padre canoManuel Martínez Cano, mCR
16 de noviembre de 1991

Fuimos a Czestochowa a ver al Papa. Nos acompañaba una joven polaca que regresaba a Polonia después de haber participado en Madrid en un cursillo de perfeccionamiento del español, programado y financiado por el Gobierno. Muy escandalizada, nos decía que no comprendía la actitud de los profesores españoles que aprovechaban cualquier ocasión para hablar mal de Franco. En una clase no pudo aguantar más y, tomando la palabra, les dijo: «pues para mí Franco es un héroe. Ustedes no saben lo que es el comunismo; yo he nacido y vivido toda mi vida bajo la tiranía comunista. Yo sé sus mentiras, sus injusticias, sus atrocidades y sus crímenes. Ustedes deben estar agradecidos eternamente a Franco, porque les libró de la esclavitud comunista».

¿Qué los españoles hemos de estar agradecidos a Franco: Pero ¿no fue el dictador que acabó con todas las libertades?¡Si hasta los más piadosos jóvenes de nuestras sacristías y monasterios saben perfectamente que Franco fue una bestia apocalíptica! ¡Qué sabrá esa joven polaca de la auténtica historia de Franco! ¿Qué sabe la juventud española de Franco?

Tengo ante mí numerosos documentos de papas, cardenales, obispos y abades. En todos ellos se ve que la figura de Franco suscita un sentimiento unánime de gratitud, admiración, confianza y cariño familiar.

Estos testimonios históricos «por su contenido, su unanimidad y persistencia, manifiestan que difícilmente se hallaría nada comparable en relación con ninguna otra persona en los últimos siglos» (Monseñor Gerra Campos). En estas declaraciones se alaba, juntamente con la ejemplaridad personal de Franco, su vocación de servir a la Iglesia y su firme decisión de proyectaren la vida pública su condición de cristiano y la Ley de Dios proclamada por el Magisterio de la Iglesia.

Las innumerables declaraciones de que disponemos pueden resumirse en esta manifestación pública del Cardenal Bueno Momeal en 1961: «La Iglesia respeta y ha respetado siempre la legítima potestad civil, como San Pablo nos mandaba respetar incluso a los emperadores paganos. Pero cuando la Iglesia encuentra un gobernante, de profundo sentido cristiano, del honestidad acrisolada en su vida individual, fanúliar y pública -que con justa y eficaz rectitud favorece su misión espiritual, al tiempo que con total entrega; prudencia y fortaleza trata de conducir a la Patria por los caminos de la justicia, del orden, de la paz y de su grandeza histórica-, que nadie se sorprenda que la Iglesia bendiga, no solamente en el plano de la concordia, sino con afectuosidad de Madre, a ese hijo que, elevado a la suprema jerarquía, trata honesta y dignamente de ,servir a Dios y a la Patria. Ese es precisamente nuestro caso».

En los catorce años que siguió viviendo Franco, permaneció intacto el juicio de la Jerarquía sobre el Jefe del Estado, aunque ya algunos sectores eclesiásticos, promotores del cambio político, envolvieron a la persona de Franco en silencios o veladuras.

Sin embargo, la actitud del Generalísimo no varió: «Todo cuando hemos hecho y seguimos haciendo en servicio de la Iglesia, lo haremos de acuerdo con lo que nuestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso, ni siquiera el agradecimiento» (diciembre, 1972). En estos últimos años Francó dio muestras de la nobleza y rectitud de su corazón. El Cardenal Tarancón reconocía en 1974 qué el famoso incidente gubernamental con el obispo Añoveros se solucionó pacíficamente gracias a la intervención del Generalísimo. Meses, antes del incidente, el mismo Añoveros había pro puesto a la Conferencia Episcopal una gestión delicada ante el Jefe del Estado para resolver la situación de unos sacerdotes. complicados en actos de violencia, reconociendo Añoveros que tenía «gran confianza en su genialidad, serenidad, eficacia aún ahora y en su ponderación».

