* ¡Si Cristo no Reina en la sociedad, reinará Satanás!
* «Cada casa ha de ser un Sagrario, en el Corazón de María» (P. Vallet).
* En la católica Colombia, también, muchos seguidores de Jesús son amenazados, acosados, extorsionados e incluso asesinados.
* No tengamos miedo a ser santos para salir de la abulia, para salvar millones y millones de almas, cuantos sean tus deseos de salvación.
* «No tengáis miedo… Estén dispuestos a dejar todas las cosa por Cristo para seguirlo como misioneros del Evangelio» (San Juan Pablo II).
* San Pablo VI nos ha dicho que estamos en el tiempo de autodemolición de la Iglesia. A la autodemolición de la Iglesia seguirá la autodestrucción del mundo. No soy profeta.
* La señora que cuida a mi obispo Don José Guerra Campos, decía que el Señor obispo, que en gloria esté: «conservaba la pureza angelical de la infancia y la ilusión apostólica de un recién ordenado».
* Sor Lucía, la vidente de Fátima, escribió una carta al Arzobispo de Valladolid el 12 de junio de 1941. Entre otras cosas escribe: «El Señor se lamenta de la frialdad y relajación del Clero de España, tanto secular como regular y de la tibieza de la vida de pecado del pueblo cristiano… el número de los que practican una vida de renuncia y sacrificio es muy limitado Jesús dice: necesito almas que se sacrifiquen por mí y por las almas».
El Cielo me ha concedido una gracia más, conocer de cerca al que fue obispo de la diócesis de Cuenca, Don José Guerra Campos. Siempre había oído hablar de su sabiduría, prudencia y santidad. Lo conocía por lo que otros decían de él.
El primer contacto personal fue en la clínica »Tres Torres» de Barcelona. Me quedé una tarde para hacerle compañía, aunque la compañía me la hizo él a mí. Empezamos a hablar del último examen que había realizado que había sido el de música. La puerta quedó abierta al diálogo, yo con mis pocas nociones y él redondeando e instruyéndome. Hasta me tarareó algunos himnos a los mártires en latín. Fueron dos horas de conversación, dos horas que fueron un instante pues el tiempo pasó fugazmente.
Su muerte fue para todos una sorpresa, dejándonos atónitos, pero al mismo tiempo fue motivo de alegría, porque el Señor quiso escoger nuestra casa para que un obispo santo entregara su alma al Altísimo y dejase la estela de santidad para que nosotros tomemos el relevo de todo aquello que él defendió: el honor de Dios, de la Iglesia, y de la España católica. Actualmente muchos utilizan a la Iglesia para promover sus políticas particulares olvidando lo principal: «La Mayor Gloria de Dios». Don José Guerra Campos no se sirvió de la Iglesia sino que la sirvió y luchó por una España cristiana, en la que los derechos de Dios deben estar por encima de todo.
Me tocó velar su cuerpo desde las tres y media hasta las cuatro y media de la madrugada. Sus restos mortales seguían hablándome e instruyéndome. Recuerdo perfectamente aquella noche: tres velas encendidas a cada lado del féretro; la luz apagada; sólo la luz de las candelas alumbraba la faz serena del cadáver. Mi mirada se fijó en su rostro. En aquel instante un remanso de paz invadió todo mi ser. Lo normal hubiera sido que yo hubiera pedido por él, pero pensé que lo mejor que podía hacer era pedirle un ápice de la sabiduría que Dios le había concedido, como Eliseo pidió a Elías una parte de su espíritu.
José Guerra Campos fue un profeta de los últimos tiempos, y fue apartado como fueron apartados tantos profetas. Apartado porque molestaba, porque decía la verdad, porque denunció los males actuales, tanto dentro como fuera de la Iglesia y, porque un profeta, no es bien visto en su tierra.
José Guerra Campos dijo «sí» a Dios, como la Virgen María en Nazaret: «hágase en mí según tu palabra». Y nosotros, ¿hemos dado nuestro «sí» a Dios? ¿Cuánto tardaremos en darlo? ¿Queremos ser fieles a la Iglesia Católica como Don José Guerra Campos? Hemos de vaciar nuestras casas de comodidades superfluas, vivir con espíritu de oración familiar, rezar juntos el Santo Rosario. Ser testigos de Cristo en este mundo que anda a la deriva. Ser imágenes vivas de la Virgencita de Nazaret en este mundo corrompido.
