

Virgen de la Alegría
05 miércoles Sep 2018
Posted in Artículos - Contracorriente
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04 martes Sep 2018
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04 martes Sep 2018
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Javier Barraycoa
En estos tiempos donde el discernimiento de los contenidos de las palabras apenas carece de importancia, son donde se producen tantas confusiones. En el caso que nos atañe es la incapacidad -desde la dualidad psicológica- del nacionalista para distinguir entre Nación y Patria. Pío XI, en la encíclica Ubi Arcano, afirma que: “Pues aún el mismo amor a la Patria y a la propia nación es fuente poderosa de muchas virtudes y de hechos heroicos si se rige por la ley cristiana, se convierte sin embargo en semilla de muchas injusticias e iniquidades cuando, excediendo los límites de la justicia y del derecho, ha surtido en un inmoderado amor a la nación”. El nacionalismo no deja de ser ese inmoderado amor a la patria, pues ha quedado absolutizado y no queda subordinado ni al amor debido a Dios, ni a la propia realidad. La expresión de Pío XI que hemos subrayado coincide prácticamente con la de Pablo VI, en la Populorum progessio: “El nacionalismo (en el texto latino: propriae civitates gloratio, vanagloria del propio Estado) aísla los pueblos en contra de lo que es su verdadero bien”.
En términos tomistas, el nacionalismo, surge cuando la virtud de la piedad no se ordena a la virtud de la religión. Al respecto el Aquinate, afirma que: “De dos maneras se hace un hombre deudor de los demás: según la diversa excelencia de los mismos y según los diversos beneficios que de ellos ha recibido. En uno y otro supuesto, Dios ocupa el primer lugar, no tan sólo por ser excelentísimo, sino también por ser el primer principio de nuestra existencia y gobierno. Aunque de modo secundario, nuestros padres, de quienes nacimos, y la patria, en que nos criamos, son principio de nuestro ser y gobierno. Y, por tanto, después de Dios los padres y a la patria es a quienes más debemos. De ahí que como pertenece a la religión dar culto a Dios, así, en un grado inferior, pertenece a la piedad darlo a los padres y a la patria”. Este es el planteamiento que prácticamente leemos repetido en la Sapientiae christianae, de León XIII: “Y, sin embargo (…) alguna vez el orden de estos deberes se trastorna. Porque se ofrecen circunstancias en las cuales parece que una manera de obrar exige de los ciudadanos el Estado, y otra contraria la religión cristiana; lo cual ciertamente proviene de que los que gobiernan a los pueblos, o no tienen en cuenta para nada la autoridad sagrada de la Iglesia, o pretenden que ésta les sea subordinada. De aquí nace la lucha, y el poner a la virtud a prueba en el combate. Manda una y otra autoridad, y como quiera que mandan cosas contrarias, obedecer a las dos es imposible: «Nadie puede servir al mismo tiempo a dos señores»; y así es menester faltar a la una, si se ha de cumplir lo que la otra ordena. Cuál deba llevar la preferencia, nadie puede ni dudarlo”.
Volvemos pues a lo planteado al inicio del artículo como uno de los males del nacionalismo catalán en cuanto que autoidolatría colectiva. Esta autoidolatría, tiene su fundamento en las primeras formas teológicas de liberalismo que culminaron con la formación del actual nacionalismo. Nos referimos a la Reforma protestante luterana de la que arrancan estos males. Pío XII, en su Radiomensaje navideño de 1954, no dudó en acusar a la reforma luterana de ser el germen del nacionalismo. A más a más, en el mismo Radiomensaje nos da las claves para evitar que el amor a lo propio se convierta en una idolatría y en permanente fuente de males y conflictos. Dice el Papa: “Muchos creen que la alta política tiende de nuevo al tipo de Estado nacionalista, cerrado en sí mismo, centralizador de fuerzas (…) se ha olvidado demasiado pronto el enorme cúmulo de sacrificios de vidas y bienes que ha costado este tipo de Estado. La sustancia del error consiste en confundir la vida nacional, en sentido propio, con la política nacionalista; la primera, derecho y honor de un pueblo, puede y debe promoverse; la segunda, como germen de infinitos males, nunca se rechazará suficientemente. La vida nacional es, por sí misma, el conjunto operante de todos aquellos valores de civilización que son propios y característicos de un determinado grupo, de cuya espiritual unidad constituyen como el vínculo. Esa vida enriquece (…) la cultura de toda la humanidad. (…) (Y) puede desarrollarse junto a otras en el mismo Estado. (…) La vida nacional no llegó a ser principio de disolución de la comunidad de los pueblos, sino cuando comenzó a ser aprovechada como medio de fines políticos; esto es cuando el Estado dominador y centralista hizo de la nacionalidad la base de su fuerza de expansión”.
