Obra Cultural

La historia verídica de un hombre que, raptado y secuestrado durante seis meses, ha encontrado en María el cable donde atar su esperanza y su propio retorno.

Medalla milagrosaMuchos pensamientos nos acompañaban mientras, algo temerosos, íbamos a llamar a «una de las puertas de la Providencia…», y aquel día la Providencia nos abrió de un modo algo extraño. Llamamos, en efecto; a una de las villas colocadas en la cima de una colina. Nos habían dicho que en ella habitaba un caballero, un industrial, que estaba acostumbrado a «hacer bien». Una fama extraña, casi como si fuese una «manía o una enfermedad» … Por lo cual, a la necesidad se unió aquella pizca de curiosidad que ha hecho esta experiencia aún más agradable.

Llamamos -he dicho-y viene a abrirnos un guardia con una pistola enfundada pero bastante evidente. Nos pregunta quiénes somos y nos hace esperar a fuera de la puerta. Pero poco después la puerta se abre y una señorita nos hace entrar en un hermoso salón, desde cuyo ventanal es posible percibir toda la ciudad con una vista estupenda. Llega después la dueña de la casa, una señora distinguida y muy cordial. Hablamos un poco y de pronto mi mirada se fija en una imagencita de yeso que representa la Inmaculada. En un salón de aquella importancia, una estatuilla semejante no podía estar allí por casualidad; debía esconder: ciertamente un significado profundo. La señora, con mucha sencillez, nos dice que la imagen está allí para recordar un suceso particular acaecido a su marido, y nos va contando una tremenda y magnífica historia.

«Mi marido es un industrial, tenemos muchas fábricas en Italia y también exportamos al extranjero. Como no tengo hijos, le ayudo en su trabajo de la oficina. Siempre he pensado que esta actividad era peligrosa para él, aunque se desarrolla en favor de los que no tienen trabajo en nuestra región. Varias veces, le he sugerido que circule acompañado de un policía. Ya comprenderá que es muy conocido, y el dinero es codiciado por tantos. Pero siempre se negó a escucharme.

Solo con el silencio

Pero una tarde, algunos hombres bloquearon su coche, dejaron libre al contable que estaba con él, pero a mi marido lo encapucharon, tal vez lo narcotizaron, y se lo llevaron.

Cuando supe la noticia estaba en casa, porque lo esperaba para la cena ¿Qué puedo decirle de aquellos momentos? Avisamos en seguida a la policía y a cuantos pensamos que podrían hacer algo por salvar su vida.

La noticia se divulgó rápidamente por todo el país, y unas religiosas vinieron entre los demás, y me dejaron esta imagencita de la Virgen. Yo recé, sufrí. Eran miles los pensamientos que cruzaban violentamente por mi cabeza. Pero no podía hacer nada, era necesario esperar las peticiones de los raptores para orientarnos en algo. Y llegó la habitual llamada telefónica: «¡Por la vida de su marido ha de darnos 15 billones!» Una loca e inatendible petición. Me vi obligada a buscar un abogado para que me aconsejara sobre los necesarios contactos con los secuestradores».

«Y a su esposo, ¿dónde le llevaron? ¿Cómo le trataron?»

«Supe muy poco de él durante los siete meses en que recorrí Italia de arriba abajo, buscando desesperadamente alguien o algo que me hablara de él, de su situación. Por los secuestradores sabía que «estaba bien», pero significaba poco en este caso. Después de su liberación he sabido que estaba encapuchado, puesto en una tienda donde sólo tenía la posibilidad de estar sentado o arrodillado, o tendido sobre un camastro de pequeñas dimensiones.

Durante siete meses ha estado encerrado en esta cárcel de tela, sin poder ver o tocar un rostro ni una mano. En efecto, cuando sus secuestradores le llevaban la comida, le obligaban a ponerse el capuchón, le alargaban el manjar en una bolsa de celofán y lo dejaban otra vez solo, tremendamente solo.

Si tú me ayudas

  • «Y, ¿qué pensaba en todo aquel tiempo? ¿Ha temido por su vida?»

La señora se ha sonreído como si quisiera anticiparnos una alegría oculta, un secreto que no es para las crónicas de los periódicos.

«He de decirles que en los primeros dos meses sufrió mucho. Al ansia de saber; siguió la angustia por su vida suspendida de un hilo… Yo no podía comunicarle nada de lo que estaba haciendo, y él sabía que la cantidad pedida era una locura, y entonces su vida, su trabajo, ¿cómo acabarían? Su vida estaba en manos de un puñado de dinero y de una pistola. La desesperación y la esperanza, el odio y la angustia cabalgaban en él como olas en un mar agitado.

