Miguicas 302

«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Sur se levantará en el juicio contra los hombres de esta generación y hará que los condenen, porque ella vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay uno que es más que Salomón. Los hombres de Nínive se alzarán en el juicio contra esta generación y harán que la condenen; porque ellos se convirtieron con la proclamación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás».

Padre Martínez m.C.R.

* “Somos con la Madre Patria algo más que un conjunto de naciones, somos una· estirpe, brote entrañable con vida tan propia como común a todos los pueblos americanos” (+ Roberto J. Tavella, Arzobispo de Salta).

* La Sagrada Escritura se divide en dos partes: Antiguo y Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento contiene 46 libros, inspirados por Dios antes de la venida de Jesucristo. El Nuevo Testamento contiene 27 libros, inspirados por Dios, escritos después de Jesucristo por los Apóstoles y discípulos del Señor.

* Libros del Antiguo Testamento: a) Históricos: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, Samuel, 1º y 2º; Reyes, 1º y 2º; Paralipómenos o Crónicas, 1º y 2º; Esdras (Esdras y Nehemías), Tobías, Judit, Esther, Macabeos, 1º y 2º.

* b) Didácticos o poéticos: Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría, Eclesiástico.

* c) Proféticos: Los cuatro grandes profetas: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, con Lamentaciones y Baruc. Los doce profetas menores: Amós, Oseas, Miqueas, Sofonías, Nahúm, Ageo, Habacuc, Zacarías, Malaquías, Abdías, Joel, Jonás.

* “La democracia cristiana que propugnó León XIII es la “acción benéfica en favor del pueblo”. No es lícito transferir al campo político el nombre de democracia cristiana” (León XIII).

* “Dad la forma que queráis a la Doctrina Católica, y a pesar de la forma que le deis, todo será cambiado en un punto y veréis renovada la faz de la tierra” (Donoso Cortés).

El octavo día 97 – LIBERTAD RELIGIOSA Y DEBERES RELIGIOSOS DE LA SOCIEDAD (II)

D. José Guerra Campos
El octavo día
Editorial Nacional, Torrelara, Madrid, 1973

Declaraciones a “YA” de 24 de noviembre de 1965, durante la etapa última del Concilio Vaticano II. (2)

En este sentido, el texto es de una claridad meridiana. Su lectura bastará para disipar todo equívoco.

Pero hay otros aspectos en relación con las manifestaciones sociales de la vida religiosa que, por no ser objeto inmediato de la declaración, pueden escapar a la atención de muchos lectores. Uno ha oído y leído ya más de una interpretación extraña, que deja la impresión de que el documento conciliar es casi una revolución traumática en la vida de la Iglesia. Sobre dichos aspectos queremos centrar particularmente varias preguntas.

Conscientes de que en estas cuestiones hay muchos aspectos opinables y modos de actuar sujetos a posibles revisiones, desearíamos, con todo, precisar lo que va a ser oficialmente enseñanza conciliar. No prejuzgamos las iniciativas y los movimientos exploradores de sana renovación que puedan brotar en distintos sectores de la Iglesia, pero tampoco ignoramos que al amparo del aggiornamento pululan audacias superficiales o, en todo caso, se tiende a confundir o mezclar nocivamente las opiniones personales o de grupo con la auténtica doctrina de la Iglesia promulgada en el Concilio. Para la pureza y la eficacia de la multiforme y dinámica labor renovadora es necesario que se mantengan nítidos los contornos de aquella doctrina: punto de referencia, el único autorizado, para todos.

Después de todo, la suprema voz de la Iglesia es la que ha fijado qué se ha de entender por aggiornamento. El Padre Santo, en la solemne sesión pública del 18 de noviembre, habló con prodigiosa lucidez del período que comienza ahora tras el Concilio:

“El de la aceptación y la ejecución de los decretos conciliares… La discusión acaba; empieza la comprensión… Es este el período del verdadero aggiornamento, preconizado por el Papa San Juan XXIII, el cual no quería ciertamente atribuir a esta programática palabra el significado que alguno intenta darle, como si ella consintiera «relativizar», según el espíritu del mundo, todas las cosas de la Iglesia, dogmas, leyes, estructuras, tradiciones… Aggiornamento querrá decir de ahora en adelante para nosotros sabia penetración del espíritu del Concilio que hemos celebrado y aplicación fiel de sus normas”.

