Toledo, 6 de abril de 1977

ConfesiónMaravillosa experiencia, vivencia, de la paternidad de Dios a través del Sacramento de la Penitencia. Nunca había visto con tanta claridad cómo este Sacramento maravilloso puede llamarse el Sacramento de la Paternidad de Dios de un modo especial. Sin duda se puede llamar así también el Sacramento del Bautismo, pero la Penitencia tiene un matiz especial: hay aquí no solamente el volver a ser hijos de Dios, cuando se ha perdido la gracia; hay no solamente el inefable abrazo de perdón que da el Padre, sino, supuesta ya la vida de la gracia en el alma, un abrazo cada vez más íntimo de perdón, de amor, de paz, de inefable comunión e intimidad con el Padre. Llegamos a ser, al crecer así en gracia, cada vez más plenamente hijos.

Y hay otra peculiaridad: es a través del sacerdocio ministerial como Dios nos hace experimentar su paternidad. La paternidad espiritual del sacerdote (paternidad mucho más excelsa, por ser sobrenatural, que la paternidad en el orden natural) es reflejo de la paternidad de Dios y el medio de que Dios se vale para hacernos adquirir la plena conciencia de que somos hijos de Dios y que, al crecer en gracia, lo vamos siendo cada vez más.

El Sacramento de la Penitencia nos hace cada vez más hijos, aumenta nuestra vida de intimidad filial con el Padre hasta vivirla en toda su plenitud por una eternidad.

El sacerdote, padre de las almas, es en el plan divino como un trasunto, para las almas, del Padre… debiera serlo. En la práctica, por desgracia, muchos sacerdotes no lo son, como tampoco son un trasunto fiel de Cristo; pero aunque sea ésta la realidad debida a las deficiencias humanas, la verdad no deja de ser ésta: que normalmente las almas llegan a experimentar la paternidad de Dios, basada en la vida de la gracia, a través de aquel que es ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios, en otras palabras, a través de la paternidad espiritual del sacerdote.

¡Cuántas veces he experimentado esto en mi vida espiritual! He tenido padres espirituales maravillosos a quienes debo todo cuanto soy, pero todos ellos no han sido más que trasunto fiel del Padre, del Único Padre que está en los cielos.

Mi alma está como envuelta totalmente en amor filial al Padre, penetrada hasta lo más profundo de este amor y, al mismo tiempo, de profunda gratitud a los padres espirituales que el Único Padre me ha dado, para poderle encontrar a Él , y por el don incomparable, sin el cual esto no habría existido jamás, que es el sacerdocio ministerial.