Miguicas 171

Padre Martínez m.C.R.

san ildefonso, obispo* Dios fue siempre fiel a su pueblo Israel y hoy es fiel al hombre infiel. Siempre le está esperando en el confesionario.

* El poder se justifica cuando sirve al derecho. El derecho justifica al poder al colocar la fuerza al servicio de la justicia.

* He dicho más de una vez que la democracia es inhumana. No le importa en absoluto la justicia, ni la verdad ni el bien.

* Hay quienes les gustan charlar con su imaginación que da falsas razones para afirmarnos en nuestra soberbia, pereza, vanidad…

* Si no hay una Ley Natural que cumplir se sigue la brutalidad de los instintos, las pasiones desordenadas, los siete pecados capitales.

* Los marxistas y comparsas no van a transformar el mundo, como decía Marx. Corrompen a muchos, pero el hombre será siempre imagen de Dios.

* Dios creó a Adán y Eva bellos y libres. El mal uso de la libertad manchó su belleza y santidad. Usemos nuestra libertad para ser santos, eternamente felices.

Modestia y moda (1)

¿Qué es la moda?

sagrada familia en nazaret trabajandoLa moda es un ser conocido de todos; aunque no todos sepan definirla. Una de las palabras que primero se aprenden y con más frecuencia se repite. Moda, si buscas el origen de esa palabra la encontrarás en la lengua latina. La palabra moda se deriva del vocablo latino «modus»; que significa modo, manera de obrar. Y eso es de hecho la moda: la manera de ser y de obrar en determinada región y cada época de la historia.

Pudiera decirse también que es algo así como el estilo: se acomoda a las normas de él y sufre las mismas variantes. El estilo de una época se extiende a todas las manifestaciones de la vida humana: sobre todo a las artes. Todas las artes se ponen de acuerdo para adoptar el estilo de la época: literatura, pintura, música, escultura, arquitectura. Y en consonancia con las artes adoptan el estilo imperante los vestidos. El estilo de la época imprime una marca, un sello especial a todas las cosas que rodean al hombre: a los edificios públicos, a la casa al mobiliario, a los cuadros, a los adornos. Sumergido en ese ambiente peculiar de la época, es inevitable que el hombre acomode su indumentaria, al escenario en que se mueve. Esto lo consigue con el vestido. La moda es lo que se estila, lo que se lleva.

La moda impera en todos los campos de las costumbres humanas y de las artes, pero la palabra moda se aplica de un modo especial a los vestidos y al adorno de la persona. La moda es la corriente impetuosa irresistible que determina la forma, el color y la calidad de la indumentaria y del adorno personal. Cambia cada año y cambia con las estaciones del año. Las revistas que vulgarizan los cambios son revistas de modas. Los innovadores o creadores de las nuevas formas de trajes se llaman modistos y modistas. Ellos imponen sus gustos… y las clientes con más o menos repugnancia, servilmente los aceptan. El cambio de estación provoca una preocupación en la mujer del mundo.

Las modistas de las poblaciones se desplazan con anticipación a las ciudades, emporio de la moda; y vienen cargadas con los modelos que lucirán en la estación que se acerca. Serán más o menos cómodos, más o menos estéticos, pero se aceptan con sumisión digna de mejor causa. Nadie se reirá, aunque el modelo sea ridículo. Ante él se inclinan sumisamente las cabezas, es la moda, es lo que se lleva. Argumento supremo capaz de justificar todas las ridiculeces y procacidades. Si no se llevara, haría reír. Como se lleva, merece veneración y acatamiento. No se lleva. Es la sentencia de muerte contra vestidos, muebles, joyas… Si no se lleva, hay que arrinconarlo. Que la mujer de sociedad se presente con su sombrero, unos guantes, unos zapatos, un vestido, que no se llevan… Por muy lujosos, por muy elegantes que sean, atraerá las miradas de todos y sembrará un reguero de sonrisas burlonas. La moda es un tirano despótico que lo arrolla todo. Entierra los muebles más lujosos, los vestidos más caros.

Es el arma que utilizan los corruptores de la sociedad para sus fines perversos. ¿Queremos matar el pudor de la mujer? Pongamos de moda vestidos indecorosos. La moda es el secreto que manejan industriales y comerciantes para enriquecerse. Hay que cambiar de vestidos, aunque estén bien conservados. Para ellos cambiar es la moda. Esta palabra mágica penetra en el santuario; y derriba y encumbra predicadores y confesores. Este pasó de moda. El otro sí está de moda.

Amor de Cataluña (1)

Francisco Elías de Tejada

jesucristo y la virgen prudenteVerdad es que no faltarán mal intencionados que vengan a preguntarme a mí qué clase de autoridad tengo, habiendo abierto los ojos nada menos que en la Puerta del Sol del Madrid de la centralización, enraizado en el meollo peninsular de una Extremadura de conquistadores remotos y de dehesas de hoscos encinares, para titularme catalán delante de vosotros, los herederos del alma gloriosa de la Cataluña mediterránea y riente, cuajada en unos estilos vitales tan diversos de los que vivieron mis mayores. Diríase que mis paladares son demasiado toscos para saborear todos aquellos “fruits saboroses” de que habló con dulce magia poética Josep Carner en uno de los libros más bellos que leerse puedan; que no sabré por mor de mis rudezas de varón de tierra adentro catar los sabores de “la poma escollida”, de “les peres jovenetes”, de “les magranes flamejants”, de “les gracioses ametlles”, de “les prunes d’or”, de “les cireres ingènues”, de “els raïms immortals”, de toda la generosa riqueza de esta tierra clásica y dorada. Se me acusará de que no sé escuchar “la veu del Montseny” que encandilaba a mosén Jacinto Verdaguer, ni captaré el encanto ancestral que aroma la pluma de Joan Maragall cuando proclama que: “la sardana és la dansa més bella de totes les danses que es fan i es desfán”