Semillicas 304

San Juan de Dios salvando a los enfermos del incendio del Hospital Real de Granada

Padre Cano, m.C.R.

* “Precisamente por nuestra común prosapia de hidalguía, tenemos un gran papel en el mundo” (Francisco Franco Bahamonde).

* San Pablo decía a los primeros cristianos: “Os alabo porque en todas las cosas os acordéis de mí y conservéis las tradiciones, tal como os la he transmitido” (1ª Cor. 11, 2).

* La Tradición divina la tenemos hoy en: a) El consentimiento unánime de los Santos Padres sobre una doctrina de fe o costumbres que ellos tienen por cierta, como testigos o como doctores auténticos y acreditados.

* b) El sentir unánime de los teólogos. c) El sentir unánime del pueblo cristiano. d) Las definiciones de los Concilios y de los Papas. e) Las profesiones de fe o credos.

* La Sagrada Escritura (o Biblia) es el conjunto de libros escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, que tienen a Dios como autor principal y al hombre como autor secundario.

* La revolución es la pretensión de subvertir y destruir el orden natural y divino. Es el plan diabólico para llevar almas al infierno.

* “De aquella herejía -la protestante- nacieron en el siglo pasado una filosofía falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia como la única libertad” (León XIII).

DEFENSA de la HISPANIDAD 14

CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA

Ramiro de Maeztu

LA SEPARACIÓN DE AMÉRICA 8

De la Monarquía Católica a la territorial (I)

En general, los hispanoamericanos no se suelen hacer cargo de que lo mismo su afrancesamiento espiritual, que su sentido secularista del gobierno y de la vida, que su afición a las ideas de la Enciclopedia y de la Revolución son herencia española, hija de aquella extraordinaria revisión de valores y de principios que se operó en España en las primeras décadas del siglo XVIII y que inspiró a nuestro gobierno desde 1750. Y es que los libros escolares de Historia no suelen mostrarles que las ideas y los principios son antes que las formas de gobierno.

 Los principios han de ser lo primero, porque el principio, según la Academia, es el primer instante del ser de una cosa. No va con nosotros la fórmula de «politique d’abord», a menos que se entienda que lo primero de la política ha de ser la fijación de los principios. Aunque creyentes en la esencialidad de las formas de gobierno, tampoco las preferimos a sus principios normativos. La prueba la tenemos en aquel siglo XVIII, en que se nos perdió la Hispanidad. Las instituciones trataron de parecerse a las de mil seiscientos. Hasta hubo aumento en el poder de la Corona. Pero nos gobernaron en la segunda mitad del siglo masones aristócratas, y los que se proponían los iniciados, lo que en buena medida consiguieron, era dejar sin religión a España.

 La impiedad, ciertamente, no entró en la Península blandiendo ostensiblemente sus principios, sino bajo la yerba y por secretos conciliábulos. Durante muchas décadas siguieron nuestros aristócratas rezando su rosario. Empezamos por maravillarnos del fausto y la pujanza de las naciones progresivas: de la flota y el comercio de Holanda e Inglaterra, de las plumas y colores de Versalles. Después nos asomamos humildes y curiosos a los autores extranjeros, empezando por aquel Montesquieu que tan mala voluntad nos tenía. Avergonzados de nuestra pobreza, nos olvidamos de que habíamos realizado, y continuábamos actualizando, un ideal de civilización muy superior a ningún empeño de las naciones que admirábamos. Y como entonces no nos habíamos hecho cargo, ni ahora tampoco, de que el primer deber del patriotismo es la defensa de los valores patrios legítimos contra todo lo que tienda a despreciarlos, se nos entró por la superstición de lo extranjero esa enajenación o enfermedad del que se sale de sí mismo, que todavía padecemos.