Una moda reprobable

Niño jesús, José y María.Cada día son más numerosas las mujeres que aparecen por las calles vestidas de hombre. Cada día pululan más por los parques y los paseos las niñas vestidas de niño. Sin detenernos en el aspecto estético, baste decir que la elegancia femenina no sale muy bien parada con esta moda. La tendencia de la mujer a vestir como los hombres puede haber sido antigua; pero la condenación de ella es antigua también. Dice la Sagrada Escritura en el Deuteronomio: “No llevará la mujer traje de varón, ni vestirá el varón vestido de mujer, pues constituye abominación para Yahvé, tu Dios, todo aquel que hace tales cosas” (XXII-5).

La razón de esta prescripción divina es que se debe conservar la distinción de sexos establecida por el Creador, y que no puede ser descuidada sin menoscabo de la pureza. Lo han reconocido hasta los mismos paganos.

Los daños morales que puede ocasionar semejante costumbre los ha expuesto profundamente el Emmo. Sr. Cardenal Siri: (Publicado en el B.O. del Obispado de Santander, Julio 1961).

“Es reprobable porque altera la misma sicología del sexo femenino y procede de un deseo de parecer un hombre. Esto desfigura o tiende a desfigurar el sentido femenino de la mujer en los mil variados aspectos que la distinguen del hombre: lo cual contribuye a un grave peligro social, pues que la mujer por esencia tiene una misión peculiar distinta del hombre”.

Expliquemos la afirmación del Emmo. Prelado. Es un hecho psicológico de experiencia que el vestido influye notablemente en los usos y costumbres de la persona que lo lleva. Un niño que adopte la costumbre de vestirse de niña, empezará poco a poco a adquirir costumbres femeninas; con lo cual perderá su carácter viril y destruirá poco a poco la propia personalidad. ¿Será cuestión de herencia? ¿Será tradición? Sea cual fuere la raíz, es un hecho innegable: que el traje imprime costumbres, de acuerdo con su forma y su configuración. El uniforme militar comunica al soldado espíritu viril. El traje talar infunde al sacerdote espíritu religioso.

Apliquemos el hecho a la mujer. Si sus padres comienzan a vestirla de niño, irá adquiriendo costumbres masculinas; y más todavía con la mezcla de niños y de niñas que existe hoy en las diversiones. Si esa niña, un poco masculinizada, coge afición a la Indumentaria masculina y continúa con ella cuando joven, y alterna con ella en los deportes, en las diversiones y en la calle, la mujer irá perdiendo toda su feminidad y quedará convertida en un ser femenino con costumbres masculinas. Y no fue ese el plan de Dios al crear a la mujer y dársela al hombre por compañera. El plan de Dios fue que el hombre y la mujer se complementaran. Que las cualidades propias del sexo se completaran con las del sexo contrario. Mediten estos hechos las madres que comienzan a vestir de niño a sus hijas. Cuiden la personalidad femenina de esas hijas. No creen en ellas costumbres masculinas, que tendrían efectos lamentables. Un falso feminismo dice a la mujer: tienes que ser en todo como el hombre. Pero la mujer, consciente de su dignidad, debe responder. No aceptaré nada del hombre, que pueda destruir lo que tengo de mujer.

Entre el hombre y la mujer surge un instinto de atracción, basado precisamente en la diversidad, por lo cual se buscan mutuamente como complemento natural uno del otro. Al hacer desaparecer la diferencia exterior, sufren todos los sentimientos y se pierde todo el conjunto de atracción; y al mismo tiempo, se pierde el respeto y la consideración. Cuando la mujer se asimila al hombre las defensas se atenúan y la debilidad aumenta.