guerra camposAteísmo-Hoy
José Guerra Campos
Obispo de Cuenca
Fe Católica-Ediciones, Madrid, 1978

  1. Responsabilidad del ateo ante Dios.

Por último -y en este punto falla mucho el llamado diálogo con los ateos- la Iglesia no puede dejar de recordar al ateo su propia, intransferible y principal responsabilidad. Nadie puede cerrar los ojos a la luz, y menos con la excusa de que la luz está entre tinieblas. El ateo es el primer obligado a poner las condiciones adecuadas para buscar, para invocar, para responder a Dios.

Para ello es indispensable, previamente, superar un error reciente, que es situar las actitudes y los diálogos o relaciones con los ateos en planos no religiosos, en el plano meramente social de las confrontaciones humanas, con un intercambio horizontal de acusaciones, defensas, comprensiones o incomprensiones mutuas. Eso solo no vale para nada. Puede ser una ‘coartada. Hay que situarse en el terreno específicamente religioso o teológico. Y no vale oponer que esto no es posible al no creer en Dios: hay en todo caso una referencia a Dios, tratando de su presencia O de su ausencia. Cada uno tiene que situarse ante Dios. (Si nos detenemos demasiado en el plano de las confrontaciones puramente sociales, perdemos lastimosamente el tiempo; acabaríamos antes diciendo: “ganas tú y gano yo, yo tengo mucha culpa y tú también, no hay más que hablar… Tan amigos”. ¿Para qué perder el tiempo en más, si reconocemos en nuestro trato sinceridad y buena voluntad?).

Situado cada uno, de modo intransferible, en el ámbito de la intimidad religiosa, hay que suscitar el sentimiento de la responsabilidad ante Dios, que es inseparable de la afirmación de la propia dignidad personal y de la propia libertad. Si no hay responsabilidad, tampoco hay dignidad, tampoco hay libertad.

Entendámonos: es cierto que, según dice el Concilio, “Dios es el único Juez y escrutador del corazón humano, y no podemos juzgar de la culpa interior de los demás” (81). La misma Iglesia afirma solemne y jurídicamente que ni ella juzga de lo interno. Pero no se trata de juzgar a nadie en concreto, sino de advertir a todos -empezando por uno mismo- que hemos de dar cuenta a Dios. El que los creyentes tengamos que confesar que con nuestras infidelidades contribuimos a velar la faz del Señor no nos incapacita ni nos dispensa de señalar fraternalmente al ateo su responsabilidad ante un Dios que solicita suavemente su atención. El Concilio lo dice tajantemente: “Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa” (82).

Si, para desentenderse de esa llamada de Dios o de su búsqueda se alega, como es frecuente, la oscuridad y las dificultades o lo intrincado del problema, habrá que advertir (para todos, cada uno en el nivel de acercamiento a Dios en que esté) que hay oscuridades e ignorancias que excusan, pero que hay también cegueras culpables, que constituyen la máxima culpa. (Las máximas culpas no son tan conscientes como lo supone una psicología superficial. Son el resultado final de un proceso, de desprecio y de desperdicio de la luz, cuando la habla, quizá con el pretexto de que era poca o de que no se presentaba en las condiciones que nosotros nos habíamos empeñado en fijar). La ceguera envuelve esa culpa de que habla Jesús, la que no obtiene perdón ni en este mundo ni en el otro.

Ciertamente no faltan signos o indicios de la presencia de Dios, suficientes al menos para que haya que computar como un déficit inexcusable la desatención a los mismos. Inexcusable, porque a nadie es lícito desinteresarse. Nadie puede decir: que el Invisible se manifieste de otro modo, si quiere que yo le preste atención. Si olvidamos la verdad primaria de que los interesados somos nosotros, nos parecerá natural decir eso; pero si nosotros somos los necesitados, a nosotros toca aprovechar todos los indicios, por insatisfactorios que sean, y, de no hacerlo, nuestra será la culpa de no dar con la pista para salir del extravío. Que nosotros somos los necesitados e interesaros no se nos puede ocultar: nos lo manifiesta de modo evidente el que no podemos afirmarnos de verdad como personas sin remitirnos a Dios.

En particular, “la Iglesia invita con afectuosa cortesía a los ateos a que consideren con corazón abierto (sin prejuicios) el Evangelio de Cristo” (83). Volveremos más adelante sobre el tema.

Notas

(81) GS 28.

(82) GS 19, 3º.

(83) GS 21, 6º.