Obra Cultural

orar-con-el-corazon-abierto22M. J. Stovell, un gran sabio norteamericano, era conocido precedentemente como ateo. Trabajó durante años con otros sabios para aclarar e ilustrar los misterios ocultos de la ciencia atómica. Con este fin, recorrió caminos desconocidos hasta entonces, que sirvieron no sólo a la Ciencia, sino qué modificaron su concepto de la vida. Dejemos que él mismo nos cliente sus experiencias:

«Yo era un ateo cínico, que creía que Dios no era otra cosa que una representación de la mente humana. No podría creer en un ser vivo, divino, que nos ama y posee un poder sobre nosotros…

Un día, trabajaba en el gran laboratorio de patología de una clínica. Me ocupaba en medir las longitudes de onda y de fuerza de las radiaciones emitidas por el cerebro. Así me propuse, junto con mis colaboradores, realizar una experiencia intrincada. Queríamos examinar lo que sucede en el cerebro humano en el momento del paso de la vida a la muerte. Con este fin; escogimos a una mujer a las puertas de la muerte, enferma de un cáncer de cerebro. Aquella mujer gozaba de perfecta lucidez mental. Generalmente, su serenidad y su amabilidad diarias llamaban la atención. Pero corporalmente su estado era cada día más grave. Sabíamos que iba a morir y ella lo sabía también. Estábamos al corriente de que se trataba de una mujer que había vivido en la fe en un Salvador personal.

Poco antes de su muerte, colocamos en su habitación un aparato registrador muy sensible. Este aparato había de mostrarnos lo que pasaría en su cerebro en los· últimos minutos. Colocamos además sobre su cama un minúsculo micrófono para que pudiéramos oír lo que diría mientras pudiera dar señales de vida.

Entretanto, nos dirigimos a una habitación contigua. Éramos nueve sabios escépticos, entre los cuales yo era ciertamente el más, escéptico y el más endurecido. Esperábamos ante nuestros instrumentos, atentos, pero en tensión interior. La aguja estaba en el cero, y podía alcanzar 500 grados a la derecha en posición positiva, y 500 grados a la izquierda en posición negativa. Unos días antes habíamos enviado el mismo aparato para controlar una estación de radio, cuyos programas tenían que ser emitidos con una fuerza de 500 kilovatios. Se trataba de un mensaje que había de ser difundido a toda la tierra. Por esta experiencia pudimos constatar una medida positiva de 9 grados.

Los últimos momentos de la enferma parecía que habían llegado. De repente oímos que rezaba y comenzaba a alabar a Dios. Pidió a Dios que perdonara a todos los hombres que habían sido injustos con ella durante su ida. Después habló a Dios con la expresión de su firme fe con estas palabras: «Sé que Tu eres la única fuente de auténtica fuerza de todas las criaturas y que lo serás siempre». Le dio gracias por la fuerza con que la había sostenido durante toda su vida, y por la certeza que tenía de pertenecer a Jesús. Le declaró que, a pesar de sus sufrimientos, su amor a Él no había vacilado. Y al pensar que sus pecados le serían perdonados por la sangre de Jesucristo, una alegría indescriptible irradiaba de sus palabras. Estalló de gozo ante la idea de que pronto vería a su Salvador.

Permanecíamos inmóviles ante nuestros aparatos. Habíamos olvidado lo que, a decir verdad, queríamos examinar. Nos mirábamos uno a otro sin avergonzarnos de nuestras lágrimas.

Yo estaba emocionado por aquellas declaraciones, y me puse a llorar como no lo había hecho desde mi infancia. De repente, mientras aquella mujer seguía rezando, oímos que sonaba nuestro instrumento. Cuando lo miramos, vimos que la aguja alcanzaba los 500 grados positivos y seguía oscilando en el límite. La fuerza de irradiación debía superar nuestra escala, pero el límite de nuestro aparato impedía que la aguja subiera más arriba.

Nuestras ideas se entrecruzaban

Ahora, por medio de medidas técnicas, habíamos hecho por primera vez un monstruoso descubrimiento: el cerebro de una mujer moribunda, que estaba unida a Dios, desplegaba una fuerza 55 veces más fuerte que cualquier emisión de ondas de radio. Recordamos entonces la declaración del Premio Nobel Doctor Alexis Carrel, que dijo una vez: La oración es la forma más poderosa de la energía creadora.

