Una Epopeya misionera

Padre Juan Terradas Soler C. P. C. R

Los resultados obtenidos por la providencial Epopeya Evangelizadora, son algo grandioso y único en su género: fe y santidad, lengua y cultura, sangre y héroes (9)

La “constelación” de santos americanos (2)

Otra vida admirable es la del Beato Gregorio López. Nacido en Madrid y educado en la corte de Felipe II, emigró a Nueva España para poder honrar de cerca a Nuestra Señora de Guadalupe Instalóse al efecto junto al venerado Santuario, llevando allí vida santísima de ermitaño, por lo que ha sido llamado a “el solitario de Méjico”.

Los héroes hispanos tuvieron dignos émulos en los hijos de América. Entre los santos nacidos en aquel continente, y elevados por la Iglesia al honor de los altares, ¿quién desconoce a las dos fragantísimas flores del vergel indiano, Santa Rosa de Lima y Santa Azucena de Quito? (268).

Santa Mariana de Jesús (Azucana de Quito)(268) Santa Mariana de Jesús de Paredes y Flores (1618-1645), llamada por el pueblo fiel “la azucena de Quito”. Vivió desde sus más tiernos años el ideal evangelizador que animaba a toda su generación, Al oír hablar a los misioneros que volvían de Asia, de las inmensas multitudes de infieles que esperaban el Evangelio, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa con unas amigas para llevarles el tesoro de la fe. La Providencia desbarató el heroico proyecto de la niña. Su corta vida es toda ella un portento de exquisita inocencia, mezclada de rigurosas asperezas, que asombran en una doncellita tan tierna y delicada. Fue beatificada por Pío IX y canonizada por Pío XII el 9 de julio de 1950. La Asamblea Constituyente del Ecuador la ha declarado heroína nacional.

Y entre los santos varones apostólicos, ¿cómo ignorar a San Felipe de Jesús, franciscano nacido en Méjico de raza mestiza, y que alcanzó la palma de mártir en Nagasaki, del Japón? (269).

(269) Canonizado por Pío IX en 1862. Véase Vidas de los Mártires, del Japón, por Eustaquio Neuclaves, Madrid, 1862.

Y al Beato Roque González, natural de la Asunción, mártir de las Reducciones. Y no por menos conocidos son menos gloriosos los nombres del San Martín de Porres, mulato peruano, hijo de español y de negra cristiana, y de los Beatos mártires Bartolomé Gutiérrez y Bartolomé Laurel.

¡Constelación de santos!, ha dicho Pío XII refiriéndose sólo a aquellos que regaron con sus sudores las tierras del Perú. ¿Cuánto más brillante se considerará esa constelación, si se le añaden las estrellas que iluminaron los otros cielos del continente?

“Pero en una buena parte del Continente americano fue siempre singular la misión de vuestra Patria, hijos amadísimos; la misión del Perú, foco de civilización y de fe, auténtico centro de gravedad espiritual, con sus famosos Concilios limenses, carta fundamental de las iglesias de América, con su brillante constelación de santos”.

(Radiomensaje al Congreso Eucarístico y Mariano Nacional del Perú, 12-XII-1954).

Ya hemos visto en otro lugar cómo el Papa gustaba de mencionar explícitamente a muchos de estos héroes de la epopeya (270).

(270) Las meras alusiones a los santos de América son numerosas en los discursos de Pío XII. En el radiomensaje al Perú (27-X-1940), el Papa fija, por ejemplo, su mirada en la Sierva de Dios Ana de los Ángeles Monteagudo “esplendor de la Orden Dominicana y orgullo de la nación entera”, y en la ilustre Santa Rosa de Lima: “¿No despuntó y se abrió en el jardín de Lima cual flor primera de santidad de toda la América, cándida como azucena y purpúrea como rosa, la admirable Rosa de Santa María que en el retiro y entre las espinas de la penitencia emuló el ardor de Una Catalina de Siena?”.

Pero el gran Pontífice ha detenido sus miradas especialmente en Santo Toribio de Mogrovejo y en Santa Mariana de Jesús de Paredes.

Del renombrado arzobispo limeño nos recuerda su ardiente devoción a María.

“Herederos (como hijos de América) de la fe de un Santo Toribio de Mogrovejo, a quién se atribuyen las famosas letanías donde ya en pleno siglo XVI se pedía a la Virgen Santísima “per gloriosam assumptionem tuam”, por su gloriosa Asunción; ciudadanos de una nación que, como Nos mismo pudimos notar en un reciente radiomensaje (I6-VII-1946), “entre sus muchos títulos de gloria y de nobleza…, cuenta como uno de los primeros el ser un pueblo ardientemente mariano”.

(Discurso a D. Luis Ignacio Andrade, nuevo embajador plenipotenciario, de Colombia ante la Santa Sede, 14-XI-1950.)

En cuanto a la “Azucena de Quito” es la estrella americana predilecta de Pío XII. El mismo la ha colocado en el firmamento de la Iglesia, para que su angelical inocencia ilumine los corazones más nobles. De su vida nos traza Su Santidad una somera pero bellísima historia en la homilía de la canonización y en el discurso que dirigió a los peregrinos llegados a Roma con este motivo. En este último documento, el Papa deduce la profundidad de la acción cristianizadora española, de los frutos exquisitos germinados, bajo el sol de su influencia.

“Como remate de una serie de tan solemnes canonizaciones, hemos tenido el consuelo de colocar la aureola de la santidad sobre las sienes de una gran heroína de la América hispana, Mariana de Jesús de Paredes, “la azucena de Quito” La historia de Mariana de Jesús de Paredes es muy breve. Vástago de una noble familia de origen español, en cuyo árbol genealógico se entremezclan Andalucía y Castilla, nace en Quito en 1618. Hay desde el primer momento en su alma toda la suavidad de aquel clima, toda la claridad de aquel cielo y toda la gracia de sus palmeras y de sus flores. Prodigio de piedad, por la precoz madurez de su espíritu, alrededor de los diez años se diga con los, votos de pobreza, castidad y obediencia; se ve que el esqueje arrancado del troco ibérico era fuerte en la tierra del Nuevo Mundo generoso”.

(Discurso a los peregrinos que asistieron a la canonización de Santa Mariana de Jesús de Paredes, 10-VII-1950.)

La flor del Ecuador es, claro está, gloria excelsa de la Iglesia Católica, que le dio la vida de la gracia, pero al mismo tiempo como todos los santos y héroes, es honor de su Patria, en cuyo suelo fértil brotó; es honor también esta cándida azucena de toda la América hispana, cuyas virtudes representa, y es honor, en fin, de la Madre Patria, cuya eficacia apostólica en tierras de Indias proclama con ardientes acentos su vida angelical.

“Este pueblo (Ecuador), de vieja y profunda fe, ante cuyo episcopado y ante cuyos representantes y peregrinos Nos fue dado canonizar durante el recientísimo Año Santo, a una heroína de la fe, digna hija suya, honor de toda la América Española y de la Madre España, Mariana de Jesús de Paredes…”.

(Discurso a D. César Coloma Silva, nuevo embajador del Ecuador ante la Santa Sede, 18-VI-1951).