Una Epopeya misionera
Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R
Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (10)
América recibió de la España colonizadora el dichoso privilegio de una educación y una cultura cristianas


“El afán de cultura que sembró de escuelas y universidades estos países y que hacía llenar de libros las bodegas de nuestros buques…”.
(Cardenal Gomá, 12-X-1934.)
* * *
Es indudable, que España llevó una sólida cultura al Nuevo Mundo. Y su valía aparecerá grandemente aquilatada a nuestros ojos, si consideramos que el saber colonial era un verdadero y fiel trasunto de la riquísima cultura española del Siglo de Oro.
Pero, al pretender examinar el grado de desarrollo intelectual de las Indias Occidentales, hemos de tener en cuenta la cabal observación de Menéndez y Pelayo. Enseña el gran polígrafo que la cultura real de un pueblo o de una raza viene expresada, más bien que en el número de sabios profesionales, factor a menudo ilusorio, “en el sentido de su arte, en la dirección de su historia, en los símbolos y fórmulas jurídicas, en la sabiduría de sus proverbios, en el concepto de la vida que se desprende de las espontáneas manifestaciones del alma popular”.
Si admitimos este atinado presupuesto, estaremos en condiciones de tasar en su justo valor la cultura de la América colonial hispánica. Una enseñanza elemental que trataba de alcanzar a todo el elemento, indígena, una cultura media regularmente diseminada entre los blancos, y una ciencia superior, de lo mejor de su época, y al alcance de los que la deseaban—como siempre, minorías selectas—, son los tonos generales que descubre el estudio leal de la historia cultural hispanoamericana. Y, como telón de fondo, esa admirable sabiduría popular, que nos descubre a cada paso las costumbres y fiestas de las colonias españolas, con sus municipios, sus gremios, sus cofradías, sus tradiciones y leyendas, sus refranes, sus canciones y sus danzas.
Para negar la labor cultural de España en América, se ha acudido al argumento siguiente: América recibió toda su formación intelectual de los conquistadores y colonos españoles. Pero, siendo éstos gentes ignorantes y analfabetas, por la mayor parte, no pudieron enseñar gran cosa a los pobres indios.
A semejante injusticia histórica responde muy bien el sabio escritor argentino P. Furlong, negando lo que el adversario, con una pasmosa inconsciencia de los hechos, supone:
“Quienes han fraguado y popularizado la leyenda relativa a la barbarie y rudeza de los conquistadores y colonizadores hispanos han olvidado que esos hombres venían de Un país donde las ciencias y las artes habían llegado a esplendores inusitados, donde, la cultura, aun la filosófica, era algo tan del pueblo como lo son hoy las noticias; de policía, donde la atmósfera, estaba impregnada del saber humano y divino, y donde hasta las lavanderas y lacayos se interesaban por los grandes problemas del espíritu”.
Uno de los más claros exponentes de la notable cultura del estado llano en la España conquistadora es el asombroso arraigue que tuvieron en el pueblo los famosos Autos Sacramentales. Como dice Pío XII, “los dramas de Lope de Vega y, sobre todo, de Calderón de la Barca, que arrastraban los entusiasmos de toda España, dan testimonio del alto grado de la cultura religiosa y de la vida espiritual del pueblo español”.
Pero, además, es que no sólo los plebeyos y gentes sin letras formaron parte en las expediciones indianas. Como se ha observado con acierto, “España mandó a América a los hijos de sus grandes y a los hermanos de sus santos—cinco hermanos de Santa Teresa formaban parte, en 1546 de las huestes de don Blasco Núñez Vela, primer virrey del Perú—y a los segundones de sus más ilustres casas. Los más claros linajes de Castilla tuvieron retoños que aún perduran en todas las latitudes de América española”.
Se puede afirmar paladinamente que toda América, como Pío XII lo decía explícitamente de Bolivia, “ha gozado el dichoso privilegio de recibir una cultura y una educación cristianas”,
“Si Bolivia ostenta con tanto orgullo el glorioso dictado de católica, se debe a que sus hijos, desde los tiempos en que Chuquizaka era llamada la Salamanca americana y considerada uno de los centros intelectuales más luminosos de todo el continente (275).
(275) Chuquizaka, actual Sucre y capital de la República, fue fundada en 1538 por Pedro Ansúrez. Posee una famosa y antigua Universidad, llamada de San Francisco Javier, erigida en 1622.
