Javier Barraycoa

Papa Pío XI con libroEn estos tiempos donde el discernimiento de los contenidos de las palabras apenas carece de importancia, son donde se producen tantas confusiones. En el caso que nos atañe es la incapacidad -desde la dualidad psicológica- del nacionalista para distinguir entre Nación y Patria. Pío XI, en la encíclica Ubi Arcano, afirma que: “Pues aún el mismo amor a la Patria y a la propia nación es fuente poderosa de muchas virtudes y de hechos heroicos si se rige por la ley cristiana, se convierte sin embargo en semilla de muchas injusticias e iniquidades cuando, excediendo los límites de la justicia y del derecho, ha surtido en un inmoderado amor a la nación”. El nacionalismo no deja de ser ese inmoderado amor a la patria, pues ha quedado absolutizado y no queda subordinado ni al amor debido a Dios, ni a la propia realidad. La expresión de Pío XI que hemos subrayado coincide prácticamente con la de Pablo VI, en la Populorum progessio: “El nacionalismo (en el texto latino: propriae civitates gloratio, vanagloria del propio Estado) aísla los pueblos en contra de lo que es su verdadero bien”.

En términos tomistas, el nacionalismo, surge cuando la virtud de la piedad no se ordena a la virtud de la religión. Al respecto el Aquinate, afirma que: “De dos maneras se hace un hombre deudor de los demás: según la diversa excelencia de los mismos y según los diversos beneficios que de ellos ha recibido. En uno y otro supuesto, Dios ocupa el primer lugar, no tan sólo por ser excelentísimo, sino también por ser el primer principio de nuestra existencia y gobierno. Aunque de modo secundario, nuestros padres, de quienes nacimos, y la patria, en que nos criamos, son principio de nuestro ser y gobierno. Y, por tanto, después de Dios los padres y a la patria es a quienes más debemos. De ahí que como pertenece a la religión dar culto a Dios, así, en un grado inferior, pertenece a la piedad darlo a los padres y a la patria”. Este es el planteamiento que prácticamente leemos repetido en la Sapientiae christianae, de León XIII: “Y, sin embargo (…) alguna vez el orden de estos deberes se trastorna. Porque se ofrecen circunstancias en las cuales parece que una manera de obrar exige de los ciudadanos el Estado, y otra contraria la religión cristiana; lo cual ciertamente proviene de que los que gobiernan a los pueblos, o no tienen en cuenta para nada la autoridad sagrada de la Iglesia, o pretenden que ésta les sea subordinada. De aquí nace la lucha, y el poner a la virtud a prueba en el combate. Manda una y otra autoridad, y como quiera que mandan cosas contrarias, obedecer a las dos es imposible: “Nadie puede servir al mismo tiempo a dos señores”; y así es menester faltar a la una, si se ha de cumplir lo que la otra ordena. Cuál deba llevar la preferencia, nadie puede ni dudarlo”.

Volvemos pues a lo planteado al inicio del artículo como uno de los males del nacionalismo catalán en cuanto que autoidolatría colectiva. Esta autoidolatría, tiene su fundamento en las primeras formas teológicas de liberalismo que culminaron con la formación del actual nacionalismo. Nos referimos a la Reforma protestante luterana de la que arrancan estos males. Pío XII, en su Radiomensaje navideño de 1954, no dudó en acusar a la reforma luterana de ser el germen del nacionalismo. A más a más, en el mismo Radiomensaje nos da las claves para evitar que el amor a lo propio se convierta en una idolatría y en permanente fuente de males y conflictos. Dice el Papa: “Muchos creen que la alta política tiende de nuevo al tipo de Estado nacionalista, cerrado en sí mismo, centralizador de fuerzas (…) se ha olvidado demasiado pronto el enorme cúmulo de sacrificios de vidas y bienes que ha costado este tipo de Estado. La sustancia del error consiste en confundir la vida nacional, en sentido propio, con la política nacionalista; la primera, derecho y honor de un pueblo, puede y debe promoverse; la segunda, como germen de infinitos males, nunca se rechazará suficientemente. La vida nacional es, por sí misma, el conjunto operante de todos aquellos valores de civilización que son propios y característicos de un determinado grupo, de cuya espiritual unidad constituyen como el vínculo. Esa vida enriquece (…) la cultura de toda la humanidad. (…) (Y) puede desarrollarse junto a otras en el mismo Estado. (…) La vida nacional no llegó a ser principio de disolución de la comunidad de los pueblos, sino cuando comenzó a ser aprovechada como medio de fines políticos; esto es cuando el Estado dominador y centralista hizo de la nacionalidad la base de su fuerza de expansión”.