Durante la travesía hacia Roma el barco naufragó y arribaron milagrosamente a Malta, en la primavera del 61. Los cristianos de Puzol recibieron con mucho cariño a Pablo en las costas italianas (Hch 28, 13). Conducido hacia Roma salieron al encuentro de Pablo los cristianos de Tres Tabernae.
Pablo estuvo dos años preso en Roma, pero podía tratar con los cristianos y continuar con su apostolado entre los gentiles. Puesto en libertad pudo realizar su plan de venir a España.
Encarcelado de nuevo, Pablo escribió las cartas pastorales a Timoteo y a Tito. El gran Apóstol de los gentiles murió en Roma, en la persecución de Nerón, el 29 de junio del año 67.
La acción evangelizadora de San Pablo entre gentiles fue trascendental para realizar el mandato de Cristo de que su Iglesia se estableciera en todo el mundo. Las persecuciones de la Sinagoga habían sido superadas.
– SAN PABLO EN ESPAÑA
La mayoría de los historiadores contemporáneos están convencidos de que San Pablo vino a España. Es la tradición española que tiene mejor fundamento. El mismo Pablo dice en su carta a los Romanos, escrita en Corinto, que desea venir a España: »Cuando me dirija a España, espero, al pasar, veros a vosotros» (Rom 15, 24).
El Papa San Clemente Romano (finales del siglo I), dice de San Pablo que había ido hasta »los confines de Occidente». Expresión usada por los geógrafos de aquellos tiempos para designar a España, como lo reconoce la crítica histórica de nuestros tiempos.
El Fragmento Muratoriano, escrito hacia el año 200, dice: »Lucas cuenta lo que sucedió en su presencia como lo prueba… su silencio acerca del martirio de San Pedro y del viaje de Pablo a España».
El libro apócrifo »Hechos de los Santos Pedro y Pablo», escrito de finales del siglo II, afirma: «Habiendo llegado San Pablo a Roma desde España».
Varias ciudades españolas conservan tradiciones antiguas acerca de San Pablo. Las más consistentes son las de Tarragona, que por su importancia y como puerto de mar obligado desde Roma, era la ciudad más apropiada para la llegada del Apóstol de los gentiles.
– HEREJÍAS DEL TIEMPO APOSTÓLICO
A los enemigos exteriores de la Iglesia -judíos y filósofos paganos- se unieron los enemigos internos, los herejes, a los que también se enfrentó la Iglesia. Son herejes los cristianos que defienden errores doctrinales contra lo enseñado dogmáticamente por la Iglesia.
San Juan, San Pablo y San Pedro combaten herejías en sus cartas. Los Hechos de los Apóstoles hablan de Simón el Mago, a quien se le atribuye un sistema de doctrina muy complicado, base de la herejía gnóstica.
Un error común entre los primeros herejes fue negar la divinidad de Jesucristo. Decían que Jesús tenía solamente un cuerpo aparente. Por eso se le llamaba Docetas.
Uno de los primeros herejes fue Cerinto, quien decía que Jesús era hijo de José y María, hombre verdadero, con verdadero cuerpo humano, pero sólo hombre. En el instante de ser bautizado, se le unió Cristo, la fuerza de Dios, con cuya virtud obró milagros; pero fue abandonado de Dios en la Cruz, de tal manera que sólo sufrió el simple hombre Jesús.
Los Ebionitas, descendientes de los primeros judeo-cristianos, coincidían con Cerinto en negar la divinidad de Cristo. Decían que Jesús, por su ejemplar santidad, fue consagrado por Dios como Mesías el día de su bautismo; y que el Mesías se retiró del hombre Jesús antes de la Pasión.
San José, os suplico que me guieis en mi viaje de esta vida a la eterna
Os felicito, glorioso San José, y doy infinitas gracias a Dios por haberos escogido para padre adoptivo de su unigénito Hijo y para guía del mismo Jesús y de su Santísima Madre en sus penosos viajes durante su vida mortal: por esta vuestra felicidad, os suplico que me guieis en mi viaje de esta vida a la eterna, alcanzándome la gracia de purificar a menudo mi alma en el santo Sacramento de la Penitencia. Así sea, Jesús, María y José.