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Nadie puede violar los deberes para con Dios

pablo viLa dignidad de la persona humana hunde sus raíces en el hecho de ser creación de Dios, a su imagen y semejanza; de ahí arrancan también sus derechos, que nadie puede violar, así como sus deberes para con Dios, para con los demás y para con uno mismo. El Papa Pablo VI, en la Encíclica «Humanae Vitae», escribe: «La Iglesia enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador». Anteriormente, el año 1956, el Papa Pío XII habló así al II Congreso Mundial de la Fertilidad y la Esterilidad: «El medio por el cual se tiende a producir una vida toma una significación humana esencial, inseparable del fin que se persigue y susceptible, si no es conforme a la realidad de las cosas y a las leyes inscritas en la naturaleza de los seres, de causar un daño grave a este mismo fin. También sobre este punto se nos ha pedido que demos algunas directrices. Respecto a las tentativas de la fecundación artificial humana «in vitro», nos basta observar que es necesario rechazarlas como inmorales y absolutamente ilícitas. Sobre las diversas cuestiones de moral que se plantean a propósito de la fecundación artificial, en el sentido ordinario de la palabra, o de la inseminación artificial, ya expresamos nuestro pensamiento en el discurso dirigido a los médicos el 29 septiembre de 1949». En el mismo documento enseña el Papa: «El niño es fruto de la unión conyugal, cuando ella se manifiesta en plenitud por el ejercicio de las funciones orgánicas, de las emociones sensibles que a ella van unidas, del amor espiritual y desinteresado que la anima; en la unidad de este acto humano es donde han de situarse las condiciones biológicas de la generación. Jamás está permitido separar estos diversos aspectos hasta el punto de excluir positivamente la intención procreadora; ni relación conyugal».

Concepción atípica

La fecundación «in vitro», al separar la cópula conyugal del acto de la fecundación, se opone a la ordenación de Dios, como enseñan los Papas, los documentos magisteriales citados, que se fundan en la ley divina; en efecto, a la mujer se le extrae un óvulo y el varón aporta esperma propio; mediante procedimientos bioquímicos, en el laboratorio se consigue un embrión humano, que es vida nueva, distinta de la de los padre, pero concebida sin que haya sido fruto de una unión realizada como Dios manda, de tal forma que «sean dos en una carne». El coito conyugal no es un acto puramente orgánico; intervienen en él elementos psíquicos y afectivos, que hacen que tal unión sea acto humano y, por tanto, personal, consciente, afectivo, capaz de transmitir con la vida el amor que lo origina y ennoblece. Los hijos normalmente concebidos reciben de sus padres, además de las características genéticas, una capacidad de amar que se va despertando poco a poco, en la medida que se abren a la vida de relación; como por instinto, lo sienten especial hacia sus padres, aun sin saberlo expresar. En los hijos fecundados en probeta, ¿se transmite también dicha corriente vital de afecto, o más bien acusarán carencia afectiva que, posiblemente, se acentuará con los años?

Puede ocurrir que, a causa de algún defecto orgánico del varón o de la mujer, el esperma no pueda llegar al fin de su viaje, o el óvulo se quede a medio camino, aún habiendo realizado la cópula de acuerdo con la norma moral; en tales casos posee la medicina procedimientos clínicos perfectamente lícitos para que el acto alcance su fin: la unión del espermatozoide con el óvulo en el útero. A este propósito son muy oportunas las palabras autorizadas del Papa Pío XII: «Sin que esto signifique que se proscribe necesariamente el empleo de ciertos medios artificiales, destinados únicamente, ya sea a facilitar el acto natural, ya sea a hacer llegar a su fin el acto natural normalmente realizado … La fecundación artificial sobrepasa los límites del derecho que los esposos tienen adquirido por el contrato matrimonial, a saber: el derecho a ejercer plenamente su capacidad sexual natural en la realización natural del acto matrimonial. El contrato en cuestión no le confiere el derecho a la fecundación artificial, porque un tal derecho no está de ninguna manera expresado en el derecho al acto conyugal natural, y no puede ser de él deducido. Menos aún se le puede derivar del derecho «al niño», fin primario del matrimonio. El contrato matrimonial no da este derecho, porque él no tiene por objeto «el niño», sino los actos naturales que son capaces de engendrar una nueva vida. Así pues, se debe decir que la fecundación artificial vicia la ley natural y es contraria al derecho y a la moral». (Discurso al II Congreso Mundial de la Fertilidad y la Esterilidad, año 1965). Por lo mismo que la cópula matrimonial es un acto humano noble, querido y establecido por Dios para el bien de la sociedad, no menos que para el bien de los esposos, y que su realización no obedece a puro instinto animal, sino que intervienen en él las distintas vertientes vitales del hombre: orgánica, afectiva, ,psíquica y racional; el amor funde en uno dos seres en un acto que trasciende su propia vida para prolongarse en los hijos.

