Mons. D. José Guerra Campos - acompañado

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

La verdad de Cristo es nuestra luz. Para no perderla de vista en medio de la confusión, hemos tenido que recordar algunos criterios orientadores. Más agradable hubiera sido dar sólo el alimento sabroso de la doctrina de la fe. A ella volveremos, Dios mediante. Pero cuando hay una epidemia, no es menos necesario proporcionar la medicina.

El hecho de la confusión lo habíamos condensado en estas palabras: “En el seno de numerosos grupos, desde publicaciones, cátedras de enseñanza religiosa, y a veces desde la misma predicación sacerdotal, se vierten -como doctrina de la Iglesia- ideas contrarias a la misma; al parecer, sin una desautorización eficaz” (1).

Algunos se preguntarán, inquietos: ¿Advierten este hecho los pastores? Como respuesta, permítanme dedicar este breve espacio a leer algunos textos oficiales recientes; todos del último año.  

El Papa, que no cesa de referirse al problema en centenares de ocasiones, al cumplirse cinco años después del Concilio dirigió una exhortación a todos los obispos del mundo, invitándoles a transmitir la verdad de Dios en su integridad y pureza a los hombres contemporáneos, con valentía, no sólo de manera colectiva, sino asumiendo cada uno su responsabilidad personal. “Numerosos fieles -decía- se sienten turbados en su fe por un cúmulo de ambigüedades, de incertidumbres y de dudas en cosas que son esenciales” (2).

Notas:

(1) En la emisión del 15 de mayo.

(2) Exhortación del 8 de diciembre de 1970, publicada el 5 de enero de 1971. El Papa añade los siguientes ejemplos: “… como los dogmas trinitario y cristológico, el misterio de la Eucaristía y de la presencia real, la Iglesia como institución de salvación, el ministerio sacerdotal en el seno del pueblo de Dios, el valor de la oración y de los sacramentos, las exigencias morales concernientes, por ejemplo, a la indisolubilidad del matrimonio y el debido respeto a la vida…”