Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Mons. D. José Guerra CamposUn buen amigo, me ha dicho que las personas que llamaban a una emisora de radio pedían la pena de muerte para los terroristas. La locutora contestaba que la pena de muerte es ilícita. No y mil veces no. Por derecho natural y siempre que lo requiera el bien común, la autoridad pública puede aplicar lícita y justamente la pena de muerte a los malhechores culpables de gravísimos crímenes. La autoridad pública ha de garantizar el bien común, el orden y la paz, aunque sea aplicando una pena tan grave como la pena de muerte.

Hay criminales que sólo retroceden ante la perspectiva y temor de la pena de muerte. El Catecismo de la Iglesia Católica, dice: “la enseñanza tradicional de la Iglesia, no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte”. Y el único teólogo recomendado por el Concilio Vaticano II, Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, enseña que: “Es lícito matar al malhechor en cuanto se ordena a la salud de toda la sociedad”.

Pena de muerte que puede “decretar el que tiene la autoridad pública y jamás las personas particulares”. En la Sagrada Escritura aparecen muchos casos de pena de muerte para los malhechores: “El que hiera mortalmente a otro será castigado con la muerte” (Éxodo 21, 12).

La pena de muerte para los malhechores es lícita y justa. Lo que jamás será lícito es la pena de muerte para los inocentes: “Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente” (San Juan Pablo II). Y “el aborto es una pena de muerte inhumana practicada con premeditación y alevosía” (Real Academia de Doctores). “El aborto es un crimen abominable” (Concilio Vaticano II). No nos engañemos, no seamos hipócritas, no seamos cobardes y traidores: “se ha dicho con razón que el aborto es peor que el terrorismo” (Obispo José Guerra Campos). Cuarenta millones de niños asesinados cada año en el vientre de sus madres en el llamado Occidente cristiano claman justicia al Cielo.

No nos engañemos. La democracia agnóstica, materialista y salvaje seguirá devorando la sangre de millones de niños en los próximos años en todo el mundo. En España también. Es la ley de la selva, la corrupción de las mentes y de los corazones: “Una sociedad como he dicho muchas veces -y nadie me cerrará la boca para repetirlo otras tantas- que rechaza el terrorismo y reclama el derecho de matar a los niños inocentes, es una sociedad podrida. ¡Jamás cerraré mi boca ante una sociedad que rechaza el terrorismo y reclama el derecho de matar niños!” (Don Guerra Campos). No, queridos lectores, no y mil veces no. No se puede votar a partidos abortistas, ni a los que mantienen la ley del aborto gobernando la nación con mayoría absoluta. “No seguirás en el mal a la mayoría” (Éxodo 23, 21). Yo no voto.

En plena batalla por la legalización del aborto en España, el santo, sabio y valiente obispo de Cuenca, don José Guerra Campos, afirmó rotundamente: “Los católicos que en cargo público con leyes o actos de gobierno, promueven o facilitan -y en todo caso protegen jurídicamente- la comisión del crimen del aborto, no podrán escapar a la calificación moral de pecadores públicos. Los son manifiestamente y como tales habrán de ser tratados, mientras no reparen el gravísimo escándalo según sus facultades”. Nuestra Santa Madre Iglesia niega a los pecadores públicos la recepción de los sacramentos. Los católicos deben negar el voto a los pecadores públicos.

Oremos y combatamos valientemente los nobles combates de la fe. Con nosotros está Santa María, la Inmaculada patrona de España.

“¡Despierta, España; resucita, España! Vuelve a tus raíces cristianas, a tu sin par historia en defensa de la fe y la Ley de Cristo” (San Juan Pablo II).

¡Qué gran pueblo, si hubiera buen Señor! ¡Si hubiera políticos auténticamente católicos! La España Imperial es la solución histórica-política para convertir al mundo.