

La Virgen de Fátima y para todos los niños del mundo (3)
15 lunes Oct 2018
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15 lunes Oct 2018
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14 domingo Oct 2018
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El Santo Sacrificio de la Misa, al quedar Dios por él desagraviado de nuestros pecados merecedores de castigos contra la salud, es, en cierto modo, equivalente medicina para sanar enfermedades.
(San Cipriano).
13 sábado Oct 2018
13 sábado Oct 2018
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Existen algunas controversias acerca del año en que llegó la Virgen del Carmen a Chile debido a la inexactitud, la extensión territorial y las diversas metodologías de evangelización que se desarrollaron durante el período de conquista en el país. Algunas fuentes indican que los misioneros agustinos la introdujeron en 1595, mientras que otras fuentes sitúan el hecho casi cien años más tarde, en 1680, pero a pesar de esta contradicción, no hay duda de que se introdujo la devoción gracias a los agustinos.
Las inexactitudes en la fecha se deben a que en el norte de Chile se comenzaban a manifestar las primeras festividades paganas con orígenes cristianos, al celebrarse las Fiestas de La Tirana en honor a la Virgen del Carmen a inicios del siglo XVI. Mientras que hacia 1640 se fundó en Concepción, al sur de Chile, la Cofradía de la Virgen del Carmen, por lo cual esta divergencia histórica hace difícil situar el origen de la advocación.
La expansión de la creencia se dio gracias a que se asoció fuertemente a los militares. Este rol se notó mayormente en la zona de Concepción, que era considerada como la frontera del dominio español y se vivían constantes batallas con los mapuches, por lo que los militares se encomendaban especialmente a la Virgen del Carmen. Sin embargo, esta no fue la principal advocación del Chile colonial, sino la Virgen de la Merced.
A pesar de que se denominó históricamente a la Virgen del Carmen como patrona o generala de los ejércitos de Chile, este título no fue otorgado canónicamente por la Santa Sede, por lo que quedó relegada a protectora de los ejércitos de Chile y Argentina. Sin embargo, en el Congreso mariano de 1918 se determinó que el objetivo era declarar a la virgen como “Patrona de Chile” por el vínculo histórico que posee el país con esta advocación mariana. De este modo, el 24 de octubre de 1923, mediante un decreto vaticano emitido por el papa Pío XI, se autorizó a los chilenos a denominar a esta advocación como “Patrona de Chile”. En el texto se declaró: “a la Bienaventurada Virgen del Monte Carmelo, Patrona Principal de toda la República Chilena, concediéndole todos los privilegios y honores que a los principales patronos de los lugares por derecho competen”.
El juramento de patronato canónico se realizó el 8 de diciembre de 1923 en la plaza de Armas de Santiago y fue presidido por monseñor Rafael Edwards. Esta fecha concuerda con el día de la Inmaculada Concepción, que es otra fiesta mariana importante de la religiosidad en Chile.
La coronación de la Virgen del Carmen se llevó a cabo tres años después y se coronó a la imagen que se veneraba en la Basílica del Salvador. Este acto fue presidido por monseñor Aloisi Masella, especialmente enviado por el papa para la ocasión. De acuerdo a relatos presenciales, se estimó que la concurrencia fue de cerca de medio millón de personas en el parque Cousiño. Según las crónicas históricas, el parque se llenó de colores, flores y las multitudes se centraban en la imagen.
En 1987, durante la visita de Juan Pablo II a Chile, se realizó la coronación de la imagen de la Virgen del Carmen que se encuentra en el Templo Votivo de Maipú. El evento tuvo lugar en la misma explanada. En la homilía de consagración, Juan Pablo II destacó lo siguiente a la multitud:
Mira con bondad a tu pueblo, Señor, que al poner una corona real sobre esta imagen de la Virgen María y de su Hijo, reconoce al Señor Jesús como Rey del Universo y aclama a la Virgen Madre como su Reina.
12 viernes Oct 2018
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Toledo, 6 de abril de 1977
Maravillosa experiencia, vivencia, de la paternidad de Dios a través del Sacramento de la Penitencia. Nunca había visto con tanta claridad cómo este Sacramento maravilloso puede llamarse el Sacramento de la Paternidad de Dios de un modo especial. Sin duda se puede llamar así también el Sacramento del Bautismo, pero la Penitencia tiene un matiz especial: hay aquí no solamente el volver a ser hijos de Dios, cuando se ha perdido la gracia; hay no solamente el inefable abrazo de perdón que da el Padre, sino, supuesta ya la vida de la gracia en el alma, un abrazo cada vez más íntimo de perdón, de amor, de paz, de inefable comunión e intimidad con el Padre. Llegamos a ser, al crecer así en gracia, cada vez más plenamente hijos.
Y hay otra peculiaridad: es a través del sacerdocio ministerial como Dios nos hace experimentar su paternidad. La paternidad espiritual del sacerdote (paternidad mucho más excelsa, por ser sobrenatural, que la paternidad en el orden natural) es reflejo de la paternidad de Dios y el medio de que Dios se vale para hacernos adquirir la plena conciencia de que somos hijos de Dios y que, al crecer en gracia, lo vamos siendo cada vez más.
El Sacramento de la Penitencia nos hace cada vez más hijos, aumenta nuestra vida de intimidad filial con el Padre hasta vivirla en toda su plenitud por una eternidad.
El sacerdote, padre de las almas, es en el plan divino como un trasunto, para las almas, del Padre… debiera serlo. En la práctica, por desgracia, muchos sacerdotes no lo son, como tampoco son un trasunto fiel de Cristo; pero aunque sea ésta la realidad debida a las deficiencias humanas, la verdad no deja de ser ésta: que normalmente las almas llegan a experimentar la paternidad de Dios, basada en la vida de la gracia, a través de aquel que es ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios, en otras palabras, a través de la paternidad espiritual del sacerdote.
¡Cuántas veces he experimentado esto en mi vida espiritual! He tenido padres espirituales maravillosos a quienes debo todo cuanto soy, pero todos ellos no han sido más que trasunto fiel del Padre, del Único Padre que está en los cielos.
Mi alma está como envuelta totalmente en amor filial al Padre, penetrada hasta lo más profundo de este amor y, al mismo tiempo, de profunda gratitud a los padres espirituales que el Único Padre me ha dado, para poderle encontrar a Él , y por el don incomparable, sin el cual esto no habría existido jamás, que es el sacerdocio ministerial.