Profesionales médicos católicos
Los pediatras necesitan conocer los síntomas de la Desordenada Identidad de Género (GID- Gender Identity Disorder) y de la antimasculinidad juvenil crónica. Dada la identificación y la intervención tempranas, hay buenas razones para esperar que el problema pueda ser resuelto en forma satisfactoria. (Zucker 1995-115; Newman 1976-116) Mientras que la razón principal para tratar a niños es para aliviar su infelicidad presente (Newman 1976-117; Bradley 1998-118; Bates 1974-119), el tratamiento de la Desordenada Identidad de Género y de la antimasculinidad crónica juvenil puede prevenir el desarrollo de la atracción sexual por el mismo sexo y los problemas asociados con la actividad homosexual en la adolescencia y la edad adulta.
La mayoría de los padres no quieren que su hijo se envuelva en conducta homosexual, pero los padres de niños al riesgo suelen resistir el tratamiento. (Zucker 1995; Newman 1976-120) Si se les informa que el 75% de los niños que muestran síntomas de Desordenada Identidad de Género y de antimasculinidad juvenil crónica, van, en la ausencia de intervención, a experimentar atracción por su mismo sexo (Bradley 1998) y haciéndoles ver los riesgos asociados con la actividad homosexual (Garafalo 1998-121; Osmond 1994-122; Stall 1988b-123; Rotello 1997; Signorille 1997-124) puede ayudar a sobreponerse a su oposición al tratamiento. La cooperación de los padres es extraordinariamente importante para que la intervención temprana pueda tener éxito.
Los pediatras debieran estar familiarizados con la literatura sobre tratamiento. George Rekers ha escrito un número de libros al respecto. (Rekers 1988-125) Zucker y Bradley tienen una revisión extensa de la literatura en su libro Gender Identity Disorder and Psychosexual Problems in Children and Adolescents, (1995) además de numerosos historias de casos y recomendaciones de tratamiento.
Los médicos que encuentren pacientes con enfermedades de transmisión sexual adquiridas por actividad homosexual pueden informar al paciente de que hay terapia disponible psicológica y de grupos de apoyo, y que aproximadamente el 30% de pacientes motivados pueden lograr cambiar su orientación. Y en términos de prevención de enfermedades, otros 30% son capaces de mantenerse célibes o eliminar las actividades de alto riesgo. Debieran también preguntar a estos pacientes por abuso de drogas y alcohol, y recomendar tratamiento cuando sea adecuado, puesto que un número de estudios han correlacionados infecciones con ETS a abuso de drogas. (Mulry 1994-126).
Aún antes del comienzo de la epidemia de SIDA un estudio de hombres que tienen relaciones con hombres encontró que el 63% habían contraído enfermedades de transmisión sexual por la actividad homosexual. (Bell 1978-127) A pesar de toda la educación del SIDA, los epidemiólogos predicen que hasta donde podamos ver el futuro, el 50% de los hombres que tengan relaciones con hombres se harán positivos para el VIH. (Hoover 1991; Morris 1994; Rotello 1997-128) Están también expuestos al riesgo de sífilis, gonorrea, hepatitis A, B o C, Virus de Papiloma y un número de otras enfermedades.
Los profesionales de la salud mental debieran familiarizarse con los trabajos de los terapeutas que hayan tratado con éxito a personas que experimenten atracción por el mismo sexo. Debido a que la atracción por el mismo sexo no se debe a una sola causa, distintos individuos pueden necesitar distintas modalidades de tratamiento. Combinando la terapia con participación en un grupo de apoyo y curación espiritual es también una posibilidad que debiera ser considerada.
Declaración sobre la homosexualidad de la Asociación Médica Católica
«Es para maravillarse que haya católicos fuera de España que impugnen para ella la Unidad Católica y sostengan doctrinas que son del todo incompatibles tanto con el «Syllabus» de Pío IX como con la Encíclica “Libertas» de S. S. León XIII. Pio IX condenó la proposición 11 del «Syllabus » que establecía «en nuestra edad no conviene que la religión católica sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión de cualesquiera otros cultos”.
Cada día son más numerosas las mujeres que aparecen por las calles vestidas de hombre. Cada día pululan más por los parques y los paseos las niñas vestidas de niño. Sin detenernos en el aspecto estético, baste decir que la elegancia femenina no sale muy bien parada con esta moda. La tendencia de la mujer a vestir como los hombres puede haber sido antigua; pero la condenación de ella es antigua también. Dice la Sagrada Escritura en el Deuteronomio: «No llevará la mujer traje de varón, ni vestirá el varón vestido de mujer, pues constituye abominación para Yahvé, tu Dios, todo aquel que hace tales cosas» (XXII-5).
Libertad al servicio de Dios garantizada por los reyes. Nada existe más descaminado que pretender descifrar la historia catalana prescindiendo de aquel Casal de Aragón cuyo apellido fue grito de guerra en las batallas, larga cadena de generaciones que labraron con meticulosidad tenaz de noble artesanía política lo que el Principado ha sido en la sucesión de los siglos. Cataluña es lo que es por obra de los trabajos de los Condes de Barcelona; sin ellos no existiría, daría en polvareda anónima sin nombre ni fronteras. Ellos fueron, los Ramones y los Berengueres, los Borrell y los Wilfredos, quienes redujeron a unidad los descoyuntados pedazos de los condados, quienes ganaron paso a paso, año tras año, lanzada tras lanzada, las tierras que ocupaba la morisma. Ellos fueron quienes desligaron la Marca Hispánica, orgullosa de sus tradiciones visigodas, de la extraña hegemonía carolingia. Y sus sucesores, los Pedros, los Jaimes, los Alfonsos, fueron quienes capitanearon la expansión mediterránea de las Españas en el ramal catalán, quienes con paciencia de artífices tallaron una a una las piezas del Imperio, quienes supieron asegurar libertades incomparables para tales tiempos a la sombra augusta de sus cetros poderosos.