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Padre Manuel Martínez Cano mCR.

San Lucas nos narra la parábola de Jesús de la higuera infructuosa: “Y les dijo esta parábola: Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?”. Pero el viñador respondió: Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar”. (Lc. 13, 6-9).

La higuera infructuosa es la imagen del alma estéril que abusa de la gracia de Dios. Nuestra Santa Madre Iglesia ha cultivado nuestras almas con cuidados extraordinarios. Los sacramentos del Bautismo, Confirmación, Penitencia, Eucaristía, matrimonio… ¿Qué frutos de santidad hemos dado? Sí, somos débiles. San Pablo también lo era. Pero Jesús le dijo: “Te basta mi gracia”. Nosotros también tenemos la gracia de Dios para ser santos. Vamos a intentarlo. Y quiera el Señor que podamos afirmar lo que dijo San Pablo a los Filipenses: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.

Somos débiles, pero con la gracia de Dios podemos ser santos. Jesús siempre nos perdona, como perdonó a María Magdalena, la mujer adúltera, a Pedro… Nuestro Señor Jesucristo también aplica su justicia divina a quienes no quieren aprovecharse de sus dones. A los de Corozaín y Betsaida les dijo: “¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el Cielo? Bajarás al abismo. Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, habría durado hasta hoy”. (Mt. 11, 21-23).

Jesús nos ama infinitamente y quiere sentirse amado. Se hace presente en nuestras vidas con inspiraciones, el Evangelio, dones y gracias especiales. Vive con nosotros y la sagrada Eucaristía. San Pablo se convirtió, también San Agustín. Millones de hombres y mujeres se han convertido y son amigos del Señor. Seamos amigos de Jesús.

El Sagrado Corazón de Jesús es Dios y hombre verdadero. Nos ama con su Corazón Divino y su Corazón humano. Arranquemos de nuestras almas todas las pasiones desordenadas para siempre amarle a Él; por encima de todas las cosas que nos ha dado. Démosle gracias por todo cuando nos ha dado y está dando.

Lo más gozoso para las personas es ordenar sus vidas conforme a la voluntad de Dios. Dios es Amor. Y quiere que vivamos de amor al prójimo por amor a Él. El desorden moral de la sociedad en la que vivimos, puede engañarnos. No nos engañarán si vivimos bien el primer Mandamiento: amar a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas, con todo el alma. San Ignacio de Loyola nos recuerda que el hombre ha sido creado para amar y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar su alma. Dios quiere que seamos eternamente felices con Él en el Cielo. El mundo es un enemigo que quiere impedirlo. Muchos se han olvidado de Dios. Y no son felices. “La más grande calamidad del hombre no es la pobreza, la enfermedad, ni la adversidad de los acontecimientos, ni las decepciones del corazón, ni la muerte; es la desdicha de ignorar para qué vive, sufre y pasa” (E. Lamy). ¡Apóstoles de Cristo, para salvar almas! Hijos de María Santísima, Corredentora de la Humanidad.