Padre Manuel Martínez Cano mCR.
En su exhortación apostólica “Gaudete et exsultate” el Santo Padre Francisco nos dice: “todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde uno se encuentre (…) En el fondo la santidad es vivir en unión con Cristo los misterios de la vida».
Si quieres alcanzar la perfección de la vida cristiana, si quieres ser santo, has de aprovechar bien el tiempo, sobrenaturalizar todos tus actos, seguir un plan de vida cristiana.
El plan de vida cristiana consiste en trazarse un horario, completo y detallado, de las ocupaciones y ejercicios de piedad, aprobado por el director espiritual, que se ha de practicar fielmente.
El plan de vida ha de tener tres partes esenciales: el horario, o cuadro de ocupaciones desde la mañana basta la noche; la lista de los defectos que se han de desterrar y las virtudes que son necesario practicar. Todo ello controlado por el examen de conciencia diario.
Para que el plan de vida produzca frutos de santidad ha de hacerse de acuerdo con el director espiritual, y no adoptarlo definitivamente hasta después de haberlo practicado un cierto tiempo, para comprobar si se adapta a nuestras obligaciones o si es necesario retocar algún detalle.
La utilidad del plan de vida es evidente. Sin este plan de vida se pierde mucho tiempo, nos vienen a veces dudas de lo que deberíamos hacer en un momento dado, gastamos tiempo en deliberar, se fomenta la indecisión, se descuidan las obligaciones o se cumplen desordenadamente, viniendo a parar en la inconstancia y flojedad de carácter.
Sujetándose a un plan de vida, sabiamente programado, no hay lugar a vacilaciones, ni pérdidas de tiempo, no queda nada importante sin preveer, se sobrenaturalizan las más pequeñas ocupaciones, por la obediencia al director espiritual, y educamos nuestra voluntad, sometiéndola al deber de cada momento.
El plan de vida ha de ser rígido y flexible a la vez. Flexible para no sentirnos esclavizados por él cuando la caridad con el prójimo o una circunstancia grave imprevista nos obligue a omitir algún ejercicio de piedad o sustituirlo por otro equivalente. Rígido para no dejar una válvula de escape a la inconstancia y al capricho del momento.
Sonia Díaz Parga es una chica de nuestros tiempos, murió en accidente de tráfico, dos meses antes de cumplir diecisiete años. En el prólogo del libro «Sonia, una muchacha que ha dejado huella», el Cardenal Jubany afirma que Sonia es «Una de esas almas grandes que viven en medio del mundo, con un inmenso amor a Dios». En el libro de Sonia aparece su plan de vida cristiana, en los meses de vacaciones, que transcribimos para que te sirva de orientación.
Como todos nosotros, Sonia tenía inclinaciones desordenadas, contra las que luchó heroicamente. Ella misma lo escribe en su diario: «Falta de humildad, hablé demasiado, falta de caridad, me distraje en la oración y en el Rosario, llegué tarde a Misa, soberbia, criticar y juzgar mentalmente, llegué tarde a la oración, egoísmo, me enfadé conmigo misma, perdí un poco la paciencia, vanidad, curiosidad, falta de abandono, respeto humano, vergüenza, falté por descuidada, sinceridad imperfecta, hablé demasiado». Siempre estaba alegre.
8,00 – Oración de la mañana
8,20 – Arreglo de camas
8,30 – Misa
9,00 – Acción de gracias
9,10 – Primera media hora de meditación
9,45 – Mi desayuno
10,15 – Taller
13,00 – Ayudar a dar el almuerzo a los
ancianos en la residencia
14,00 – Mi almuerzo
14,30 – Arreglo cocina, comedor
16,00 – Lectura espiritual
16,30 – Lectura de imitación de cristo
16,40 – Comprar, limpiar
18,30 – Visita al santísimo
19,30 – Segunda media hora de meditación
20,00 – Cena ancianos
21,00 – Mi cena, rosario, estudio espiritual.
23,30 – Oración de la noche
23,45 – Reposo
Del fondo del cajón de mi mesa, he sacado una carpeta y de la carpeta unos apuntes, que no recuerdo de donde los he tomado. Creo que merece la pena que los leamos, algo modificados.
El día de Santa Bernardita, me vino a la memoria estas palabras de la santa: “La Virgen me miraba como una persona mira a otra persona… tenía los ojos azules”. La Virgen también nos mira a nosotros, con todo el cariño que miran todas las madres juntas a sus hijos.
El dogma fundamental de la pastoral posverdad es: ¡No hay que hablar del infierno! Y ¿Por qué no hay que hablar del infierno? Sencillamente, porque nada ha llevado más almas al Cielo que recordar el infierno. El demonio tienta constantemente con la inexistencia del infierno. San Ignacio de Loyola nos dice que sí, del amor de Dios nos olvidáramos por nuestras faltas, que el temor al infierno nos impida cometer un pecado mortal, con el que iríamos a sufrir eternamente al infierno. Santa Faustina Kowalska que visitó los abismos del infierno, dice: “Una cosa he notado, y es que la mayor parte de las almas que hay allí son almas que no creían que existía el infierno”.
El que fue Presidente del Pontificio Consejo de Cultura Cardenal Paul Poupard, a la pregunta del periodista: “Se puede ser católico y nacionalista, ¿no?”, contestó: “No: el nacionalismo cultural implica desprecio o aversión hacia otros. Sí está bien el patriotismo: sentir amor por el propio país. Es la posición ecuánime entre el cosmopolitismo y el nacionalismo cultural”.