Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (8)

La “constelación” de santos americanos (1)

“El esqueje arrancado del tronco ibérico era fuerte en la tierra del Nuevo Mundo generoso”.

(Pío XII, 10-VII-1950).

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“Los santos son la mayor gloria de los pueblos”, leíamos no hace mucho en la primera página de una revista de Buenos Aires. Y la epopeya misionera, americana—venía a añadir el editorial- fue fecunda en santidad. Santidad misionera y santidad nativa. Santos hubo entre los españoles que trabajaron en América y, lo que es mayor gloria para la Iglesia española, puesto que demuestra que su acción evangelizadora fue profunda y duradera, santos hubo entre los hijos de América (266).

(266) Véase Verbo, órgano de la Ciudad Católica en Argentina, núm. 5, septiembre 1959, pág. 4.

La Ciudad Católica interesante movimiento doctrinal fundado por Juan Ousset en la vecina Francia, ha sido ideada como “una central de formación cívica para la restauración del orden social cristiano”. Entre otros problemas de la “civitas catholica”, estudia los temas coloniales a la luz de la doctrina de la Iglesia. Bendecida por las más altas jerarquías, la Ciudad Católica, después de extender su benéfico influjo en amplios sectores” de la nación hermana, ha traspasado ya sus fronteras. En efecto, en 1959 se creaban las primeras Células en un país hispano, Argentina, y a finales de ese mismo año empezaban a funcionar los primeros grupos en nuestra patria.

En Argentina: Ciudad Católica (o revista “Verbo”), calle Córdoba, 679, esc. 710, Buenos Aires; en Francia: Cité Catholique (o revista “Verbe”), 3, rué Copernic, Paris-XVI.

San Francisco Solano - (bautizando)Sin duda es inmensamente consolador, al recorrer las páginas de los relatos misioneros del Nuevo Mundo, toparse a menudo con la sublime figura de la santidad. Entre los españoles que se afanaron en América descubrimos en primer lugar innumerables santos misioneros y santos prelados. Para no mencionar más que aquellos sobre cuya heroicidad de virtudes se ha pronunciado ya el juicio infalible de la Iglesia, recordemos entre los misioneros a San Luis Beltrán, el apóstol de la actual Colombia, donde convierte milagrosamente a millones de indios hablándoles siempre en valenciano, su lengua materna. San Francisco Solano, que recorrió miles de kilómetros en busca de las almas, no habiendo sido ajenas a su celo ni Argentina, ni Bolivia, ni Perú, ni Colombia, San Pedro Claver, el conocido “padre de los negros”. Los Beatos Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, mártires del Paraguay. El Beato Juan Masías, humildísimo lego dominico.

Y eso, sin contar los numerosos misioneros españoles que, como el Beato Juan de Mayorga, el Beato Esteban de Zudaire y otros, recibieron la palma del martirio cuando se dirigían al Nuevo Mundo en la expedición del Beato Acevedo, para procurar la vida a tantas almas. Sus santos anhelos evangélicos fueron extirpados en flor merced al odio calvinista. En aguas del Atlántico, por las mismas rutas del descubrimiento, cayeron testigos de la fe católica. Su sangre, a buen seguro, sirvió de abono precioso a la tierra que deseaban cultivar con sus faenas apostólicas (267).

(267) Entre los mártires figuraba un sobrino de Santa Teresa, el Beato Francisco Pérez de Godoy. La Santa de la Hispanidad le contempló, junto con sus treinta y nueve compañeros, subiendo al Cielo con la palma del martirio, en una visión sobrenatural con que Dios la favoreció, y que narra ella misma en el Libro de las Fundaciones.

Y entre los santos obispos brilla soberano el nombre de Santo Toribio de Mogrovejo, “prelado santísimo y ejemplar de todos los Obispos de América latina, y ornamento espléndido de aquélla Santa Iglesia”, como le llamaron los Padres del Primer Concilio Latino Americano. Con sus trabajos inmensos para extender y afianzar el reino de Cristo en América, su figura se ha granjeado un puesto clarísimo en las filas del episcopado católico,

Pero, para que la luz de santidad irradiara en todos los estados y condiciones, quiso la Providencia mostrar su poder santificador en la persona de un sencillo colono, el Beato Sebastián de Aparicio. Pasado a Indias para ganar el pan, se instaló en Méjico, donde desplegó una sorprendente y benéfica actividad. Llegó a construir enormes caminos para el bien del pueblo mejicano, y enseñó la agricultura a numerosos indios. Habiendo tomado estado de matrimonio, fue modelo de esposos y de ciudadanos. Acabó sus santos días en la Orden de San Francisco, profesando en ella a la edad de setenta y tres años.