Después sucedió algo extraño

Habían pasado dos meses del día del secuestro y, casualmente, puso la mano en el bolsillo semivacío de la chaqueta y sintió que tocaba algo metálico, seguramente una pequeña bagatela. Lo sacó: era una medallita de la Milagrosa, de aluminio, que un sobrinito le había dado unos meses antes a cambio de una propinita, y él, sin mirarla tan sólo, se la había puesto en el bolsillo. Aquella medalla había permanecido allí, en la chaqueta que aquel día se había puesto… Y en aquel sitio donde el hombre, la riqueza, la seguridad, el poder, todo había desaparecido, Ella se hizo encontrar, humilde, como signo de una Presencia que no abandona nunca; que no olvida; que da confianza y esperanza. Estas certezas, poco a poco, le devolvieron la confianza y dieron lugar a una promesa: «Trabajaré más por el bien de mi gente… no haré más… si… ¡si Tú me ayudas».

Y luego, ¡miren! Miren, este cuadrito, contiene la medallita de la Virgen Milagrosa y un extraño rosario… Mi marido, después de haber descubierto en su soledad aquella presencia maternal, decidió invocar a María con el rezo del Rosario; pero no teniendo rosarios, rasgó una de las bolsas de celofán y con 10 nudos formó 10 granitos que iba desgranando entre sus dedos para repetir a María: «Ruega por nosotros pecadores…»

Estamos seguros de que María lo ayudó, a escondidas, en secreto, en aquellos momentos en que nadie podía hablarle ni sostenerle, sino Aquélla que es Madre diligente y cuidadosa de la humanidad.

La Milagrosa y el obrero moribundo

Sucedió en Madrid, en noviembre de 1967. Traslado a esta página lo que me está refiriendo ahora mismo una hermana, aunque evito, naturalmente, consignar los nombres.

Se trata de un suburbio madrileño donde un pobre hombre tuberculoso esperaba la muerte, rodeado de pobreza y amargura. Tenía 48 años. Su madre y la mujer que compartía con él vida y hacienda se negaron a admitir a un sacerdote que había ido a ofrecerles el consuelo de su visita.

Súpolo una Señora y lo comunicó por teléfono a la Hermana que me lo está contando. Se personaron las dos en la casa del enfermo, de los pecadores moribundos. Se personaron las dos en la casa del enfermo.

Penetran en una habitación mísera, húmeda, estrecha, oscura… y oyen una voz débil, agónica, que les dice a golpes de tos: ¡Gracias por haber venido…! ¡Son ustedes mi salvación! El pobre les abrió su alma, llena de humildad y de temores. Llevaba muchos años sin pisar la Iglesia. Muchos años unido a una mujer sin el vínculo del sacramento. Muchos años hablando mal de los sacerdotes y de la religión. Pero, a pesar de todo -añadió casi llorando-, yo no he tirado nunca esta estampa que me encontré en la basura de la calle cuando tenía siete años. ¡La llevo siempre conmigo! Y haciendo un esfuerzo sacó del bolsillo del pantalón una cartera gastada. por el uso, la abrió y nos mostró una humilde estampa de papel con la imagen muy borrosa de la Santísima Virgen.

De allí fuimos a consultar con el Sr. párroco -sigue diciendo la Hermana-. Este nos dijo que sin el certificado médico de gravedad extrema no podía procederse al matrimonio. Nos dirigimos a casa del médico, que, en aquella hora -las nueve de la noche-, estaba en un bar de Cuatro Caminos. El médico nos firmó el certificado en el interior del bar, y nos hizo esta observación: – ¿Saben ustedes si la mujer querrá casarse?

Vuelta a la casa del enfermo preguntamos a la mujer si quería casarse. -Hermana, yo ya quisiera, pero estoy sin bautizar. Y no sé nada…, nada… de esas cosas de Dios. Allí mismo se le enseñó lo fundamental de la doctrina cristiana. A la mañana siguiente, muy tempranito, mientras le acompañábamos a la Iglesia, la seguíamos instruyendo. No había tiempo que perder. Recibió el santo bautismo y a continuación volvimos con el párroco a su casa, donde administró al enfermo los sacramentos de penitencia, matrimonio, viático y santa unción. ¡Gran día de fiesta en el cielo!

Cuatro días después se durmió este hombre con el sueño de los justos. En sus labios le quedó prendida esta jaculatoria a la Virgen, que las visitadoras le habían enseñado a rezar: – «¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!»

«LA DEVOCIÓN A LA MADRE DE DIOS ES EÑAL CERTÍSIMA DE OBTENER LA SALVACIÓN ETERNA», dice San Bernardo. Y esta señal todavía se hace más clara cuando se reza cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS pidiendo la salvación eterna.