ma lourdes vilaMaria Lourdes Vila Morera

Se dice que “Es de bien nacido ser agradecido”. En el examen de conciencia que en casa hacemos después de rezar las oraciones de la noche se dice, “¿El primer pensamiento del día, ha sido, para el Señor? ¿He dado gracias por todo lo que he recibido hasta el día de hoy?”  Por todo lo que me ha dado Dios sin haberlo merecido. Por todo lo que me ha dado sin haberlo pedido. Gracias por los padres, que me han trasmitido la Fe, por la salud, por el bienestar, por las alegrías y las satisfacciones. Gracias también por la enfermedad, por las penas y los sufrimientos. Aunque me cuesta entenderlo. “Pido perdón por todas las faltas del día de hoy…” Y se termina diciendo “por todo el mal que hecho el día de hoy, y el bien que dejado de hacer hoy y durante toda mi vida, perdón Señor”.

En nuestra vida cotidiana la gratitud se manifiesta con un espontáneo “¡gracias!”. A mis hijos pequeños cuando quiero que agradezcan algo, solo tengo que decir “¿qué se dice?” y enseguida responden con un simple “gracias”. El dar gracias procede de un  favor que se nos ha hecho,  y nos lleva a querer corresponder a él, de alguna manera. Cuando alguien me regala algo, experimento como una necesidad de dar algo a cambio. Este “algo” abarca desde un sencillo y cortés “gracias” hasta el don incluso de la propia vida.

Este verano, cuando estuve de peregrinación en Medjugorje, conocí a un sacerdote de nombre Jorge, que desde hace unos años vive en una parroquia de un pueblo de Lérida. Al preguntarle  de dónde procedía, pues su aspecto no era de aquí, me explicó que había nacido y vivido en Colombia y que su vocación era gracias a unos misioneros claretianos provenientes de Lérida,  que fueron a su tierra a hacer misión. Él y otros jóvenes, después de haber sido ordenados sacerdotes, pidieron a su obispo que, por agradecimiento de su vocación, querían dar parte de su vida en devolver un poco de lo que habían recibido, en ejercitar su sacerdocio en las tierras de donde provenían sus educadores, y así lo hicieron. Un ejemplo de lo más bonito, en devolver, lo que has recibido.

A mayor beneficio, mayor la gratitud.  Al dar gracias a Dios Padre por su Hijo Jesucristo,  reconocemos el valor infinito, en sí mismo y para nuestra vida, del Don que Él nos ha dado en su Hijo. Cuando en este Don comprendemos lo extraordinariamente valiosos que somos cada uno de nosotros para Dios, y lo mucho que Él nos ama, no cabe sino desear corresponderle de algún modo: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116,2)

La mejor, y en realidad única manera, en que podemos corresponder adecuadamente a los beneficios recibidos por Dios, es pronunciado un “sí”, un “hágase en mí según tu Plan”, es decir, respondiendo al Don y cooperando con Su gracia, para darle a nuestra vida el sentido hermoso y pleno que el Señor, dentro de sus amorosos designios ha querido que tuviese.

Ser agradecido es apreciar a cada momento lo que el Señor hace por nosotros y generar con ello un compromiso de confianza hacia Dios Padre. Es por esta razón que ese es el sentimiento más importante que debemos ejercitar, junto con la Fe. Sólo cuando seamos capaces de dar gracias a Dios, comenzaremos a comprender que todos los dones, buenos o malos, proceden de Él y que no hay nada que temer.

La actitud de la Virgen, nuestra Madre, es modélica. Nos muestra cómo la gratitud a Dios brota de un corazón humilde  que sabe valorar y apreciar en su justa medida los beneficios concedidos por Él. Aquella que con memoria agradecida guardaba y meditaba las cosas de Dios en su corazón, supo apreciar y corresponder mejor que nadie al amor eterno con que Dios la había amado, amándolo Ella misma con todo su corazón, sirviéndolo fielmente con toda su vida.

Con su ejemplo, Ella nos anima y alienta a cada uno de sus hijos a hacer lo mismo, a darle gracias a Dios con todo nuestro ser y nuestra vida.

Estamos llamados a testimoniar el amor, el perdón y la alabanza a Dios. Debemos tener una vida coherente con la fe que profesamos. Debemos ser muy agradecidos a Dios, tener una vida de oración y participar frecuentemente en la Eucaristía, que es el don más grande que el Señor nos ha dado. Y esto debe hacerse con convicción y alegría.