Obra Cultural
El caso de los divorciados que se han vuelto a casar no es, como podía ser en otro tiempo, tan excepcional que se encuentre sólo en raras o rarísimas ocasiones. El que se interesa por la pastoral de la familia, sabe por experiencia que van en continuo aumento las situaciones irregulares en el matrimonio; y entre éstas, la más ardua de afrontar es precisamente la de los divorciados que se han vuelto a casar.
Es evidente que la Iglesia no puede desinteresarse de estas personas, al contrario. La última parte de la exhortación apostólica «Familiaris Consortio» -el documento pontificio dado al final del Sínodo de Obispos de 1980, dedicado a la familia- considera la acción pastoral de la Iglesia frente a algunas situaciones irregulares de vida conyugal, y en ella figuran estas palabras particularmente significativas: «La solicitud pastoral de la Iglesia no se limitará sólo a las familia cristianas más próximas, sino que, ampliando los propios horizontes a la medida del Corazón de Cristo, se mostrará todavía más viva por el conjunto de las familias en general, y por aquellas, en particular, que se encuentran en situaciones difíciles e irregulares» (n.º 65).
Notemos en seguida el criterio pastoral que viene indicado por la acción de la Sigue leyendo
Los fieles que confiesan sus pecados a un sacerdote autorizado para oír confesiones, y están arrepentidos de ellos y con propósito de enmendarse, alcanzan de Dios, por medio de la absolución que les da ese sacerdote, el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, y obtienen, a la vez, la reconciliación con la Iglesia, a la que hirieron pecando.
M. J. Stovell, un gran sabio norteamericano, era conocido precedentemente como ateo. Trabajó durante años con otros sabios para aclarar e ilustrar los misterios ocultos de la ciencia atómica. Con este fin, recorrió caminos desconocidos hasta entonces, que sirvieron no sólo a la Ciencia, sino qué modificaron su concepto de la vida. Dejemos que él mismo nos cliente sus experiencias:
Muchas veces me he preguntado si usted seguiría llamándose a sí mismo agnóstico, si supiera que esa palabra no quiere decir otra cosa que «ignorante». Quizás… con una discreta alusión al sabio Sócrates, que también declaró que sabía que no sabía nada. Pero muchos se llaman a sí mismas agnósticos sin haber oído jamás hablar de Sócrates. La fórmula básica de su pensamiento viene a ser así: «No tengo suficientes pruebas ni de que existe Dios, ni de que no existe. Por tanto, no puedo declararme ni creyente, ni ateo».
Muchos pensamientos nos acompañaban mientras, algo temerosos, íbamos a llamar a «una de las puertas de la Providencia…», y aquel día la Providencia nos abrió de un modo algo extraño. Llamamos, en efecto; a una de las villas colocadas en la cima de una colina. Nos habían dicho que en ella habitaba un caballero, un industrial, que estaba acostumbrado a «hacer bien». Una fama extraña, casi como si fuese una «manía o una enfermedad» … Por lo cual, a la necesidad se unió aquella pizca de curiosidad que ha hecho esta experiencia aún más agradable.