Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesucristo llama a la puertaVolamos hacia el sureste de España y llegamos puntualmente al destino, según mi reloj. El siguió volando, en retorno a Barcelona, porque no lo volví a ver, se me perdió. Un joven matrimonio católico, me recibió con mucha alegría. No nos conocíamos, pero la caridad cristiana, abre todas las puertas. Me manifestaron su tristeza por la confusión doctrinal y moral que invade ámbitos de la iglesia.

Hace treinta años que desempeño el cargo de capellán en un balneario. Durante una “novena”. El primer día, me dijeron las señoras de la limpieza: “Madruga usted mucho”. -Sí, pero hora y media más tarde que en casa. Sobre la mesa, les dejé estampas y escapularios para que se llevasen los que quisieran. En este ambiente, no es raro oír: “Buenos días nos dé Dios”, “Hasta mañana si Dios quiere”, “Da gusto verle con la sotana”.

Los balnearios son pequeñas poblaciones ambulantes de todas las provincias. Predominan los abuelos e incluso bisabuelos. Un día me pregunta una bisabuela: Padre ¿Tiene más escapularios? -Me quedan dos-. Guárdeme uno para un niño por nacer. Es mi segundo biznieto. Después de cenar dos abuelas fuman en la calle. Les digo ¡cuidado que viene la policía de Sanidad! -Es igual, si nos meten en la cárcel, volveremos locos a todos y terminarán fumando. ¡Lo sabemos, el tabaco mata! Una abuela, tiene un nieto sacerdote. Goza mucho diciéndolo.

Una noche se armó una tormenta, que parecía que todos los cuescos del firmamento chocaban entre sí. Al día siguiente, los abuelos buscaban caracoles por todas partes. Unos llevaban una garrafa de cinco litros hasta la mitad de caracoles. Una buena señora me dice muy contenta, voy a darle a una amiga cuatro docenas de caracoles.

Una anciano que roza los noventa años, me preguntó qué enseña la Iglesia sobre la incineración de los cadáveres humanos. Le expliqué. Estaba bien informado. Quiere que le entierren con sus dos hermanos que descansan en paz. “La sonrisa de un bebé vale un imperio” le dije a una anciana -un Cielo, padre, respondió ella. Una abuela, que ya ha pasado la frontera de los ochenta, me dijo que su abuela le había dicho a ella, cuando era niña: “Dios nos ha dado dos oídos y una boca para que escuchemos el doble de lo que hablamos”.

Un veterano que va a la piscina, lleva una hermosa cruz sobre su pecho. “Páter”, me dice, me la han traído de Colombia. La cruz ya la llevamos desde que nacemos”. El cambio climático arrolla. Me ha dicho una abuela que su nieta, de seis años, le ha dicho: “Abuela, el abuelo no quiere comer lentejas”. A la niña, le obligan.

Una bisabuela nos ha dicho a todos: “Esta tarde viene mi biznieta de cuatro meses a verme”. La cara se le iluminó. Y, dicen las personas que la vieron con su biznieta en los brazos, que estaba más ancha que Castilla y Andalucía juntas. Es amor puro y tierno.

Por las tardes, rezamos el Rosario y celebro la Santa Misa en la capilla del balneario. Varios fieles aprovechan el tiempo para confesarse. Una tarde, al terminar la Santa Misa, una señora de Ávila nos sorprendió gratamente a todos cantando una canción a Santa Teresa de Jesús; una santa mujer me dijo: “Se me ha puesto la carne de gallina y los pelos como escarpias ¡Qué hermosamente canta!”. A la cantante, le dije que fuera al monasterio de la Encarnación a cantar. Allí hay tres carmelitas que estudiaron en nuestro colegio. Me lo prometió.

Repartí estampas, escapularios y libros “Con ojos de niño” de Noticias Cristianas. Se me olvidaron las medallas milagrosas, que varios ancianos me recordaron. También, a los empleados que tuve a mi alcance, les di una encíclica sobre el Corazón de Jesús. Su profesionalidad es máxima cum laude. Buenísimas personas.

Estoy sentado en un banco del parque. Rezando el Rosario. A tres metros, una señora lee un libro. A los pocos minutos, viene hacia mí y me dice: “¿Padre puedo rezar el Rosario con usted?”. Y lo rezamos. Terminamos y la buena mujer, me dice: “Perdone mi atrevimiento, le estoy muy agradecida”. -Gracias, señora ahora tenemos el mérito ante Dios de haber rezado dos rosarios cada uno.

En el salón del hotel, una señora está haciendo ganchillo. Me cuenta que su padre era tejedor de pedales y que ella se hizo sus primeros calcetines, cuando tenía ocho añicos. Ella y su hija mayor son las tejedoras de toda la familia. Ahora está haciendo un vestido para su biznieta de cuatro años, que la llama “Mi abuela vieja”.

Acabada la Santa Misa, me quedo solo, dando gracias a Dios; rezando el oficio de lectura, se abre la puerta de la capilla y oigo: “¡Padre Manuel, qué alegría!”. Se equivocó, la misa no era a las ocho, era a las siete. Me pidió que le llevará la Comunión a su madre. Hace unos años lo escribí. Su madre lleva cuarenta años paralítica en cama. Y siempre está dando gracias a Dios y rezando. “Mi familia me quiere mucho, yo los quiero con todo mi corazón”.

Me llamaron por teléfono de Madrid para comunicarme que iban a entregar a los obispos de la Conferencia Episcopal Española una carta pidiendo que se inicie la beatificación de Franco. Amén. Aquí hemos escrito varios artículos sobre el Generalísimo. Uno de ellos con el título: Franco Santo.

Salía del comedor y, un buen hombre, entrado en años, me hace un gesto con la mano para que me acerque a su mesa. Es argentino. Vivió varios años en España y ahora ha vuelto para recordar viejos tiempos. Vuelve a Argentina pasado mañana. Hablamos de todo un poco. Le dije que leyera al gran intelectual argentino Juan Fernando Segovia que escribe en la revista española VERBO, de formación cívica y acción cultural según el derecho natural y cristiano.

A la entrada de la capilla coloqué una cestica para recoger limosnas para las Misiones Católicas que tantas necesidades tienen.