03 lunes Sep 2018
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¿Qué pasaba en realidad?
¿Era una imprudencia de dejar reunirse tanta gente?
Antoñito, que escuchaba las noticias en la televisión respondió: Claro que sí, tenían miedo de una revolución.
¡Sí! respondió su mamá. También amenazaron a Bernadette de encarcelarla si no cesaba de hacer tanto jaleo, y le hicieron muchas preguntas con insistencia y con una voz fuerte para darle miedo.
Pero ella que de naturaleza era muy tímida se encaraba con ellos y repetía siempre la misma cosa.
La Dama le decía de rezar el Rosario, y ella lo acompañaba con el padre nuestro y el gloria…
La Dama le decía que hiciese penitencia.
¿Ella te ha prometido por lo menos riquezas? le decían.
Nada de eso, respondía tranquilamente Bernadette. Ella me ha dicho que no seré feliz en este mundo, pero en el otro.
Finalmente el cura de Lourdes, el Párroco Peyramale…
¿El de las tres cruces? pregunta Antoñito.
Sí, hizo venir a Bernadette y también la riño.
Sin embargo, vio algo en la mirada de la niñita y en su comportamiento, que le dio confianza que no la exteriorizó pero interiormente la creía.
Y para probarla le exigió que preguntase a la Dama su nombre.
Bernadette lo hizo, y tuvo una respuesta, que ella repetía durante todo el camino y corriendo hacia la casa del cura para que no se le olvidase.
Y cuando la puerta se abrió ella gritó sofocada: Yo soy la Inmaculada Concepción.
02 domingo Sep 2018
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San Rafael Arnáiz Barón
Bendita sea la siempre la adorable y tranquila Santísima Trinidad.
Cojo hoy en nombre de Dios la pluma, para que mis palabras al estamparse en el blanco papel sirvan de perpetua alabanza al Dios bendito, autor de mi vida, de mi alma y de mi corazón.
Quisiera que el universo entero, con todos los planetas, los astros todos y los innumerables sistemas siderales, fueran una inmensa superficie tersa donde poder escribir el nombre de Dios.
Quisiera que mi voz fuera más potente que mil truenos, y más fuerte que el ímpetu del mar, y más terrible que el fragor de los volcanes, para solo decir, Dios.
Quisiera que mi corazón fuera tan grande como el Cielo, puro como el de los ángeles, sencillo como la paloma, para en él tener a Dios.
Mas ya que toda esa grandeza soñada no se puede ver realizada, conténtate, hermano Rafael, con lo poco, y tú que no eres nada, la misma nada te debe bastar.
¡Qué hipocresía decir que nada tiene…, el que tiene a Dios! ¡Sí!, ¿por qué callarlo?… ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué no gritar al mundo entero, y publicar a los cuatro vientos, las maravillas de Dios?
¿Por qué no decir a las gentes, y a todo el que quiera oírlo?… ¿Ves lo que soy?… ¿Veis lo que fui? ¿Veis mi miseria arrastrada por el fango?… Pues no importa, maravillaos, a pesar de todo, yo tengo a Dios…, Dios es mi amigo…, que se hunda el sol, y se seque el mar de asombro…, Dios a mí me quiere tan entrañablemente que si el mundo entero lo comprendiera, se volverían locas todas las criaturas y rugirían de estupor.