O sea, se me considerará inapto, por defectos de temple humano, para entender ni por asomos, y no digamos ya para valorar debidamente, las creaciones culturales, políticas y jurídicas, el tesoro histórico de la Tradición catalana. Por haber nacido en la Puerta del Sol, arraigado en la áspera, casi cerril Extremadura, yo quedo fuera de ese complejo que -las palabras no importan, sino su sentido- llamaba Enrique Prat de la Riba “la nacionalitat catalana” y era dicho por Antonio Rovira i Virgili “l’esperit nacional” en las primeras páginas del primer tomo de su Historia nacional de Catalunya.

A quienes me repudien por tal causa pudiera responderles con el aprecio, injustificado pero cierto, que mis humildes estudios sobre Cataluña han merecido a cimeros catalanes de nuestro tiempo. No repito aquí, por rubores de modestia y convicción de tratarse de exageraciones, el epistolario que guardo en cartas autógrafas de un Cardenal Albareda, de un Jaume Vicens Vives, de un Maurici Serrahima, de Delfí Dalmau, de Salvador Savall i Creus, de Octavi Saltor Soler, de Federico Roda Ventura, de Juan Ventosa y tantos otros; cartas en las que se proclamaba con encomios que callo lo que suponían para la historia del pensamiento catalán los juicios salidos de mi pluma y los hallazgos conseguidos en mis búsquedas de estudioso, juicios y hallazgos que según ellos me hacían acreedor al perpetuo agradecimiento de los catalanes todos.

Y es, amigos míos, que existen dos claves del amor: el amor que nace y el amor que elige, el amor a la madre y el amor a la esposa, el amor que cifra su hábito en el ayer forzado y el amor que vibra en el presente libremente escogido. En el amor a la madre se quiere porque sí, con la pasión telúrica que va más allá de los razonamientos, con la entrega ciega a una coyuntura heredada, con la férvida trabazón que ata con ligaduras más fuertes que los bríos de la voluntad. En el amor a la esposa se quiere con admiraciones fecundas, el magno amor que el Filósofo tuvo por auténtico cuando estampó que amar es el anhelo de engendrar en belleza. El amor a la esposa es el amor voluntario, el amor de elección en donde sabemos lo que queremos, el amor tachonado de deslumbramientos valoradores, el amor que al darse al ser amado significa la donación entera de quien ama.

Semillicas 173

Padre Cano, m.C.R.

san vicente, diacono y martir* Dios quiere que le manifestamos nuestro amor en la manera de tratar a prójimo.

* Hay quienes a términos como «pecado, infierno», lo han vaciado de su contenido real y verdadero.

* La democracia es un mito. Exalta al hombre para limitarlo con miles de leyes absurdas, inhumanas.

* El fin de la política es el bien común. El fin de la democracia moderna es el mal, corromper a los ciudadanos.

* Conforta saber que Jesucristo nos ama tal como somos. Con nuestros defectos y nuestra dureza de corazón.

* Vivimos unos tiempos de confusión y sensualismo. No nos evadamos con futurismos. Vivamos santamente el presente.

* Se habla mucho del «buenísmo» de ciertos eclesiásticos. Es permisivismo moral o dogmático. Cosa del Maligno.

«Mi Corazón es como un Libro abierto» (12)

Nuestra Señora y el Divino Niño

maría y niño jesúsCuando me preparaba para comulgar pedí a la Virgen que me diera a su Hijo. Entonces la vi vestida con una túnica rosa muy pálido y lo mismo el velo. Estaba en pie y tenía en su brazo derecho al Niño, tapadito con un lienzo blanco, pero no se le veía la cabecita ni nada. Me dijo, tan buena y tan Madre como siempre:

«Mira, hija querida: te traigo a Jesús”. Y al decir esto, me lo ha descubierto. «Colócale muy adentro en el fondo de tu corazón, porque tiene mucho frío: tú al menos ámale mucho y le darás calor; ¡te ama tanto y es tan bueno! Que Él solo sea el Rey de tu corazón».

Entonces Jesús con vocecita muy tierna como de niño pequeño le dijo: «Madre: he pedido a Josefa me haga una túnica adornada con muchas almas. ¡Son tantas las que huyen de Mí!»

Entonces Nuestra Señora volviéndose a mí repuso: «Sí, dale almas, hija mía, no consientas que se alejen de Él. ¡Mira que va a llorar! Te quiere pequeña, muy pequeña… Tanto, que puedes colocarte aquí».

Y señalaba el huequecito que quedaba entre su Corazón y el Niño.

Decía esto sonriendo y el Niño la miraba y también sonreía.

«¡Si supieras lo bien que estarías…!», añadió la Virgen. Y Jesús moviendo los bracitos para atraerme: «Pruébalo y verás».

Prometí obedecerle, y, como empezase a cubrir al Niño para irse, le pedí permiso para besarle los pies.

Me lo concedió y, mientras los besaba, el Niño con su manita me acariciaba con suavidad indecible. Después besé la mano de la Virgen.

«Adiós, hija, me dijo: no te olvides de la túnica de mi Hijito. Dale calor y dale almas».

Y se fueron los dos.