Padre Manuel Martínez Cano mCR.

Jesucristo descendió a los infiernosEl dogma fundamental de la pastoral posverdad es: ¡No hay que hablar del infierno! Y ¿Por qué  no hay que hablar del infierno? Sencillamente, porque nada ha llevado más almas al Cielo que recordar el infierno. El demonio tienta constantemente con la inexistencia del infierno. San Ignacio de Loyola nos dice que sí, del amor de Dios nos olvidáramos por nuestras faltas, que el temor al infierno nos impida cometer un pecado mortal, con el que iríamos a sufrir eternamente al infierno. Santa Faustina Kowalska que visitó los abismos del infierno, dice: “Una cosa he notado, y es que la mayor parte de las almas que hay allí son almas que no creían que existía el infierno”.

Jesús habla varias veces del infierno. Le llama gehenna de fuego donde el gusano no muere, ni el fuego se extingue; fuego eterno; fuego inextinguible; horno de fuego; suplicio eterno; allí hay tinieblas, aullidos y rechinar de dientes. Y, en el juicio final, dirá a los de la izquierda: “Apartaos de mí malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. 25, 41).

San Juan afirma en el Apocalipsis: “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, impuros, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Ap. 21, 8); los condenados “junto al diablo fueron arrojados al lago de fuego y azufre con la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap. 20, 10).

Varios concilios -IV de Letrán, II de Lyon, Florencia- enseñan que las almas de los que mueren en pecado mortal, inmediatamente después de la muerte, descienden al infierno, donde son atormentadas con penas infernales. La pena de daño en la privación de la visión beatífica de Dios. “Apartaos de mí, malditos al fuego eterno” (Mt. 25, 41). El fuego, que es el instrumento principal de las penas de sentido, no es un fuego metafórico sino un elemento real, verdadero y corpóreo, creado por Dios cuyos tormentos son inmensamente superiores al fuego que nosotros conocemos.

Benedicto XII declaró en su constitución dogmática Benedictus Deus: “Según la comunión ordenación de Dios, las almas de los que mueren en pecado mortal, inmediatamente después de la muerte, bajan al infierno, donde son atormentadas con suplicios infernales”.

El Concilio Vaticano II nos recuerda que: “Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, merecemos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandará ir, como siervos malos y perezosos al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes”.

Como no sabemos ni el día ni la hora: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición; y son muchos los que están en ella; más, ¡Qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentra” (Mt. 7, 13-14). Son palabras de Jesús, no de los “curas de antes”.

Sí, es dogma de fe que el infierno existe. Y los santos nos advierten que son muchos los que se condenan. San Enrique de Ossó nos recuerda que: “Las puertas del infierno son los pecados, pues por ellas, ellos se precipita los hombres a él, y quienes abren esas puertas del infierno son las ocasiones de pecar, las malas compañías, malos ejemplos, malas lecturas, escándalos… No te fíes de la virtud pasada, ni de los buenos propósitos presentes… Sólo en la huida de las ocasiones está el verdadero remedio para no caer en pecado”.

Santa Teresa de Jesús vio el lugar que los demonios le tenían aparejado en el infierno: “Sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender como poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan incomportables, que con haberlos pasado en vida gravísimos, y, según dicen los médicos, los mayores que se puedan acá pasar, no es todo nada en comparación de lo que allí sentí y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar”. “No veía yo quien los daba más sentíame quemar y desmenuzar, a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación es lo peor”.

“¿En qué juicio cabe querer más arder con Lucifer que reinar con Cristo?” (San Juan de Ávila).

“El hombre en cierta medida está perdido, se han perdido también los predicadores, los catequistas, los educadores, porque han perdido el coraje de amenazar con el infierno”. (San Juan Pablo II).

Con San Juan Pablo II y todos los santos y santas, combatamos los nobles combates de la fe contra Satanás y sus secuaces ¡Salvemos almas!