaca. Respecto a la confesión, no se canse… hace treinta y cinco años que no la hago y me ha ido muy bien.

Al poco tiempo de haber tomado la medalla, sintió Don Octavio agudos remordimientos: era la Virgen que le llamaba a penitencia.

Como si le faltase tiempo, llama a la Hermana. Viendo que ésta tarda en venir, pide por favor que alguien vaya en busca del capellán.

– ¡Quiero confesarme! ¡Quiero confesarme! –dice.

Después de la confesión, decía a todo el mundo que se acercaba:

– ¡Me he confesado! ¡He estado más de dos horas! Hacía treinta y cinco años que no practicaba ninguna religión. Esta medalla me ha convertido.

¡María! ¡María!

Un joven llamado Emilio, que había recibido de su piadosa madre las primeras lecciones de virtud, las felices impresiones de la piedad, y muy especialmente una gran devoción a María, se relajó en su devoción hasta el punto de abandonar sus prácticas religiosas, llegando incluso hasta olvidar sus deberes para con Dios y a carecer habitualmente de reserva en sus palabras.

Su madre, al verle así, estaba desconsolada, y se dirigió llorosa a su confesor, al cual le prometió hacer cuanto pudiese para conducirle de nuevo a sus antiguas prácticas religiosas.

El joven Emilio hizo muchos viajes, y en uno de ellos encontró la fuente y el origen de su felicidad, librando a su madre de las penosas inquietudes que le causara. Él mismo es quien refiere el hecho:

«Un día –dice-, me vi a dos dedos de la muerte. El coche en que viajaba iba a lanzarse en un precipicio. Horrorizado, entonces exclamé: ¡María! ¡María!… Cuando de repente y sin saber cómo, mi caballo se enderezó, hizo un movimiento y me salvé.»

Como este hecho lo explicaba en una posada donde se encontraban muchos jóvenes de su edad, lo tomaron a risa. Para convencerlos bien de que en aquel terrible accidente debía la vida a la protección de la Santísima Virgen, sostuvo una decidida discusión.

Por un nuevo favor de María, cuyo honor había defendido, hizo luego serias reflexiones sobre el peligro más inminente todavía en que dejaba expuesta a su alma, y entonces resolvió convertirse.

Una vez llegado a su casa, corrió a los pies de un sacerdote, para buscar, en la penitencia, el remedio de lo pasado. Y después llevó una vida muy edificante, digna de un buen servidor de María.

«NADA IGUAL A MARÍA, NADA MAYOR QUE MARÍA SINO SOLO DIOS», dice San Anselmo. Y se alcanza la protección de María con el rezo, cada mañana y cada noche, de las TRES AVEMARÍAS.