La vida nace durante la concepción

La semejanza natural con Dios, que en virtud del acto creador tiene el hombre, explica su dignidad ante todos los demás seres de la creación. Por su elevación al orden sobrenatural queda constituido miembro del cuerpo místico de Jesucristo, pues el bautismo lo ha sellado con el «carácter sacramental», la marca del cristiano.

Los datos más ciertos de la ciencia biogenética afirman que, desde el momento de la concepción, existe ya una vida humana. La Iglesia, desde sus comienzos, ha defendido y defiende la vida, incluso, del no nacido; tanto más, cuanto que se trata de un ser indefenso e inocente. Por otro lado, la dignidad del hombre rechaza toda manipulación. El Papa felizmente reinante, Juan Pablo II, con su característica energía, no exenta de bondad y mansedumbre cristiana, dijo: «Condeno del modo más explícito y formal las manipulaciones experimentales del embrión humano, porque el ser humano, desde su concepción hasta la muerte, nunca puede ser instrumentalizado, por ningún fin» (Discurso al congreso de la Pontificia Academia de Ciencias, nº 4). Señala el Papa otro aspecto de la inmoralidad de la fecundación «in vitro»; en efecto, se da manipulación de un ser humano, en embrión, que es vida humana que debe ser respetada y que tiene derecho a ser concebida y a nacer, según las leyes de la naturaleza, y no como efecto de manipulaciones científicas. Sin duda, el fin que se proponen los que intervienen y promueven la fecundación en probeta es bueno: dar un hijo a quienes de otro modo no podrían tenerlo. Un principio moral enseña que el fin debe ser bueno, pero los medios no son lícitos, si nos atenemos a las severas enseñanzas del Magisterio de la Iglesia: «No se puede hacer un mal para conseguir un bien». Lo contrario, «el fin justifica los medios» no es doctrina cristiana; es maquiavelismo que la Iglesia no aprueba.

La fecundación artificial que prescinde de la cópula camal de los esposos contradice la ley divina, ya que altera gravemente el orden natural que el Creador ha puesto en la transmisión de la vida. Además convierte el hombre en objeto de manipulaciones de laboratorio, con mengua evidente de su noble dignidad, lesionando con ello los derechos personales, y uno de ellos fundamental, que el hombre, aun en estado embrionario, es persona, con un destino trascendente. Otras cuestiones morales surgen con ocasión de la fecundación artificial en probeta, que no es este el momento de exponer, pero sí de indicar: ¿cómo se obtiene el esperma y cómo se extrae el óvulo? No todos los medios son lícitos.

No se debe olvidar la moral

No hay duda de que estamos ante una conquista de la ciencia, y algunos dirán que, sin más, debe ser aceptada. No todos los avances de la ciencia son plausibles; ha habido hipótesis consideradas científicamente y expuestas como doctrina segura, y que, sin embargo, la misma ciencia abandona después de ulteriores estudios. No todo lo que la ciencia propone es siempre éticamente válido. La Iglesia no cierra las puertas a la investigación y a la experimentación. No acepta los experimentos con el hombre, aun cuando sean valiosos; pero los permite tratándose de animales. No hace mucho tiempo, en un espacio televisivo, se expuso cómo se ha llevado a cabo la fecundación en probeta y que el ser así concebido, entonces estaba próximo a nacer. Nada se dijo de sus connotaciones morales, no obstante, el magisterio papal simplemente se afirmó que la Iglesia, en otros tiempos, oponía reparos, pero que en la actualidad la admite. Tratándose de materia tan grave, la frivolidad en las afirmaciones no es de recibo; la desorientación que las mismas hayan producido en muchas de las personas que las escucharon es lamentable. El Papa Juan Pablo II mantiene con firmeza, lo mismo respecto al aborto y a la contraconcepción, la doctrina de sus predecesores, ya que se trata de algo que afecta muy de cerca a la sapientísima ordenación del Creador y que no le es lícito al hombre quebrantar. Misión de la Iglesia es custodiar con fidelidad el sagrado depósito de la verdad y proponerla a los fieles de todos los tiempos, sin alterar su contenido sustancial.

«¿QUÉ HARÉ PARA TENER DEVOCIÓN A LA VIRGEN?¿NO LE TENÉIS DEVOCIÓN? HARTO MAL TENÉIS; HARTO BIEN OS FALTA: MAS QUERRÍA ESTAR SIN PELLEJO QUE SIN DEVOCIÓN A LA VIRGEN», dice San Juan de Ávila. Una devoción a la Virgen sólida y segura es rezar cada mañana y cada noche las TRES AVEMARÍAS pidiendo por la salvación eterna.