Francisco Elías de Tejada

jesucristo y la virgen prudenteVerdad es que no faltarán mal intencionados que vengan a preguntarme a mí qué clase de autoridad tengo, habiendo abierto los ojos nada menos que en la Puerta del Sol del Madrid de la centralización, enraizado en el meollo peninsular de una Extremadura de conquistadores remotos y de dehesas de hoscos encinares, para titularme catalán delante de vosotros, los herederos del alma gloriosa de la Cataluña mediterránea y riente, cuajada en unos estilos vitales tan diversos de los que vivieron mis mayores. Diríase que mis paladares son demasiado toscos para saborear todos aquellos “fruits saboroses” de que habló con dulce magia poética Josep Carner en uno de los libros más bellos que leerse puedan; que no sabré por mor de mis rudezas de varón de tierra adentro catar los sabores de “la poma escollida”, de “les peres jovenetes”, de “les magranes flamejants”, de “les gracioses ametlles”, de “les prunes d’or”, de “les cireres ingènues”, de “els raïms immortals”, de toda la generosa riqueza de esta tierra clásica y dorada. Se me acusará de que no sé escuchar “la veu del Montseny” que encandilaba a mosén Jacinto Verdaguer, ni captaré el encanto ancestral que aroma la pluma de Joan Maragall cuando proclama que: “la sardana és la dansa més bella de totes les danses que es fan i es desfán”

O sea, se me considerará inapto, por defectos de temple humano, para entender ni por asomos, y no digamos ya para valorar debidamente, las creaciones culturales, políticas y jurídicas, el tesoro histórico de la Tradición catalana. Por haber nacido en la Puerta del Sol, arraigado en la áspera, casi cerril Extremadura, yo quedo fuera de ese complejo que -las palabras no importan, sino su sentido- llamaba Enrique Prat de la Riba “la nacionalitat catalana” y era dicho por Antonio Rovira i Virgili “l’esperit nacional” en las primeras páginas del primer tomo de su Historia nacional de Catalunya.

A quienes me repudien por tal causa pudiera responderles con el aprecio, injustificado pero cierto, que mis humildes estudios sobre Cataluña han merecido a cimeros catalanes de nuestro tiempo. No repito aquí, por rubores de modestia y convicción de tratarse de exageraciones, el epistolario que guardo en cartas autógrafas de un Cardenal Albareda, de un Jaume Vicens Vives, de un Maurici Serrahima, de Delfí Dalmau, de Salvador Savall i Creus, de Octavi Saltor Soler, de Federico Roda Ventura, de Juan Ventosa y tantos otros; cartas en las que se proclamaba con encomios que callo lo que suponían para la historia del pensamiento catalán los juicios salidos de mi pluma y los hallazgos conseguidos en mis búsquedas de estudioso, juicios y hallazgos que según ellos me hacían acreedor al perpetuo agradecimiento de los catalanes todos.

Y es, amigos míos, que existen dos claves del amor: el amor que nace y el amor que elige, el amor a la madre y el amor a la esposa, el amor que cifra su hábito en el ayer forzado y el amor que vibra en el presente libremente escogido. En el amor a la madre se quiere porque sí, con la pasión telúrica que va más allá de los razonamientos, con la entrega ciega a una coyuntura heredada, con la férvida trabazón que ata con ligaduras más fuertes que los bríos de la voluntad. En el amor a la esposa se quiere con admiraciones fecundas, el magno amor que el Filósofo tuvo por auténtico cuando estampó que amar es el anhelo de engendrar en belleza. El amor a la esposa es el amor voluntario, el amor de elección en donde sabemos lo que queremos, el amor tachonado de deslumbramientos valoradores, el amor que al darse al ser amado significa la donación entera de quien ama.