Obra Cultural
Nadie puede violar los deberes para con Dios
La dignidad de la persona humana hunde sus raíces en el hecho de ser creación de Dios, a su imagen y semejanza; de ahí arrancan también sus derechos, que nadie puede violar, así como sus deberes para con Dios, para con los demás y para con uno mismo. El Papa Pablo VI, en la Encíclica «Humanae Vitae», escribe: «La Iglesia enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador». Anteriormente, el año 1956, el Papa Pío XII habló así al II Congreso Mundial de la Fertilidad y la Esterilidad: «El medio por el cual se tiende a producir una vida toma una significación humana esencial, inseparable del fin que se persigue y susceptible, si no es conforme a la realidad de las cosas y a las leyes inscritas en la naturaleza de los seres, de causar un daño grave a este mismo fin. También sobre este punto se nos ha pedido que demos algunas directrices. Respecto a las tentativas de la fecundación artificial humana «in vitro», Sigue leyendo
Ante la Santa Sábana de Turín, se ha dicho, todos nos sentimos confrontados con la realidad del Hombre, y a cada uno Cristo parece decirnos como al apóstol Tomás: «Pon aquí tu dedo». El autor de este artículo ha manejado la más moderna documentación y presenta un informe, desde el aspecto solamente científico, sobre los resultados aportados por las pruebas más recientes.
A más de un lector este título le causará no poca sorpresa y, empleando los consabidos tópicos del momento, dirá, sin más, que tal afirmación hoy no es de recibo. Sin embargo, se trata de una verdad declarada de fe divina y católica, definida por los Concilios IV de Letrán, año 1215; Florentino, año 1442; Vaticano II, año 1964; y los Papas Bonifacio VIII, año 1302, en la Bula «Unam Sanctam»; Pío IX, año 1854, alocución «Singulari quedam»; y Encíclica «Ouanto conficiamur maerore», año 1863; Pío XII, 1943, Encíclica «Mystici Corporis Christi». Son especialmente expresivas las palabras del Lateranense IV: «Hay una sola Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva, y en la cual Jesucristo mismo es Sacerdote y Víctima…»; y el Vaticano II, en la Constitución dogmática «Lumen Gentium», en su n.º 14: «Basándose en la Sagrada Escritura y en la tradición, enseña que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. Pues sólo Cristo, que se nos hace presente en su Cuerpo, que es la Iglesia, es el Mediador y el Camino de salvación… Por eso no podrían salvarse los hombres que, no ignorando que la Iglesia Católica fue fundada como necesaria por Dios a través de Jesucristo, sin embargo, no quisieran o entrar o perseverar en ella». Más adelante en el mismo documento continúa el Vaticano II: «No se salva, sin embargo, aunque se incorpore a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia «en cuerpo», pero no «de corazón»…
Recordemos el chascarrillo del borracho que ha perdido la llave. Se acerca un amigo y le ayuda a buscarla. Pero no la hallan, porque le ha caído en otra parte. «¿Entonces, ¿por qué la buscas aquí?» «Porque aquí hay luz». Muchos se comportan como este borracho cuando se trata del Matrimonio cristiano: buscan en otra parte. Para muchos esposos es un deber precedido de ciertas prácticas burocráticas que hay que despachar, y seguido de ciertas normas que hay que observar. Entonces nacen interrogantes en cadena: el matrimonio civil, ¿no tiene también su dignidad?, ¿no basta nuestro amor? Para muchos parientes y amigos es sólo una fiesta. «Siempre es un motivo para beber», dice un proverbio alemán. En realidad, el Matrimonio Cristiano es mucho más que el matrimonio, mucho más que un contrato regulado jurídicamente, mucho más que un deber, mucho más que una fiesta y, desde luego, mucho más que el amor.
Le conocí en una habitación de hospital, de la que iba a marcharse al día siguiente, Y a la que yo entraba enfermo. Después de algunas palabras amables pero triviales, entró en materia en seguida al ver que yo era sacerdote (S.)