Todos los obispos españoles estaban perfectamente de acuerdo con lo que publicó el Boletín Oficial del Obispado de Vitoria en 1975: «Cuando los obispos teníamos alguna dificultad con la Administración, acudíamos a él, que lo resolvía siempre a favor de la Iglesia». El mismísimo Cardenal Tarancón, espoleta del cambio político, según algunos; reconoció públicamente en la homilía Corpore praesente en el Pardo, el 20 de noviembre de 1975, que Franco amó de verdad a Dios y a España, y, dijo: «a quien sinceramente queríamos y admirábamos».

Franco, el primer y único Cau~ dillo que ha derrotado al comunismo eh el campo de batalla, arrodillado en el templo ante el Primado de España, ofreció a Dios la espada de la victoria nacional, con estas palabras: «Señor: acepta complacido la ofrenda de este pueblo que, conmigo, y por tu nombre, ha vencido con heroísmo a los enemigos de la verdad»… y Pío XII expresaba su congratulación en estos términos: «Levantando nuestro corazón al Señor, agradecemos sinceramente con V.E. deseada victoria católica España. Hacemos votos porque este queridísimo país, alcanzada la paz, emprenda con nuevo rigor sus antiguas cristianas tradi-ciones, que tan grande la hicieron. Con estos sentimientos enviamos a V.E. y a todo el noble pueblo español nuestra apostólica bendición. Pius XII». Más tarde, en vista de la ejemplar y pública actuación católica de Franco, como Jefe de Estado, el mismo Pío XII lo distinguió con la insignia de «Caballero de la Milicia de Cristo».

El Papa Juan XXIII, que por circunstancias que no vienen al caso «no podía decir públicamente» su sentir, transmitió a Franco por un Cardenal romano una bendición especialísima asegurándole su gran estima y cariño (Informe del Cardenal Arzobispo de Toledo, que lo había recibido del Cardenal de Curia Larraona). Y Pablo VI declaró al ministro de justicia don Antonio María de Oriol que la fidelidad de Franco a la Iglesia le «consuela y anima» (13 de noviembre de 1965).

Al morir, Franco dice en su testamento: «Quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno vaya morir». Sus restos mortales descansan en el Valle de los Caídos. Los monjes que custodian la basílica atestiguan el hecho de abundantes conversiones ante la tumba de Franco. Uno de estos monjes, el famoso liturgista P. Manuel Garrido O.S.B., publicó en 1985 el libro «Francisco Franco, cristiano ejemplar». En la página 157, afirma: «He tenido ocasión de leer muchos volúmenes referentes a la causa de los santos, y puedo asegurar que jamás me he encontrado con un caudal de testimonios de personas tan cualificadas y tan unánimes en manifestar la ejemplaridad y virtud de los siervos de Dios, como en el caso del Generalísimo Franco».

Ahora que se derrumban las estatutas de los tiranos márxistas y los pueblos esclavizados por el comunismo empiezan a respirar con sus propios pulmones, creo que, en un acto de justicia histórica, deberían levantarse en aquellos mismos lugares grandes monumentos al Caballero dé la Milicia de Cristo, que, al frente de un pueblo heroico, venció á los bárbaros marxistas que satánicamente pretendían implantar en todo el orbe la esclavitud socialista. Nuestra joven polaca así lo entiende. Y entusiasmada con nuestra historia nos decía: «los españoles rechazásteis a los moros en una Cruzada de ocho siglos, vencisteis al turco en Lepanto, truncasteis la falsa reforma protestante, derrotasteis al liberalismo napoleónico y destruisteis los planes del imperialismo marxista, venciéndole por primera vez con las armas. Y Dios os premió con la evangelización de medio mundo y aún hoy la gran mayoría de los católicos rezan en español».

No se puede decir más con tan pocas palabras. Y es que, en verdad, la historia más hermosa de los pueblos, es la de nuestra patria. Solo resta una hazaña: establecer en el mundo el Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo.