Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Catedral Metropolitana de la Ciudad de México

La Hispanidad, firme y prometedora realidad (28)

La esencia de la Hispanidad es el catolicismo romano (3)

“Lo mismo se podría decir de la epopeya de las navegaciones, de las luchas ásperas y terribles de la colonización, y de las dificultades extenuantes y tantas veces prosaicas, inseparables de toda producción intelectual. Pero a despecho de todo esto, la gente ibérica posee un marcado desprecio por todo lo que es terreno. O, en términos más exactos, tiene un sentido admirable de la autenticidad y de la preeminencia de todo cuanto es extraterreno, espiritual, inmortal”.

“Una prueba excelente de ello es la actitud de portugueses y españoles entre las riquezas que les pasaron por las manos en los tiempos de prosperidad. Con ellas construyeron viviendas espléndidas, palacios suntuosos; pero, sobre todo, iglesias y conventos. Con ellas desarrollaron admirablemente el arte y todo cuanto dice relación al decoro y a la nobleza de la vida… Portugal y España no conocieron los excesos degradantes a que se entregan fácilmente los ricos y los poderosos. Y por esto, cuando la gloria del poder político y la abundancia los abandonaron, la actitud profunda de esos pueblos frente a los acontecimientos, si tuvo un tanto de indolencia, también expresó bien claro la convicción de que Dios no hizo al hombre para estas cosas y que no consisten en ella la dignidad y la alegría de la vida”.

“Este declive se expresa por síntomas excesivos en apariencia que fácilmente nos llevarían a subestimar las fuerzas latentes admirablemente vivas, que quedaron durmiendo en los corazones ibéricos, despertados apenas de vez en cuando por algún sobresalto magnífico, y reservadas por la Providencia para alguna nueva misión histórica que cumplir…

Ese rasgo de elevación de espíritu, de justo aprecio de lo que realmente es superior, y de repulsa de toda concepción exclusiva o preferentemente utilitaria de la vida, Portugal y España la transmitieron a las naciones que plasmaron en América. También nosotros progresamos, también nosotros organizamos decorosamente nuestra existencia: pero como no ponemos en las riquezas todo nuestro corazón, nuestro progreso es menos rápido que el de otros pueblos y nada tiene de embriagante, sensacional, vertiginoso. ¿Somos decadentes? Nadie lo afirma. ¿Somos atrasados? Todos lo dicen. Pero este atraso—lo demostraremos luego—es para nosotros una bendición, y nos abre de par en par las puertas del futuro”.