Nuestra Señora y el Divino Niño

maría y niño jesúsCuando me preparaba para comulgar pedí a la Virgen que me diera a su Hijo. Entonces la vi vestida con una túnica rosa muy pálido y lo mismo el velo. Estaba en pie y tenía en su brazo derecho al Niño, tapadito con un lienzo blanco, pero no se le veía la cabecita ni nada. Me dijo, tan buena y tan Madre como siempre:

“Mira, hija querida: te traigo a Jesús”. Y al decir esto, me lo ha descubierto. “Colócale muy adentro en el fondo de tu corazón, porque tiene mucho frío: tú al menos ámale mucho y le darás calor; ¡te ama tanto y es tan bueno! Que Él solo sea el Rey de tu corazón”.

Entonces Jesús con vocecita muy tierna como de niño pequeño le dijo: “Madre: he pedido a Josefa me haga una túnica adornada con muchas almas. ¡Son tantas las que huyen de Mí!”

Entonces Nuestra Señora volviéndose a mí repuso: “Sí, dale almas, hija mía, no consientas que se alejen de Él. ¡Mira que va a llorar! Te quiere pequeña, muy pequeña… Tanto, que puedes colocarte aquí”.

Y señalaba el huequecito que quedaba entre su Corazón y el Niño.

Decía esto sonriendo y el Niño la miraba y también sonreía.

“¡Si supieras lo bien que estarías…!”, añadió la Virgen. Y Jesús moviendo los bracitos para atraerme: “Pruébalo y verás”.

Prometí obedecerle, y, como empezase a cubrir al Niño para irse, le pedí permiso para besarle los pies.

Me lo concedió y, mientras los besaba, el Niño con su manita me acariciaba con suavidad indecible. Después besé la mano de la Virgen.

“Adiós, hija, me dijo: no te olvides de la túnica de mi Hijito. Dale calor y dale almas”.

Y se fueron los dos.