Juan Manuel de Prada

Sagrados Corazones Jesús y María y CruzA estas alturas ya nos restan pocas dudas de que Miguel de Unamuno fue el más grande escritor español del pasado siglo; y, con todas las contradicciones propias de un alma atribulada, un eminente y abnegado patriota. Como hombre constitutivamente tradicional, Unamuno consideraba que “la integración viene después de la diferenciación”; y proclamaba con orgullo: “Yo amo a la patria común con el amor ideal de un espíritu que busca la armonía, con amor nacido al leer su Historia, y amo a la patria de campanario con el amor real que busca la médula del alma, con amor que nació conmigo”. Tal vez por ello escribe en 1896 que “todo castellano de espíritu abierto e inteligencia sesuda y franca debe desear que los catalanes escriban en catalán, porque produciéndose más como ellos son, nos darán más…”. Aunque algunos años más tarde, allá por 1908, añadirá: “Tal vez sea en español como Cataluña haya llegado a descubrir lo más hondo de sus honduras espirituales… Si Cataluña quiere traducirse y quiere traducir a España al europeo, lo tiene que hacer en español”.

Unamuno detestaba el nacionalismo porque lo consideraba un ensimismamiento o “infantilismo que delata o lleva consigo una depresión mental”. Y rechaza la modalidad de autonomía catalana propuesta por Pi y Margall pues la considera la “suprema expresión de los atávicos instintos kabileños y cantonales”. Frente a los anhelos independentistas, que juzgaba “egoístas y feminoides”, sostenía: “El deber patriótico de los catalanes consiste en catalanizar España, en imponer a los demás españoles su concepto y su sentimiento de la patria común y de lo que debe ser esta”.

Ya en 1896, Unamuno denuncia que el nacionalismo catalán es en realidad una artimaña de la burguesía para embaucar al pueblo catalán con un ideal quimérico y distraerlo de sus abusos económicos y políticos: “Tratan de separarlo, para vencerlo mejor, los que en todas partes lo explotan”. Muchos años después, en 1933, su opinión sobre los nacionalistas no ha mejorado; y sin empacho les dirige las filípicas más incendiarias, a la vez que advierte sobre su estrategia de falsificación de la Historia y extensión del odio: “Ellos se creen, a su manera, arios. No verdaderos aldeanos, paisanos, hombres del país -y del paisaje-, no cabreros o Sanchos, sino Bachilleres Carrascos. En el fondo resentidos; resentidos por fracaso nativo. (….) Y luego dicen que se les oprime, que se les desprecia, que se les veja, y falsifican la Historia, y calumnian. Y dan gritos los que no pueden dar palabras. “¿Pero es que usted los toma en serio?”, se me ha preguntado más de una vez. ¡Ah! Es que hay que tomar en serio la farsa. Y a las cabriolas infantiles de los incapaces de sentir históricamente el país. A todo lo que termina en la guerra al meteco, al maqueto, al forastero, al emigrante, al peregrino”.

Pero Unamuno sabía que la unión impuesta por la fuerza resultaría inútil, porque “esa unión destruye la armonía, que surge de la integración de lo diferenciado”. Y sabía, sobre todo, que lo único que podría mantener unida a España era la religión común: “¿Qué hace la comunidad del pueblo, sino la religión? -escribe en su Diario íntimo-. ¿Qué lo une por debajo de la historia, en el curso oscuro de sus humildes labores cotidianas? Los intereses no son más que la liga aparente de la aglomeración, el espíritu común lo da la religión. La religión hace la patria y es la patria del espíritu”.

Unamuno contemplaba con horror cómo esa patria del espíritu había sido destruida y sustituida por la liga aparente de los intereses económicos. Por eso podrá escribirle a Azaña con infinita pesadumbre: “Justo es que España pierda Cataluña”.

(ABC, 25 de septiembre de 2017)