No tengo miedo
Mari Carmen era muy sincera: decía siempre la verdad aunque la pudieran reñir o castigar. Ella misma reconocía cuando había hecho algo mal:
-“Mamá, he sido yo. Ha sido así. Ha pasado esto”.
Un día oyó a su madre muy disgustada porque no aparecía el pescado que guardaba para la niña pequeña. Ya iba a echar la culpa a la cocinera, cuando Mari Carmen se adelantó corriendo a decirle:
-“Mamá, no la riñas, que he sido yo. Lo he echado a los gatitos. Y añadió: ¡También los gatitos son de Dios!
Mari Carmen sabía que, aunque podamos engañar a las personas y también ellas se pueden equivocar, a Dios no le engañamos ni se puede engañar. Él nos conoce mejor que nadie. Nos ve no sólo por fuera, sino también por dentro. Ve lo que pensamos y queremos; ve nuestras intenciones…
Dios nos conoce mejor que nadie.
“Dios me ve en todas partes “.
Estas palabras las escribió Mari Carmen en su cuaderno.
¡Qué alegría pensar que Dios está siempre con nosotros!, aun cuando estemos solos o lejos. Nos cuida y se preocupa de nosotros.
Así pensaba Mari Carmen. Por eso no era nada miedosa. Más tarde, cuando vino la guerra y había peligro, ella decía animando a todos:
-“No os preocupéis; vamos a rezar el rosario a la Virgen para que nos defienda”.
Mari Carmen era una niña alegre y espabilada. Con esa sonrisa tan simpática con que la vemos en las fotos.
Sus padres fueron: Julio González-Valerio y Allones y Carmen Sáenz de Heredia y de Manzanos.
Queremos vibrar con los ideales y sentimientos de San Antonio María Claret y de los sacerdotes santos que nos han precedido y por ello, en el dilema de nuestra divina dignidad sacramental y nuestra pavorosa miseria personal, sólo nos queda dirigirnos y consagrarnos al Corazón Inmaculado de María. Ella, la Madre de los sacerdotes, nos puede y quiere dar las gracias necesarias para que nuestro sacerdocio responda
San Juan Pablo II publicó ayer la exhortación apostólica postsinodal “Vita consecrata”, dirigida a los religiosos y demás consagrados a la Iglesia católica. Reivindica las líneas tradicionales de la teología de la vida religiosa: castidad, pobreza y obediencia; vida en común; testimonio de la consagración a Dios, incluso externamente mediante el uso del hábito; opción por los pobres, pero no sin incurrir en una dimensión exclusivamentehorizontal; valor de la autoridad de los superiores, que no deben hacer dejación de las mismas, y autonomía ante los obispos, pero no independencia.