Han gozado el dichoso privilegio de recibir una educación y una cultura cristianas; se debe a que en sus familias se ha defendido celosamente, contra extraños influjos deletéreos la castidad y la santidad indestructible del hogar cristiano, tal como fue trasplantado a esas montañas y esos valles desde la austera llanura castellana”.
(Discurso a D. Néstor Galindo, nuevo ministro de Bolivia ante la Santa Sede, l-XI-1947).
Gracias a haber respirado durante varios siglos esta atmósfera de cultura católica, Bolivia puede ostentar con orgullo el nombre de católica, indicaba Pío XII en el precedente discurso. Y por eso, sus hijos forman hoy parte del mundo civilizado. Porque, además de haber abrazado, gracias a España católica, la religión purísima de Jesús, única verdadera, han aprendido una de las lenguas más habladas hoy en el mundo, injertándose a través de su cauce en el insuperado y siempre fecundo tronco greco-latino, y pudiendo participar de esta manera, como de herencia común, de la cultura de toda la cristiandad. Por todo lo cual, los hispanoamericanos blasonan hoy con razón de su alcurnia hispánica, preciándose de pertenecer a una comunidad de pueblos de las más destacadas en los momentos actuales, y cuya importancia en la articulación pacífica de las naciones está ya en plenos albores.
“Desde las elevadas y serenas cumbres de los Andes y a través del ancho Océano venís, señor embajador, de una nación católica cuya capital fue fundada con el dulce nombre de Nuestra Señora de la Paz… Como hijo y representante de un pueblo que se siente orgulloso de la cultura católica recibida de Europa, sabéis muy bien que en la humanidad redimida por Cristo es imposible una paz verdadera fuera de los principios y normas de justicia y caridad promulgados en el Evangelio”.
(Discurso al general Carlos Quintanilla, nuevo embajador extraordinario y plenipotenciario de Bolivia, 10-VIII-1940).
(268) Santa Mariana de Jesús de Paredes y Flores (1618-1645), llamada por el pueblo fiel “la azucena de Quito”. Vivió desde sus más tiernos años el ideal evangelizador que animaba a toda su generación, Al oír hablar a los misioneros que volvían de Asia, de las inmensas multitudes de infieles que esperaban el Evangelio, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa con unas amigas para llevarles el tesoro de la fe. La Providencia desbarató el heroico proyecto de la niña. Su corta vida es toda ella un portento de exquisita inocencia, mezclada de rigurosas asperezas, que asombran en una doncellita tan tierna y delicada. Fue beatificada por Pío IX y canonizada por Pío XII el 9 de julio de 1950. La Asamblea Constituyente del Ecuador la ha declarado heroína nacional.
Sin duda es inmensamente consolador, al recorrer las páginas de los relatos misioneros del Nuevo Mundo, toparse a menudo con la sublime figura de la santidad. Entre los españoles que se afanaron en América descubrimos en primer lugar innumerables santos misioneros y santos prelados. Para no mencionar más que aquellos sobre cuya heroicidad de virtudes se ha pronunciado ya el juicio infalible de la Iglesia, recordemos entre los misioneros a San Luis Beltrán, el apóstol de la actual Colombia, donde convierte milagrosamente a millones de indios hablándoles siempre en valenciano, su lengua materna. San Francisco Solano, que recorrió miles de kilómetros en busca de las almas, no habiendo sido ajenas a su celo ni Argentina, ni Bolivia, ni Perú, ni Colombia, San Pedro Claver, el conocido “padre de los negros”. Los Beatos Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, mártires del Paraguay. El Beato Juan Masías, humildísimo lego dominico.
Al Panamá habla Pío XII de la “planta evangelizadora” de España, como si esta nación fuera, en la delicada fantasía del Pontífice, cual un gigante cristiano que posa suavemente su pie en un continente de tierras vírgenes, dejando, al alzarlo, huellas profundas de civilización y de fe.
“Damos, gracias desde lo hondo del corazón a la Beatísima Trinidad y a Nuestro Señor Jesucristo por todos los beneficios de fe católica y de cultura cristiana que en el transcurso, de los siglos se han difundido de la nación madre, venero de fuerzas religiosas, a sus dilatadas posesiones transmarinas” (260).