Nueva prueba

Aquella vez escogimos a un hombre enfermo mental. Después de haber preparado de nuevo nuestros aparatos, pedimos a una Hermana que, de una manera u otra; excitara al enfermo. El hombre reaccionó a ello gruñendo y jurando. Además, abusó del nombre de Dios de manera infame. De nuevo sonó nuestro aparato. Atentos, nuestros ojos se dirigieron hacia la escala. Quedamos emocionados al constatar que la aguja estaba en los 500 grados negativos y retenida en el punto límite. Así llegamos al término de nuestro descubrimiento. Por medio de medidas experimentales, habíamos podido establecer de manera cierta lo que pasa en el cerebro de un hombre, cuando viola uno de los diez mandamientos. Habíamos logrado probar irrefutablemente de manera científica, la fuerza positiva de Dios, así como la fuerza negativa del renegado. Por este hecho vimos claramente que el que orienta su vida según los mandamientos de Dios y está en unión con Él, irradia una vida divina. Pero si se hace transgresión a uno de los mandamientos divinos, se dirige hacia una irradiación negativa, es decir, hacia una fuerza satánica.

En un abrir y cerrar de ojos, mi concepción atea del mundo quedó rota. Mis pensamientos me obsesionaban. ¿Será cierto que hay un Dios a quien es posible dirigir peticiones por la oración?

Después me quedé ante el rostro de Dios omnisciente. Lo ridículo de mi incredulidad se me iba haciendo más claro. Puesto que quería ser sincero conmigo mismo, no podía cerrarme a esta verdad penetrante. Por esto me convertí en discípulo de Cristo, para aprender a creer en Jesucristo como en un Salvador personal. Hoy sé que la aureola que los artistas pintan a menudo sobre la cabeza de Jesús, no es una fantasía de artista, sino una realidad bíblica.

¿Cómo reaccionaría para ti la aguja del aparato? Si sabes que mostraría una fuerza negativa, te suplico que acudas a Jesucristo porque ha dicho: «Venid a mí todos cuantos andáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28)».

La oración tiene una fuerza infinita

Es célebre el caso del canónigo José Benito Cottolengo, fundador de la Piccola Casa de Turín, en donde asistía, cuidaba y alimentaba a centenares de asilados sin un céntimo de renta. Llamó tanto la atención, que el rey Carlos Alberto mandó a su ministro, el conde de Escarena, para que investigara el estado del establecimiento. La entrevista entre don Benito Cottolengo y el ministro, palabra por palabra, fue así:

El ministro. – ¿Usted es el director de la «Piccola Casa»?

Don Cottolengo. -No, precisamente; yo sólo soy un agente de la Divina Providencia, que es la que dirige la Casa.

El Ministro. -Esto está muy bien; es muy edificante. Pero, ¿con qué recursos cuenta usted para sostener tantas personas?

Don Cottolengo. -Con los que me da la Divina Providencia.

El Ministro. -Pero, padre, para sostener a tantas personas, usted debe de tener algunos fondos determinados; algunas rentas fijas.

Don Cottolengo. -Por supuesto que las tenemos. La Divina Providencia nunca se olvida de los desvalidos. ¿Cree Su Excelencia que a la Divina Providencia le van a faltar fondos?

El ministro. -Señor canónigo, será como usted quiera, pero el Gobierno tiene derecho y obligación de enterarse de la conducta de usted, pues es una temeridad meterse en una obra de esa magnitud sin tener algunos fondos asegurados.

Don Cottolengo. -Espero que Su Excelencia no nos culpe porque vivimos a expensas de la Divina Providencia.

El ministro. -Pero, Don Cottolengo, reflexione en lo que pasaría si usted fallara. Calcule en la posición en que pondría al Gobierno, cargándole de improviso cerca de mil personas enfermas y minusválidas.

Don Cottolengo. -Excelencia, Dios proveerá para el futuro, como ha provisto hasta ahora. Hasta el presente no hemos causado mal ninguno a los súbditos de Su Majestad, ni le hemos pedido ayuda ni favor alguno al Gobierno. No veo, pues, motivo, señor, para temer en el futuro, pues Dios nunca falta a los que en Él confían.

El rey Carlos Alberto quiso probar personalmente la fe de don Benito Cottolengo. Tentó con razones prudentes la responsabilidad que significaba una obra que económicamente no tenía base. Pero Don Cottolengo le contestó: – «Señor, ¿me pudiera decir Su Majestad cuánto tiempo hace que la Divina Providencia gobierna el universo? -Hará unos miles de años, respondió el rey. – ¿Y durante tan largo tiempo, se ha sabido alguna vez que la Divina Providencia haya hecho mal a alguno o le negara lo que le pertenece? Pues la Piccola Casa es la Casa de la Divina Providencia, guiada por ella y por ella provista. Nunca ha padecido penuria ni ha negado a los deudores lo suyo. Cuando este instrumento -el Cottolengo- envejezca y se apolille, será sustituido por otro, y éste dará a cada uno lo suyo». El rey sonrió admirado y despidió a Don Cottolengo diciendo: – «Haga como Dios le inspira. La Divina Providencia ha empezado esta obra y ella la llevará adelante». Y es que la oración confiada lo puede todo. Incluso arrancar dinero para lo necesario y para ayudar a los demás.